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SUPLEMENTO

Trotsky, el socialismo y el derecho a la autodeterminación nacional: apuntes marxistas sobre la lucha mapuche

Juan Valenzuela

Trotsky, el socialismo y el derecho a la autodeterminación nacional: apuntes marxistas sobre la lucha mapuche

Juan Valenzuela

El programa socialista y la lucha contra la opresión nacional

Las preguntas, se pueden reducir a esta: el programa de la revolución socialista -que es el programa que Trotsky defendió a lo largo de su militancia en el marxismo- ¿puede responder de alguna manera a la lucha por la emancipación del pueblo mapuche?
En palabras de Trotsky, el programa del socialismo consiste esencialmente en “separar los medios de producción de sus actuales propietarios parásitos y organizar la sociedad de acuerdo con un plan racional (…)”. Un plan racional que implica que “todos los que sean capaces de trabajar” puedan “encontrar un empleo” para construir una sociedad de abundancia con más tiempo para desarrollar las capacidades humanas y con relaciones sociales liberadas: “La jornada de trabajo debe disminuir gradualmente. Las necesidades de todos los miembros de la sociedad deben asegurarse una satisfacción creciente. Las palabras “pobreza”, “crisis”, “explotación”, deben ser arrojadas de la circulación. La humanidad podrá cruzar finalmente el umbral de la verdadera humanidad” (El pensamiento vivo de Karl Marx, 1939) .

Ahora bien, la construcción del socialismo, es un proceso sumamente complejo para Trotsky. Entiende que la construcción del socialismo es “un periodo de duración indefinida y de una lucha interna constante”, en el que “van transformándose todas las relaciones sociales. La sociedad sufre un proceso de metamorfosis. Y en este proceso de transformación cada nueva etapa es consecuencia directa de la anterior” (La revolución permanente, 1930).

En una sociedad socialista, deberían desaparecer todas las formas de opresión, incluyendo la opresión nacional. Pero mientras no conquistemos el socialismo, para Trotsky persisten las contradicciones y antagonismos en la sociedad. Por eso el proceso de transformación socialista “conserva forzosamente un carácter político, o lo que es lo mismo, se desenvuelve a través del choque de los distintos grupos de la sociedad en transformación”. El revolucionario ruso describe en el mismo libro:

«A las explosiones de la guerra civil y de las guerras exteriores suceden los períodos de reformas "pacíficas". Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal».

Trotsky entendía que “resolver el problema nacional” es una “parte constituyente de la cuestión más general de la organización de la vida del hombre sobre la tierra” (Sobre la cuestión nacional, 1923) . En este sentido se puede incluir como parte del programa socialista. El revolucionario era consciente de la profundidad de esta cuestión y se distanciaba de cualquier visión economicista que identificara la supresión de la propiedad terrateniente en Rusia en la Revolución de 1917 con la superación del problema de la opresión nacional, un asunto con múltiples dimensiones. Entendía que la lucha por la liberación de las nacionalidades oprimidas era una tarea pendiente incluso después de la toma del poder por la clase trabajadora. En sus palabras:

«La abolición de la gran propiedad terrateniente es un acto que es llevado adelante de un solo golpe, de una vez para siempre, mientras que lo que nosotros llamamos la cuestión nacional es un proceso muy largo. Después que la revolución agraria haya sido completada, la cuestión nacional no desaparecerá. Por el contrario, sólo entonces pasará a estar al frente. Y la responsabilidad por toda la escasez y todos los defectos, todas las injusticias y los casos de falta de atención o rudeza en relación a las masas nativas, serán atribuidas en sus mentes, y no sin razón, a Moscú».

Lo de fondo es que Trotsky diferenciaba la cuestión campesina de la cuestión nacional:

«Tenemos un numeroso campesinado no gran ruso, y está distribuido entre numerosos grupos nacionales. Para estos grupos nacionales cada cuestión nacional, política y económica es refractada a través del prisma de su lengua nativa, sus peculiaridades nacional-económicas y su idiosincrasia, y de su desconfianza nacional, que tiene sus raíces en el pasado. El idioma es el instrumento más básico, el más ampliamente abarcativo y el que penetra más profundamente, del nexo entre hombre y hombre y así entre clase y clase».

Una comparación: la lucha del pueblo mapuche y la lucha por un gobierno de trabajadores en el presente

En este punto resulta posible hacer una cierta analogía con la cuestión nacional mapuche en el siglo XXI. Si en el campo ruso la abolición de la propiedad terrateniente de por sí no resolvía la cuestión de las nacionalidades oprimidas, en las regiones del Biobío, La Araucanía y Los Lagos, la supresión de la gran propiedad forestal orientada a la exportación y la propiedad terrateniente heredera de la colonización, que actúan en connivencia con el Estado, no basta para resolver la opresión al pueblo mapuche. Si la clase trabajadora en Chile lograra constituir un Estado propio destruyendo la maquinaria estatal capitalista y suprimiendo la propiedad forestal y terrateniente en el sur, siguiendo el método de Trotsky podríamos decir que eso no bastaría para resolver el problema de la opresión nacional al pueblo mapuche que es una herencia de siglos. La sustancia de esa opresión no se reduce a los títulos de propiedad de los suelos, sino que es una historia de colonización que implicó la destrucción de una sociedad y una cultura a través del despojo territorial de parte del Estado chileno. La existencia del pueblo mapuche como una nacionalidad oprimida es en buena medida resultado de toda esa trayectoria histórica y las relaciones sociales que se estructuturaron.

En 1923, cuando la clase trabajadora rusa había llegado al poder, Trotsky escribía que:

«La tarea que enfrenta el partido en el poder en esta esfera es de más largo alcance: tenemos que permitir que los muchos millones de personas que componen nuestro pueblo, y que pertenecen a diferentes nacionalidades, hallen a través del Estado y de otras instituciones dirigidas por el partido, una satisfacción práctica viviente para sus intereses y requerimientos nacionales, para así permitirles deshacerse de los antagonismos y prejuicios nacionales, todo esto no a nivel de un grupo de estudio marxista, sino a nivel de la experiencia histórica de pueblos enteros».

Una tarea homóloga es la que encontrará frente a sí la clase trabajadora en el poder. Si la expropiación de los capitalistas forestales y los terratenientes es una condición para la liberación del pueblo mapuche y para realizar el derecho a la autodeterminación nacional, eso no quiere decir que esas medidas basten para dejar atrás los antagonismos nacionales que son el fruto de siglos.

Internacionalismo abstracto o internacionalismo revolucionario

Trotsky entiende que el proceso que conduce a la sociedad socialista es un proceso internacional. En sus palabras “el carácter internacional de la revolución socialista […] es consecuencia inevitable del estado actual de la economía y de la estructura social de la humanidad”. De eso se desprende que “el internacionalismo no es un principio abstracto, sino únicamente un reflejo teórico y político del carácter mundial de la economía, del desarrollo mundial de las fuerzas productivas y del alcance mundial de la lucha de clases”.

El programa político basado en la teoría de la revolución permanente, busca reflejar eso. En otro texto introductorio al Manifiesto Comunista de Marx y Engels, Trotsky escribía que “el desarrollo posterior del capitalismo ha enlazado tan estrechamente todas las partes de nuestro planeta, tanto las “civilizadas” como las “no civilizadas” que el problema de la revolución socialista ha adquirido completa y decisivamente un carácter mundial”. Si en el momento en que escribió estas palabras (1930) eso era cierto, hoy mucho más.

Ahora bien ¿cuál es el sujeto político-social que puede desarrollar ese programa internacionalista? Para Trotsky es la clase trabajadora, con una completa independencia política respecto a la burguesía, sin duda:

«“Los obreros no tienen patria.” Estas palabras del Manifiesto han sido más de un vez valoradas por los filisteos como una burla provocadora. De hecho, han dotado al proletariado de la única línea de orientación concebible en relación a la “patria” capitalista.»

Ahora bien, dicho esto ¿de qué manera se puede plantear una política de derecho a la autodeterminación nacional si asumimos la perspectiva internacionalista de la clase trabajadora?

Trotsky era consciente de que el criterio de clase podía entenderse erróneamente en contraposición respecto a otras relaciones de opresión, como si un trabajador de una nacionalidad oprimida -un trabajador mapuche en la actualidad- fuese sólo trabajador, como si no fuese necesario que la política revolucionaria tenga en cuenta su peculiaridad como trabajador y como mapuche o como si no fuese necesario que la clase trabajadora tenga una postura política frente a acontecimientos como los de la provincia de Malleco el 1 de agosto.

Para el revolucionario ruso, aquél era un falso criterio de clase: era más bien una forma de pensamiento más bien sindicalista o artesanal pero no revolucionaria; en otras palabras, una conciencia basada en los “intereses inmediatos” o “sectoriales” de la clase trabajadora; pero no de sus intereses históricos y su capacidad de hegemonizar una alianza con otras clases y sectores sociales oprimidos, cuestión que implica combatir todas las formas de opresión.

Para Trotsky, la política de clase no es esa política reducida a ciertas mejoras parciales. Por el contrario:

«El conjunto de nuestra política –en la esfera económica, en la construcción del Estado, en la cuestión nacional y en la esfera diplomática- es una política de clase. Está dictada por los intereses históricos del proletariado, que está peleando por la completa liberación de la humanidad de todas las formas de opresión. Nuestra actitud hacia el problema nacional, y las medidas que hemos tomado para resolverlo, constituyen una parte esencial de nuestra posición de clase, y no algo accesorio u opuesto a ella. Ud. dice que el criterio de clase es supremo para nosotros. Esto es absolutamente verdadero. Pero sólo en la medida en que sea realmente un criterio de clase; esto es, en la medida en que incluya respuestas para todas las cuestiones básicas del desarrollo histórico, incluyendo la cuestión nacional. Un criterio de clase sin la cuestión nacional no es un criterio de clase, sino sólo el tronco principal de tal criterio, que inevitablemente se aproxima a una perspectiva sindicalista o artesanal.»

Como vemos, Trotsky propone un criterio de clase que incluya respuestas a todas las cuestiones básicas del desarrollo histórico, incluyendo la cuestión nacional. El internacionalismo no excluye, sino que implica esto. En 1923 señalaba que un criterio de clase que no haga eso, no es un criterio de clase. Esta idea es completamente pertinente en 2020. Tanto para responder al problema de las alianzas de la clase trabajadora con otros sectores oprimidos (hegemonía) como para poder realizar la unidad de sus propias filas, en tanto la clase trabajadora incluye en su seno a las nacionalidades oprimidas.

Para pensar los desafíos estratégicos que impone la lucha del pueblo mapuche, estas consideraciones de Trotsky resultan del todo pertinentes. Tanto porque los mapuche que pelean por sus demandas en las comunidades, confrontando a forestales y terratenientes, pueden ser un gran aliado de la clase trabajadora en su lucha contra el capitalismo, como por el hecho de que, con los procesos de proletarización y urbanización de los últimos años, la población mapuche engrosa también las filas de la clase trabajadora. La posibilidad de realizar alianzas y unir las filas de la clase obrera, también se juegan en el hecho de si somos o no capaces de un correcto criterio de clase.

Al revés de esto, el criterio de clase restringido, corporativo o sindicalista, sólo lleva a la división de trabajadores y mapuche y al fortalecimiento de las posiciones de dominio de los capitalistas. La actual burocracia sindical de la CUT lleva a niveles extremos esta separación: ante los hechos racistas del 1 de agosto, no movió un dedo. No sólo no defiende los intereses inmediatos de la clase trabajadora (por ejemplo, deja pasar los despidos) sino que además deja pasar los ataques a otros sectores oprimidos. Esto, mientras los partidos de la izquierda del régimen -el Frente Amplio y el PC- se limitan a pedir diálogos.

Por esta razón, se hace necesaria la construcción de una nueva fuerza de izquierda, que pelee por el socialismo y contra el capitalismo y que rompa cualquier atisbo de corporativismo en la clase trabajadora, luchando por aliarse con el pueblo mapuche y los sectores populares para construir una nueva sociedad en la que desaparezcan la opresión y antagonismos nacionales.

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Juan Valenzuela

Profesor de filosofía. Dirigente del Partido de Trabajadores Revolucionarios.
Santiago de Chile
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