Política México

OPINIÓN

Cien días del gobierno de AMLO, la “Cuarta Transformación” y el despertar de la lucha obrera en México

Los tres meses del gobierno de Lopez Obrador están marcados por dos recientes sucesos, altamente significativos, que confirman lo que sostuvimos desde la izquierda a partir del 1 de julio. Lo nuevo en el horizonte: la resistencia obrera.

Pablo Oprinari

Ciudad de México / @POprinari

Martes 12 de marzo | 20:47

El miércoles 20 de febrero fue arteramente asesinado Samir Flores, organizador de la resistencia contra la termoeléctrica de Huexca y la consulta que pretendía legitimarla. Como respuesta al repudio y la movilización popular -que llegó también a las calles de la Ciudad de México-, AMLO no sólo mantuvo la “consulta ciudadana” y los planes de construcción de la megaempresa, sino que continuó acusando de “conservadores” a los opositores.

Pocos días después, la Cámara de Diputados, aprobó -prácticamente por unanimidad- la creación de la Guardia Nacional. Las bancadas de Morena, el PRI, el PRD, el PAN, Encuentro Social, Verde Ecologista, Movimiento Ciudadano y Partido del Trabajo, legitimaron un nuevo avance en la militarización del país. El reclamo que cientos de miles pusieron en las calles durante los sexenios del panista Calderón y el priista Peña Nieto fue burlado por quien se postuló como alternativa a los partidos tradicionales. El jueves 28, como había adelantado el Senado, todos los partidos del Congreso -empezando por aquellos que AMLO llamó la “mafia en el poder”- se unieron para sancionar el proyecto presidencial.

Desde que López Obrador triunfó, dijimos que el nuevo gobierno tendría que mantener el equilibrio entre las expectativas del pueblo trabajador, que lo votó ampliamente esperando un cambio, y su limitado programa, que no cuestionaba siquiera parcialmente la penetración imperialista y los intereses de los empresarios. Y que, por eso, no podría resolver las demandas y aspiraciones populares.

De tal forma que la llamada Cuarta Transformación, mientras desarrolla algunas medidas y concesiones -como los programas sociales o la anulación de la reforma educativa-, impulsa “obras” como el Tren Maya y otros, que prometen altas ganancias para el capital privado, o la Guardia Nacional, nueva corporación que preserva, bajo otro nombre, la militarización exigida por Washington en las últimas décadas.

Al servicio de mantener su imagen como alternativa a sus antecesores, está la retórica antineoliberal de AMLO, que cala hondo en un contexto signado por el hartazgo con los viejos partidos. La Cuarta Transformación busca resignificar momentos claves de la historia mexicana, para fortalecer ideológicamente el proyecto lopezobradorista, tal como debatimos aquí, en torno a la interpretación de esos momentos históricos. Esto se combina con un posicionamiento internacional que rompe con la tendencia hegemónica en la región, como se expresó en el caso de Venezuela, aunque está lejos de significar un proyecto antiimperialista, y es acompañado por constantes intentos de evitar la fricción con la Casa Blanca.

Sin embargo, más allá de esta apariencia “progresista” y de sus llamados a “gobernar para ricos y pobres”, la esencia del proyecto lopezobradorista es preservar y administrar el capitalismo, garantizando estratégicamente los intereses de la clase dominante, con políticas como las que criticamos previamente. Por eso habla de antineoliberalismo y luego se reúne con Slim, Salinas Pliego y otros, argumentando que el objetivo es transformar a México en un paraíso para la inversión ... de los capitalistas. El despido de miles de trabajadores al servicio del Estado, la mayoría precarizados y con bajísimos sueldos, es un crudo testimonio de quiénes serán los afectados bajo la Cuarta Transformación, más allá del mentado combate “contra la alta burocracia”.

Los trabajadores al centro

Al inicio de esta columna, decíamos que lo nuevo en México, en el contexto de la asunción del nuevo gobierno, era la irrupción de la lucha proletaria.
No está de más recordar que mientras en Matamoros decenas de miles de obreras y obreros realizaban paros y huelgas contra la patronal, en otras latitudes -¡Francia!- se desarrolla uno de los procesos de la lucha de clases más avanzados de las últimas décadas. Los trabajadores empiezan a ponerse en acción más allá de las fronteras.

La rebelión obrera de las maquiladoras -como merece llamarse-, mostró en movimiento a uno de los sectores más concentrados y poderosos de la clase obrera, que creció al calor de la instalación de la industria de exportación en los estados del norte y el centro del país.

Lo que la lucha de Matamoros puso en entredicho no fueron solo los bajos salarios y la prepotencia patronal. La irrupción espontánea de miles de trabajadores cuestionó el poderío dictatorial de la burocracia sindical, como la de los Villafuerte y los Mendoza en Matamoros. Y vuelve urgente recuperar los sindicatos para la lucha, basados en la democracia obrera, con delegados revocables y con mandato, cuya función, lejos de facilitar los planes empresariales como hacen los charros, sea defender incansablemente los intereses de los trabajadores, con independencia del Estado, la patronal y los partidos a su servicio.

La emergencia de las y los obreros maquiladores de Matamoros no es un rayo en cielo sereno. Empujó la salida de otros sectores: desde los maestros de Michoacán y Oaxaca, hasta los trabajadores de las universidades como la UAM -que están hace casi un mes en huelga- Chapingo, Uabjo, así como en distintas empresas, algunas de ellas trasnacionales, como Coca Cola y TPI o del sector minero. Esto plantea la urgencia de impulsar un Encuentro Nacional de Lucha, y un Paro Nacional, que las centrales y sindicatos que se reclaman democráticos y combativos deben convocar.

La acción del movimiento obrero en distintos estados de la república tiene entre sus motores las aspiraciones de cambio de las que hablamos antes. Un obrero de Coca Cola dijo, en el paro, “Nos prometieron una transformación, y estamos peleando por ella”;y la clase trabajadora lo hace con sus métodos, como la huelga. Y también dijeron los obreros “No hay otra manera. O con la patronal o con la clase obrera”. Todo un llamado de atención para el gobierno y su discurso de conciliación de clases.

Las palabras recientes de AMLO, llamando a resolver “mediante el diálogo” las huelgas para “no afectar a las empresas”, no solo buscan distanciarse de sus predecesores, sino que son un intento de adormecer y contener las luchas obreras que exigen la resolución íntegra de sus demandas.

Estamos ante un nuevo ciclo de lucha obrera en México. Un reanimamiento de la lucha de clases que irrumpió sin aviso y sin pedir permiso en el horizonte de la Cuarta Transformación lopezobradorista. En los años previos la resistencia fue encabezada fundamentalmente por el magisterio, la juventud, los pueblos indígenas. Hoy la punta de lanza son los trabajadores industriales, la llamada “clase obrera oculta” que, evidentemente y sin ninguna duda, ya no lo es y que además, tiene múltiples lazos con los trabajadores mexicanos del otro lado de la frontera, una razón más para que el xenófobo y racista Trump se preocupe.

La clase obrera debe ocupar aún más generalizadamente su lugar en el centro de la escena política, de forma independiente del gobierno y los partidos del Congreso.

En sus filas, las mujeres son mayoría y están en la primera linea de lucha, como se vio en las huelgas maquiladoras. Por eso, este 8 de marzo, hay que hacer realidad en las fábricas y centros de trabajo el Paro Internacional de Mujeres, que retome las demandas de las obreras en lucha, como viene planteando Pan y Rosas. Esto, y que las trabajadoras en lucha encabecen las movilizaciones en cada ciudad del país sería un enorme paso adelante para la lucha obrera y popular que inició en enero. En este 2019, se trata que la clase obrera mexicana empiece a tomar la historia en sus manos.






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