Sociedad

ECOLOGÍA POLÍTICA

Si fallamos ante el cambio climático

Los efectos del cambio climático ya están sobre nosotros. Así es como se verán las décadas de 2020 y 2030 si no cambiamos las cosas.

Lunes 18 de septiembre de 2017 | 11:02

La crisis climática se suele imaginar como un colapso repentino y simultáneo que todo lo abarca, donde la agricultura falla, los mares inundan, la enfermedad se esparce y la civilización humana se desmorona en una guerra Hobbesiana de todos contra todos. Pero en realidad, algunas crisis aparecerán de forma más inmediata y otras tomarán mucho tiempo en llegar. Y si actuamos con rapidez y resolución algunas todavía pueden ser evitadas.

A corto plazo, tal vez a partir de la década de 2020 o 2030, el principal problema será probablemente una nueva crisis urbana de desinversión, abandono y despoblación causada por el aumento del nivel del mar y grandes tormentas que provocarán inundaciones y que dejarán la infraestructura urbana en descomposición. A medida que el agua suba y las inundaciones aumenten en gravedad y regularidad, la costa que una vez fue elegante y pretenciosa se convertirá en el nuevo gueto.

Una nueva crisis urbana impulsada por el clima podría tener serios impactos negativos en otras partes de la economía mundial. El colapso de los mercados inmobiliarios costeros podría desencadenar crisis de mayor amplitud en los mercados financieros, mientras que la pérdida de los enlaces de comunicación y transporte que proporcionan las grandes ciudades podría perjudicar a la economía real. Una depresión económica activada por el clima no es inconcebible.

Aquí viene el océano

Incluso si redujéramos drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero y removiéramos el CO2 de la atmósfera para estabilizar los aumentos de temperatura en no más de 2° C por encima del nivel de 1990, estamos en una trampa respecto al significativo aumento del nivel del mar. El derretimiento de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida, la pérdida de glaciares en las montañas y la expansión del volumen del agua del océano debido a su mayor temperatura están impulsando el incremento del nivel del mar.

En la costa este de Estados Unidos, el océano está subiendo tres o cuatro veces más rápido que los promedios globales, los cuales de por sí están aumentando en forma acelerada. En 1993 la tasa anual de incremento del nivel del mar fue de 2,2 milímetros por año, en 2014 había alcanzado los 3,3 milímetros al año. Para el año 2100 el nivel del mar, considerando el promedio mundial, podría ser de 2 a 2,7 metros más alto. Desde 1900, los niveles del mar en la costa este han aumentado cerca de 30 centímetros, según la Evaluación Nacional del Clima financiada por el gobierno federal.

Generalmente, esto se cita como una amenaza: ciudades enteras serán "subacuáticas". Pero mientras tanto, los océanos en ascenso están remodelando de forma lenta pero constante el valor de las propiedades, los paisajes urbanos y la dinámica de las ciudades.

Tormentas versus infraestructura urbana

La amenaza real no es tanto el aumento lento y constante de los niveles medios del mar, sino más bien las grandes inundaciones causadas por marejadas durante grandes tormentas. Estas inundaciones dañan la infraestructura en su conjunto, no sólo sus bordes. Durante el huracán Sandy la marejada que golpeó el bajo Manhattan era 2,8 metros superior a una típica marea alta.

Cuando la infraestructura se daña, incluso las propiedades que no fueron afectadas pero dependen de los sistemas eléctricos, de transporte y de agua que han sido dañados pierden valor.

Unas pocas inundaciones en rápida sucesión podrían iniciar un proceso combinado de declinación física y socioeconómica. Los propietarios comenzarán a vender producto del pánico, a medida que se vuelva evidente el tiempo y los tremendos gastos que serán necesarios para reparar las líneas eléctricas y de telecomunicaciones subterráneas dañadas por el agua, los subterráneos y las líneas ferroviarias, el agua potable y los sistemas de tratamiento de aguas residuales y las centrales eléctricas.

Cuando se hace evidente que los rompeolas no fueron construidos a tiempo y que la infraestructura vital ha empezado colapsar, el valor de la propiedad la seguirá, lo que podría desencadenar un pánicos financiero más amplio.

Si se planificara adecuadamente, podríamos imaginar cómo podrían manejarse esos problemas. Pero si la negación actual continúa hasta que los mercados sean tomados por sorpresa, podría haber pánico a nivel regional en el mercado de bienes raíces y, a partir de ellos, serias pérdidas financieras.

El Departamento de Finanzas de la Ciudad de Nueva York estimó recientemente el valor de tasación total de la propiedad de la ciudad en más de 1 billón de dólares para el año fiscal 2017. Eso es dinero real, lo suficiente para ayudar a desencadenar problemas en los mercados financieros de manera más amplia.

El colapso del valor de la propiedad representa el derrumbe de la base impositiva, lo que significa que el gobierno local tendrá dificultades para realizar reparaciones de infraestructura costosas. Y es la infraestructura como un todo de la que dependen los valores de la propiedad. El huracán Katrina, que golpeó a Nueva Orleans en 2005 y fue rápidamente seguido por el huracán Rita, ofrece una pista sobre qué esperar. El profesor Bernard Weinstein, de la Universidad del Norte de Texas, ha estimado el costo de esas tormentas en 250 mil millones de dólares en daños directos e indirectos. Weinstein contabilizó 113 plataformas petrolíferas y de gas en alta mar destruidas, 457 oleoductos y gasoductos dañados y casi tanto petróleo derramado como durante el desastre del Exxon Valdez. Katrina destruyó casi la mitad de los impuestos de Nueva Orleans, eliminó la mayor parte de la cosecha de azúcar y causó estragos en la industria de la ostra. Las compañías de seguros pagaron 80 mil millones de dólares.

De manera aún más chocante, Katrina mató a 1.836 personas en la zona del Golfo, la mayoría de ellos ancianos que estaban atrapados en casas o abandonados en asilos. En parte olvidamos la magnitud de este daño porque las industrias de bienes raíces y entretenimiento en Nueva Orleans abrazaron el proceso de reconstrucción con entusiasmo y negación. Después de todo, estaban emocionados porque la tormenta hubiera causado los peores daños a los barrios negros pobres como el Noveno Distrito.

Desde Katrina, la Costa Este ha tenido suerte. Un porcentaje inusualmente alto de huracanes ha estado terminando en el mar en lugar de hacer tierra. Irónicamente, la investigación reciente de James P. Kossin sugiere que esto podría ser un efecto secundario a corto plazo del calentamiento global. Así como una temperatura mayor de la superficie del mar crea más huracanes, una masa de tierra más caliente crea una vigorosa cizalladura de viento vertical, que actúa bloqueando la llegada de los huracanes. Dicho esto, este patrón de protección natural no es perfecto, las tormentas hacen tierra y el patrón de cizallamiento que bloquea los huracanes probablemente cambiará a medida que otros elementos del sistema climático se transformen.

Sin embargo, con un rápido aumento del nivel del mar, el futuro próximo promete más mega tormentas que causen inundaciones en las metrópolis.

Preparativos de defensa

El área de la ciudad de Nueva York, compartida por tres estados, permite entrever las posibilidades y patologías de planificar para el aumento del nivel del mar. Después de 2012, cuando el huracán Sandy dejó 50 mil millones de dólares en daños económicos, incluyendo el destruir o dañar 650.000 hogares, estaba claro que era necesario hacer algo. Finalmente, el Congreso asignó alrededor de 60 mil millones de dólares en ayuda federal para recuperación y trabajo de resiliencia en el área afectada. Pero el ritmo de desembolso ha sido dolorosamente lento.

Un ejemplo es la reparación del túnel Canarsie de la línea L, que conecta el norte de Brooklyn con Manhattan. Inundado durante Sandy, el túnel está ahora muy corroído y se prepara para una revisión vital que involucrará un cierre de un año y medio y costará 477 millones de dólares. Es sólo un corto túnel.

La ciudad ahora está construyendo una barrera alrededor del bajo Manhattan, llamada "Big U". Diseñada para cubrirse de césped y servir como espacio público, la pared se extenderá desde la calle 42 en el lado este, a lo largo de la costa y hasta la calle 57 calle en el lado oeste. La construcción llevará años y costará miles de millones.

A este ritmo y de esta manera, es difícil imaginar cómo podría asegurarse la costa entera de la ciudad, de 837 kilómetros. Peor aún, los preparativos a medias son en algunos aspectos, tan malos como no prepararse en absoluto. Como dijo Jeff Goodell, de Rolling Stone, sobre los esfuerzos de la ciudad de Nueva York, en gran parte simbólicos hasta el momento: "Barreras, defensas y diques hacen que la gente se sienta segura, incluso cuando no lo están".

Mientras tanto, en un claro subsidio a la gentrificación no sostenible, la ciudad también está planeando construir una línea de tranvía de 2,5 mil millones de dólares a lo largo de la costa de Brooklyn y Queens, donde antiguos almacenes industriales están dando paso a rascacielos de lujo. Una locura similar puede encontrarse en Nueva Jersey, donde varios grupos de propietarios costeros, muchos de los cuales han subvencionado seguros de inundación proporcionados por el gobierno, están entablando juicio para impedir la construcción de dunas de arena protectoras.

Eventualmente, las ciudades que no hayan construido barreras marinas lo suficientemente pronto y lo suficientemente altas serán golpeadas. Inundadas por tormentas en estrecha sucesión, algunas ciudades se encontrarán demasiado estropeadas como para reconstruir su infraestructura y empezará un proceso de putrefacción real y metafórica. A medida que disminuyen los servicios públicos, también lo hace el valor de la propiedad, en procesos que se retroalimentan; el paisaje en descomposición y cubierto de moho será el síntoma visual de una espiral político-económica de achicamiento de la base impositiva, desinversión y abandono.

Eventualmente, aquellos que puedan abandonarán la costa. Un estudio realizado por Mathew Hauer, demógrafo de la Universidad de Georgia, proyecta que 250.000 personas en Nueva Jersey se verán obligadas a mudarse por el aumento de los océanos para el año 2100. En Florida, Hauer proyecta que 2,5 millones de personas tendrán que abandonar sus hogares para esa misma fecha.

Quizás algunas de las ciudades costeras devastadas se conviertan en fuentes de chatarra. Las viviendas de alta calidad en ciudades costeras agonizantes podrían ser desmontadas por personas que viven de los residuos en busca de ladrillos, tubos de cobre, tejas de pizarra, ventanas, puertas y maderas viejas de madera dura para vender a los mercados de construcción del interior. Hemos visto ese patrón en el Cinturón del Óxido: durante gran parte de los años noventa, la principal exportación de St. Louis fue de ladrillos viejos destinados al boom del Cinturón del Sol, donde los escombros fueron reutilizados en la construcción de patios comprados a crédito.

¿Qué pasará en Dhaka, Lagos, Karachi o Río? Todas son megaciudades situadas en terrenos planos cercanos al nivel del mar en países que ya están en crisis, legendarios por su corrupción y mala planificación. Hay que asumir que, a medida que los impactos futuros del cambio climático se vuelvan obvios, muchas más personas migrarán hacia el interior o intentarán moverse al extranjero.

Puntos de congestión en infraestructura

La geografía del capitalismo global depende de forma desproporcionada de las ciudades costeras como asiento del comercio, intercambio, investigación, transporte y educación. Son los nodos que unen la economía mundial.

Por ejemplo, gran parte de la producción industrial y del sistema alimentario mundial depende no sólo de lo que ocurre en fábricas y campos, sino también de un número reducido de cuellos de botella de infraestructura a lo largo de cadenas internacionales de suministro en puertos, aeropuertos y estrechos como los canales de Panamá y Suez.

Un estudio reciente del think tank británico Chatham House descubrió que el 55 % del comercio mundial de granos pasa por alguno de los catorce "puntos de congestión", todos ellos vulnerables a condiciones climáticas extremas como las inundaciones locales, el aumento del nivel del mar y el conflicto político y militares asociado.

Si se cierran suficientemente estos puntos de congestión el flujo mundial de alimentos se verá amenazado. Chatham House descubrió que alrededor del 20 % de las exportaciones globales de trigo pasan por los estrechos turcos. Del mismo modo, más del 25 % de las exportaciones globales de soja pasan por el estrecho de Malaca, que se extiende entre Malasia e Indonesia.

El mundo tuvo un vistazo en 2011 de cómo las inundaciones locales pueden afectar las cadenas de suministro global, cuando las inundaciones en Tailandia dejaron bajo el agua gran parte de Bangkok, incluyendo más de 1.000 instalaciones industriales que fabrican de todo, desde automóviles y cámaras hasta discos duros. La Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres estima que las inundaciones tailandesas redujeron la producción industrial global en un 2,5 por ciento. Las tres principales compañías de seguros del mundo pagaron 5.3 mil millones de dólares por demandas.

La emergencia permanente

A medida que las ciudades costeras se deslicen hacia la ruina y quienes pueden migrar hacia el interior lo hagan, aumentará la desigualdad y una relativa deprivación. Aquellos que quedan atrás estarán indignados y tendrán poco interés en mantener un orden social que los deja en la zona de sacrificio. ¿Quién será el último? Si la historia de Estados Unidos ofrece respuestas, los más pobres de los pobres, refugiados indocumentados del clima, podrían ser los carroñeros y los ocupantes ilegales de las ciudades muertas.

Uno puede imaginar movimientos sociales de izquierda emergiendo en estas zonas o movimientos milenaristas totalmente reaccionarios o, simplemente, una criminalidad apolítica generalizada. Todos y cada uno de ellos, en lugar de un cambio social radical, se enfrentaría con una respuesta cada vez más represiva del Estado paramilitar: puestos de control, patrullas SWAT, Guardia Nacional, grupos de ilegales de vigilancia, racistas y de derecha.

Vimos de antemano estos patrones en la Costa del Golfo después de Katrina. Cuando los gobiernos locales ofrecieron ayuda a Nueva Orleans, la mayor parte de esta ayuda llegó como policía fuertemente armada. Esto ocurrió, en gran parte, porque después de casi cincuenta años de que el estado federal subsidiara a la “ley y el orden”, la mayoría de las ciudades y condados tienen un excedente de capacidad represiva, pero casi nada destinado a la defensa civil contra desastres.

Un estado de emergencia permanente en las zonas en descomposición, costeras y de desperdicios podría convertirse en la norma. Así, las crecientes aguas del cambio climático amenazan erosionar no sólo las playas sino también las libertades civiles.

La migración masiva y una reacción racista en su contra ya son las marcas de la temprana crisis climática. En los años 2030 y 2040, mucha más gente probablemente se encontrará en movimiento. Ya mismo, demagogos derechistas desde Arizona hasta Costa del Marfil, Myanmar y París han estado mostrando su furia contra quienes vienen de afuera. Demasiado a menudo los demagogos tienen éxito en llevar el miedo y la furia violenta al poder, y una vez allí, la represión estatal se vuelve contra los inmigrantes y otras personas pobres.

Así, mientras la sequía, el neoliberalismo y el militarismo producen crisis, guerras y oleadas de refugiados en el Sur Global, en el Norte producen un endurecimiento estatal pronto a reaccionar, oportunista y autoritario.

Soluciones

La buena noticia es que tenemos todas las tecnologías que necesitamos para salvar a la civilización del colapso climático: las redes eléctricas solares y eólicas, vehículos eléctricos, la capacidad de restaurar los humedales a su estado original y construir barreras artificiales para romper y bloquear el poder del mar. Y muy bien podemos desarrollar las capacidades políticas para ganar, con una mayoría que apoye las políticas que preserven su propia salud y seguridad.

Con la misma importancia, ya tenemos la tecnología para remover el CO2 de la atmósfera. Esta tecnología es bastante simple y ha sido usada durante décadas en submarinos. El problema siempre fue cómo almacenar el CO2 de forma segura.

Los científicos en Islandia han creado recientemente un proceso que separa CO₂ de la atmósfera y lo convierte en roca. El proceso, denominado "meteorización mejorada" porque imita uno de los procesos naturales mediante los cuales el CO2 se elimina de la atmósfera y se une a la roca, funciona mezclando dióxido de carbono y sulfuro de hidrógeno con agua e inyectando esta mezcla en formaciones basálticas. En un período de dos años, el CO2 en la mezcla acuosa "precipita" en un sólido calcáreo blanco, una roca de carbonato similar a la piedra caliza. Por suerte, la roca de basalto, la materia prima de este proceso, es uno de los tipos de roca más comunes en la Tierra.

En Reykjavik, una planta de energía geotérmica ya remueve y almacena 5.000 toneladas métricas de CO₂ al año. Esto equivale solamente a las emisiones anuales de unos 2.000 automóviles. Pero el punto importante es que tenemos la capacidad técnica de remover CO2 atmosférico y almacenarlo de forma segura.

Sin embargo, de igual forma que una adecuada defensa de las ciudades frente al mar, no hay manera de que el lucro o las relaciones de mercado puedan ampliar esta tecnología. La economía mundial está produciendo alrededor de 40 mil millones de toneladas métricas de emisiones de carbono al año. A precios corrientes, la eliminación de esta emisión costaría alrededor de 24 billones de dólares, una suma equivalente al 133 por ciento del PIB anual estadounidense.

Quienes impulsan el libre mercado para mejorar la tecnología de meteorización también presionan por la idea de vender la caliza artificial como material de construcción. Esta propuesta no tiene ningún sentido económico. ¿Por qué comprar roca cara cuándo la roca natural, mucho más barata, está disponible?

Es evidente que el sector privado y el afán de lucro no pueden poner en acción una tecnología de meteorización mejorada en la escala necesaria, ni impulsar una rápida transición energética, ni construir protecciones costeras a la escala y velocidad necesarias. Pero ninguna de estas tareas es técnicamente o económicamente imposible. El mecanismo necesario en cada caso es la acción estatal y del sector público.

Un poco más de buenas noticias. Una solución climática radical, quizá contraintuitiva, requiere que usemos más, no menos energía. Pero la energía, en forma de energía solar, es el único ingreso económico que es verdaderamente infinito.

Nuestra misión como especie no es retirarse de, o preservar, algo llamado "naturaleza", sino más bien convertirse en entes que construyen su ambiente de forma plenamente consciente. La tecnología extrema bajo propiedad pública será central para un proyecto socialista de rescate civilizatorio, o la civilización no persistirá.

* Christian Parenti es profesor de Estudios Liberales Globales en la Universidad de Nueva York. Su último libro es Trópico del Caos: Cambio Climático y la Nueva Geografía de la Violencia. Este articulo fue publicado originalmente en revista Jacobin el pasado 29 de agosto. Lo hemos publicado con permiso del editor. Traducción: Santiago Benítez.






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