Sociedad

OPINIÓN

Pokemon Go y las peripecias de eso que llamamos alienación

El éxito de la aplicación que nos hace hacer afuera lo que antes hacíamos adentro. El debate sobre lo que aliena y lo que no. Un mundo ya saturado de opios y el muerto que se ríe del degollado.

Santiago Trinchero

@trincherotw

Lunes 8 de agosto de 2016 | 09:13

I

Sobre una mesa de ébano y jade, situada en el medio de un amplio salón luminoso, pelean dos grillos. Las pequeñas bestias se retuercen y revuelcan, se enredan con sus patas, se muerden, sangran ese líquido viscoso que sangran los insectos. Uno de ellos intenta alejarse y es llevado nuevamente al centro de la mesa por una mano portando un pincel de crines suaves pero firmes. El combate se reanuda hasta que el herido muere. El vencedor es colocado nuevamente en su jaula de bambú. Un poderoso emperador aplaude, un séquito de mandarines lo imita. De esto hace mil cuatrocientos años.

Pokémon recoge una práctica antiquísima del lejano Oriente que consistía en la cría de mantis religiosas, grillos y otros insectos para combates. Fue muy popular durante la Dinastía Tang y de allí se difundió al sudeste asiático y a Japón. Así como el papel moneda, la imprenta o la pólvora, Pokémon también es tributario de la antigua civilización de la China. Sinocentrismo por otros medios, que le dicen.

Pokémon recoge una práctica antiquísima del lejano Oriente que consistía en la cría de mantis religiosas, grillos y otros insectos para combates.

II

Después de años de retracción constante de lo lúdico al interior de nuestros propios hogares en un proceso orwelliano de cesión voluntaria de prerrogativas Pokemon Go nos invita a salir a jugar afuera. Y es la primera aplicación que lo hace con éxito en la historia. Ha convencido a más de 50 millones de personas (y contando) en todo el mundo de hacer algo que siempre se hizo y que, en algún momento sin darnos cuenta, casi que dejamos de hacer. Usuarios como este cronista descubren las calles interiores del barrio en el que viven desde hace un año, la ubicación de plazas pequeñas y escondidas, invisibles desde la avenida que lo transporta a uno del wi-fi al trabajo, y del trabajo al wi-fi. Niantic, hija de Google, la compañía que desarrolló la app, celebra estas virtudes como achievements filantrópicos: para eclosionar un huevo hacen falta caminar cinco kilómetros en un (micro) mundo donde el chino está a tres cuadras. Un mundo mejor es posible si caminamos juntos.

A continuación unas postales que pudieron ser. Un krabby en la playa al lado del cuerpo de Aylan Kurdi; los yihadistas que se cargaron a la redacción de Charlie Hebdo también abatieron una docena de rattatas y pidgey con sus fusiles de asalto; los 43 normalistas mexicanos son arrojados a una fosa común en un desierto plagado geoudes: El maravilloso mundo de Pokémon Go se imprime sobre la fealdad del mundo existente de forma intempestiva. Y eso es su más supino acierto: mens alienada en un cuerpo sano. Ni al Gran Hermano se le ocurrió.

Después de años de retracción constante de lo lúdico al interior de nuestros propios hogares en un proceso orwelliano de cesión voluntaria de prerrogativas Pokemon Go nos invita a salir a jugar afuera.

III

Pokémon Go ya conquistó sus detractores: son los profetas de las distopías, presidentes del fan club de Black Mirror. Pegan el grito en el cielo en frente único con los anticonsumo, esos hijos seniles del No Global que son el espejo de mi generación cuando teníamos trece años y mirábamos, por la tele, porno y Pokémon pero no comíamos en McDonald’s. Se suman al coro de Casandras los republicadores de memes en español, los foodpornógrafos de Instagram, los confesos talibanes del Candy Crush, los tuiteadores compulsivos, los likeadores crónicos, los que dicen que cogen por Tinder, los que se ponen cara de perro en el SnapChat, los consumidores de las mismas tres variaciones del porno enlatado, en fín, toda esa pléyade de la liquida diáspora del Planeta Internet. Quien esté libre de apps que tire la primera piedra, porque el buen salvaje de Rousseau nunca existió.

IV

Bienaventurados los millennials, pues de ellos es el reino de la realidad ampliada. Clarín titulaba el domingo que esta generación ya no quiere coger, que debuta joven pero que se dedica a otras cosas. A uno mismo, por ejemplo. En Japón, la patria de los pokemones, el cronista Julián Varsavsky (Revista Anfibia) cuenta que “el porcentaje de solteros entre las personas de 25 a 34 años ha venido aumentando hasta llegar al 53 %, según la Oficina de Gabinete del Gobierno de Japón. Y una encuesta de la Asociación de Planificación Familiar Japonesa concluyó que al 45 % de las mujeres entre 16 y 24 años no les interesa o incluso rechazan la idea del acto sexual (entre los hombres es el 25 %). El enclaustramiento voluntario tras el streaming 12 megas trae aparejado un encumbramiento del onanismo y la auto satisfacción. Esa es la tendencia general, los fríos hechos sobre los que spameamos pokebolas. Pero ¿qué culpa tiene el pidgeotto que está tranquilo en la rama? Hace años que nos estamos cocinando en esta salsa, dejemos a los entendidos de la dialéctica determinar cuánta acumulación nos falta para saltar de la cantidad a la calidad. Aquí solo hay que señalar que, en eso, Pokémon Go no es distinto a las aplicaciones que consumimos a diario. Estas líneas son escritas en una PC logueada a una cuenta de Facebook, Twitter, Instagram (integradas, claramente) y, si, Pokémon Go en el celular. Con un incienso activado para atraer pokemones mientras escribo, y ya llevo atrapados tres.

Bienaventurados los millennials, pues de ellos es el reino de la realidad ampliada.

V

Dejemos para otro momento la hilarante contradicción que le correspondería asumir a quienes por un lado dicen que las drogas no deben ser legalizadas por sus efectos alienantes y al mismo tiempo invitan a los adalides del mundo Pokémon a visitar reductos “de militancia obrera y socialista y centros de organización de la clase trabajadora y la juventud.” Vivimos en un mundo que es mitad basurero, mitad bomba de tiempo, una sucesión ininterrumpida de un catálogo de horrores al que sólo le falta industrializar la muerte. Y jugar al Pokemon Go con Alex Turner en el fondo cantando Snap Out of it sin que nadie le sacuda los hombros a nadie le puede servir a algunos, como a tantos otros les viene bien un virulazo, o batir su récord personal de likes y de retuits. Quizás la discusión que realmente no es bizantina no sería qué es alienante, sino qué no lo es. En tiempos donde lo personal es (re)tuiteable se imponen las mas variopintas soluciones, todas ellas con su propio bagaje ideológico: el estudio, la familia, el conseguir ser, el estar bien por; no son más que la forma más larga de ir del individualismo al individualismo.

También quizás estemos ante la extinción de un tipo de sensibilidad, o de humanidad, al menos hasta que grandes acontecimientos revitalicen esa pulsión por lo colectivo. León Trotsky escribía en El Gran Sueño acerca de la imperiosa necesidad de amar la vida tal cual se nos presenta, sin adornos ni ilusiones, como precondición de ser ganados por ese sentido colectivo que, en última instancia, a los milennials no nos queda otra que aprenderlo antes que poder llegar a vivirlo. Porque “la proeza también es realizar un apasionado esfuerzo por sacudir a aquellos que están embotados por la rutina, obligarles a abrir los ojos y hacerles ver lo que se aproxima.”






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