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Peña Nieto, a dos años de Ayotzinapa

A dos años de Ayotzinapa, el gobierno de Peña Nieto se encuentra en el peor momento de su popularidad, después de atravesar una reciente crisis en su gabinete.

Pablo Oprinari

Ciudad de México / @POprinari

Domingo 25 de septiembre de 2016 | 17:06

La noche negra de Iguala y la desaparición de los 43 normalistas fue un parteaguas en la historia reciente del país. Aunque las movilizaciones fueron contenidas, para millones de personas se hizo evidente el carácter reaccionario de las instituciones de esta democracia para ricos. Los partidos al servicio de los empresarios, como el PRI, el PAN y el PRD, fueron cuestionados. El sol azteca, que se presentaba como la “izquierda”, entró en una crisis de la que no se recuperó.

La pérdida de legitimidad de las instituciones y del gobierno de Enrique Peña Nieto (EPN) se mantuvo. Abonó que las investigaciones como las del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes y otras, demostraron la mentira del gobierno y la implicación de las fuerzas armadas. Aunque los mecanismos propios de la “alternancia democrática” –como las elecciones– funcionaron, la herida abierta no se cerró.

El gobierno inició desde entonces un paulatino declive que en los últimos meses se intensificó. Se expresó electoralmente, en el descrédito de la figura presidencial y en el descontento que se vibra en el panorama nacional. Si los sucesos de Ayotzinapa iniciaron esto, aparecieron otros factores en el horizonte.

Las causas del declive

El ataque constante a las condiciones de vida y los derechos democráticos acrecentó la impopularidad de Enrique Peña Nieto. Ese fue el trasfondo sobre el que se hicieron presentes nuevos episodios de la protesta obrera y popular.

Si con el Pacto por México EPN logró fortaleza para avanzar en las reformas estructurales, careció de medidas –ni siquiera formales– que le otorgasen apoyo social. Si cumplir los planes imperialistas le dio el aval de las trasnacionales y el empresariado, también lo llevó a erosionar la base electoral y social que tuvo al inicio de su mandato.

Una expresión de ello se vio en la lucha del magisterio. La represión en Nochixtlán y la resistencia de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación no sólo despertó un movimiento nacional magisterial contra la reforma educativa. Catapultó el apoyo democrático que trascendió a amplias capas de la población: jóvenes, trabajadores de otros sectores, campesinos, sectores medios. En la Ciudad de México esto se vio el 26 de junio, cuando una marea humana declaró su apoyo a los maestros. Y los padres de familia –en su mayoría trabajadores– fueron el apoyo de los maestros en una lucha que duró varios meses.

No es menor que, bajo un gobierno que se vanaglorió del aumento de las inversiones en ciertas ramas, sectores de la clase obrera de esas industrias realizaran paros contra los despidos, por aumento salarial y el derecho a la libre sindicalización. Ciudad Juárez, conocida internacionalmente por los feminicidios, fue el centro de estas luchas, que también se dieron en Zacatecas o Nuevo León. Síntoma alentador de que algo comienza a cambiar en la poderosa clase obrera mexicana.

Con el desgaste del gobierno como fondo, surgieron muestras de la polarización que corroe a la sociedad. Las movilizaciones reaccionarias convocadas por el Frente Nacional por la Familia para “defender la familia” y que ésta sea “como en Nazaret” (sic y más sic), que se oponen a la reforma constitucional que permite el matrimonio igualitario, encuentran a su frente un creciente sentimiento en defensa de este derecho, una demanda histórica de la comunidad sexodiversa. Mientras cientos de miles apoyan a los maestros, los empresarios toman la voz en representación de sectores reaccionarios, para exigirle al gobierno “mano dura”.

La evidencia de que la economía nacional está a la baja es otro de las grandes complicaciones de EPN. Como planteamos aquí, el panorama económico no es alentador. Débil crecimiento cuyas previsiones son constantemente revisadas a la baja; deuda pública que aumentó desproporcionadamente en la gestión del ex secretario de Hacienda Luis Videgaray. Junto a ello, la devaluación del peso ante el dólar y la depresión de los precios del petróleo fomentan una imagen de inestabilidad, y plantean complicaciones para el gobierno. La pérdida de terreno del peso frente al dólar supone además un aumento de la inflación –que será convenientemente enmascarada por las cifras oficiales– ya que “lo importado” está presente en muchos de los bienes que adquiere la población.

La receta gubernamental para hacer frente a este panorama desfavorable implica recortar el gasto público en áreas como salud, cultura, educación. Un verdadero ajuste sobre las condiciones de vida de las grandes mayorías del país, que amplifica la impopularidad del gobierno, que está en el punto más bajo de cualquier administración desde 1995: un mísero 23% de popularidad.

Un gobierno perdido hacia el 2018

En ese contexto el gobierno atravesó su primera gran crisis política y de gabinete. Esto no se había dado ni siquiera en el momento más álgido de las movilizaciones por Ayotzinapa, donde la cabeza de Murillo Karam se mantuvo en su lugar hasta que las mismas pasaron. La visita de Trump, la pérdida de protagonismo de EPN, y los malos resultados de Luis Videgaray, obligaron a la renuncia de éste. A regañadientes, Peña prescindió de la carta más probable para las presidenciales.

El presidente entró en un incómodo silencio sólo roto por sus participaciones en foros internacionales. Hace escasos días reconoció las causas de la salida del ex secretario. Mientras tanto, el PRI ve como se le escabulle la presidencia en el 2018. Desde la derrota sufrida en las últimas elecciones, todas las encuestas señalan que perdería ante la oposición, no importa con que candidato. Pero además no cuenta aún con un presidenciable que unifique a los sectores internos y que sea una opción potable.

En el medio, está el 2017 y la posibilidad de perder su bastión, el Estado de México, territorio del grupo Atlacomulco que Peña representa. Sabido es que cuando los resultados no se ven buenos, la crisis puede agudizarse; en el PRI eso significa que crece el poder de los gobernadores y las figuras locales.

A 2 años de Ayotzinapa el panorama para el gobierno de Peña Nieto no es nada alentador. Faltan aún 2 años de presidencia, y el final de la caída todavía no se ve.

Desde el Movimiento de los Trabajadores Socialistas, consideramos que la movilización de este 26 de septiembre y el reclamo Fue el Estado, tienen que ser un paso adelante en organizar una gran lucha contra el gobierno y los partidos del congreso. Como planteamos aquí, se trata de que seamos los trabajadores, junto a los millones de oprimidos del campo y la ciudad, a la juventud combativa, las mujeres y la comunidad sexodiversa que lucha por sus derechos, los que demos una respuesta a esta crisis, favorable a nuestros intereses.






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