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RUSIA 2018

Nigeria: fútbol, pobreza y refugiados de la nueva “esperanza” argentina

Tras el papelón con Croacia, la estrategia futbolística se concentró en “que ganen los nigerianos, ganarles a los nigerianos”. ¿De la especulación se pasará al patriotismo o a la xenofobia?

Lucho Aguilar

@lukoaguilar

Viernes 22 de junio | 11:16

En algunos bares y lugares de trabajo ya se aprenden los nombres de los jugadores nigerianos, desde el arquero Uzoho hasta los delanteros Iwobi y Moses. Los carteles de tránsito reciben a los automovilistas con un “¡Vamos Nigeria!” y los jugadores de la selección este viernes madrugaron para ver el partido de los africanos con Islandia. Allí están puestas esperanzas del equipo de Sampaoli: que Nigeria le gane a Islandia para luego derrotarlos en el último duelo.

Lo que pocos conocen es cómo se vive, no solo el fútbol, en ese país. El "oportunismo" no va a tardar en dar espacio al patriotismo; y seguramente una dosis de racismo.

Nigeria es el país más poblado de África, con más de 180 millones de habitantes. El 70 % es menor de 35 años , porque la esperanza de vida es de 53, una de las más bajas del mundo (en Argentina es de 76 años). Uno de los motivos es la brutal pobreza. El 60 % de la población sobrevive con menos de un dólar al día y el 70 % está debajo del nivel de pobreza.

La situación empeoró luego de que el FMI instara a Nigeria a que devalúe su moneda en 2014, en medio de la crisis petrolera. Antes había pedido liberar los precios de los combustibles generando un tarifazo y protestas populares. Cualquier parecido con nuestro país (no) es pura casualidad.

Esa miseria popular se vive a pesar de que ha sido uno de los países que más ha crecido en los últimos años, gracias al petróleo y otros recursos saqueados por las multinacionales. Shell, Chevron y Exxon Mobil, entre otras petroleras, ganan cerca de 150.000 millones de dólares anuales sacando el “oro negro” por los gasoductos que desembocan en los mismos puertos que hasta hace algunas décadas se llevaban a los esclavos. La zona petrolera del Delta del Níger es considerada una de las 10 más contaminadas del planeta: en esas condiciones viven 30 millones de personas.

Pero no son las únicas arrinconadas por las grandes empresas. En los últimos años se han extendido los desalojos forzados en las zonas costeras, codiciadas para los negocios inmobiliarios.

Esos negocios, junto a los rurales y los cinematográficos (Nigeria se ha convertido en una especie de “Hollywood africano” para películas de bajo presupuesto), provocan una desigualdad impresionante. Como el multimillonario del cemento Aliko Dangote, que gana en un día lo mismo que 8.000 nigerianos o nigerianas en un año.

En Nigeria el poder económico está íntimamente ligado al poder político y este al militar, que ha gobernado el país casi desde que el país dejó de ser colonia inglesa en 1960. Pero las grandes multinacionales son las que siguen “pagando” el látigo que azota al pueblo nigeriano, asociados a tiranos locales profundamente corruptos.

El mejor ejemplo, por estos días, es el estadio donde clasificó Nigeria para Rusia 2018. El Godswill Akpabio costó la increíble suma de 250 millones de dólares, aunque en los partidos de la liga local no lo usan más de 1000 hinchas por la pobreza de la región. La Federación de Fútbol de Nigeria es tan corrupta que nada tiene que envidiarle a la AFA. En el mundial anterior Las águilas verdes, como se llama a la selección, inició una huelga por falta de pago de sus sueldos.

Y hablando de huelgas, en los últimos meses se han sucedido los paros generales de petroleros y docentes contra los despidos.

En el país de nuestros salvadores y rivales, la violencia política es otro de los grandes flagelos. Entre ellos las batallas en el norte del país, donde están asentados las tropas islamistas de Boko Haram, enfrentadas por los ejércitos de Nigeria, Niger, Chad y Camerún, que a su vez cuentan con el apoyo, drones y entrenamiento de los ejércitos de Francia y Estados Unidos. Las fuerzas de Haram están acusadas del secuestro de cientos de mujeres.

Pero la violencia machista va mucho más allá. Los 85 millones de mujeres y niñas que viven en Nigeria sufren no solo las consecuencias de la guerra, muchas asesinadas, esclavizadas o utilizadas como explosivos humanos. También por las violaciones sistemáticas, la obligación a casarse con hombres mayores, los femicidios y hasta la ablación de clítoris, el país del mundo donde más se realiza. Y cuenta además, con el triste récord: tiene más niñas fuera de la escuela que cualquier país del mundo.

El régimen además se ha ensañado con las personas LGTB. En 2014 se promulgó una ley que criminaliza explícitamente las uniones entre personas del mismo sexo y restringe gravemente los derechos de los homosexuales de este país. La ley prohíbe directamente las ‘relaciones amorosas’ entre las personas del mismo sexo, contemplando en este caso hasta penas de 14 años de prisión para cada miembro de la pareja. La persecución incluye redadas en hoteles, centros de reunión y calles, y la practican tanto los evangélicos cristianos en el sur, con las agrupaciones islámicas que gobiernan el norte.

En ese marco, son más de 20 millones los nigerianos que han emigrado del país. A otros países africanos, a Europa y muchos a la Argentina. La mayoría para hacer los peores trabajos, en el campo o en la venta callejera en las ciudades. Desde ahí, como pueden, perseguidos y refugiados, le envían dinero a sus familias.

Muchos también prueban con el fútbol. Junto a jóvenes de Camerún o Ghana, recorren los clubes de Europa o América en busca de un “sueño” que los saque de tanta miseria y opresión. De ahí salieron cracks como Okocha, Amunike, Kanu o la delantera Francisca Ordega.

Así se vive en la nueva “esperanza” de Sampaoli, Messi y buena parte del país. “Vamos Nigeria” hace poner con cinismo Rodríguez Larreta en los carteles de tránsito, tras perseguir y detener a trabajadores inmigrantes africanos hace pocos días.

En medio del “oportunismo” y el patriotismo que afloran estos días, vale conocer algunas de esas historias. Algunas no son tan distintas a las que se viven aquí.







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