Géneros y Sexualidades

TRABAJO REPRODUCTIVO

Multitask: eufemismo que oculta el cansancio de las mujeres

La última encuesta sobre uso del tiempo del INEGI apunta que las mujeres trabajan más horas que los hombres. La justificación es que somos podemos realizar múltiples tareas, pero ¿qué oculta esto?

Joss Espinosa

@Joss_font

Jueves 15 de octubre | 15:27

Multitask, o multitareas es la forma de nombrar a la capacidad de una persona de realizar distintas tareas de forma simultanea. Imágenes vienen a la mente: una mujer cocinando, mientras suena de fondo una lavadora recién puesta, además de estar en una reunión de trabajo al teléfono, a la par de cuidar a un bebé. Esta imagen no es la excepción, pueden cambiar las tareas pero no el contenido. Y ello, lejos de ser una cualidad es la expresión de las dobles jornadas que viven millones de mujeres precarizadas.

Ahora bien, históricamente a las mujeres se nos ha relegado a las tareas del hogar: cuidar, lavar, planchar, cocinar, actividades que no son consideradas como un trabajo y sin embargo implican un esfuerzo diario del que se ocupan “naturalmente” las mujeres.

A través de la historia, las mujeres nos hemos incorporado a la vida productiva de forma masiva, esto siempre a costa de hacerlo en los trabajos más precarios, con el menor sueldo y jornadas extenuantes.

Esta incorporación masiva de las mujeres al trabajo no ha sido acosta de que desprendernos de las dobles o triples jornadas que implica el trabajo del hogar o de cuidados. El discurso de que las mujeres solo podíamos dedicarnos a ser amas de casa, fue después acompañado de un discurso en el que las mujeres podíamos salir a trabajar a la par de sacarle más horas al día para realizar todas las tareas del hogar. Una especie de superheroinas, que pueden realizar múltiples tareas y hacer magia no solo con el tiempo sino con el dinero para sacar avanti a una familia.

Esto se complejiza aún más cuando hay niñes, o se es madre soltera. Ni pensemos lo tortuoso para las jóvenes, que quieren continuar con sus estudios, mientras trabajan y tienen que realizar tareas de cuidado.

Lo crudo de esta realidad se ve expresado en las recientes cifras que revelo el INEGI en la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (ENUT), aplicada en octubre de 2019.

Dicha ENUT revela que las mujeres invertimos el 67 % del tiempo total para el trabajo reproductivo (o tareas del hogar), a contra mano del 28 % que invierten los varones; esto quiere decir que a la semana invertimos casi 16 horas más al trabajo reproductivo que los hombres.

Esto se mantiene incluso para las mujeres que participan de la vida productiva ya que, incluso aquellas que trabajan más de 40 horas semanales, invierten el doble de tiempo al trabajo reproductivo que aquellos varones que no participan de la vida productiva.

La brecha se reduce a 6.9 horas de diferencia semanales, si quitamos las horas en las que se realiza trabajo reproductivo y otra tarea al mismo tiempo. Son casi 10 horas en las que las mujeres realizan varias tareas a la vez, y no esto no se desprende de un súper poder sino de la condición de precariedad que vivimos las mujeres.

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Una situación que se agrava con la pandemia

Esta encuesta que revela datos escandalosos, como mencionaba, fue aplicada en octubre del año pasado, es decir, no contempla la cantidad de tiempo que las mujeres tuvieron que invertir de forma extraordinaria producto de la pandemia.

Hay análisis que revelan que es bastante probable que las mujeres tuvieran que invertir mayor tiempo en tareas de cuidado, entre otras tareas que implica el trabajo reproductivo. ¿La razón? Hay que contemplar a todos los enfermos por covid no hospitalizados que implican un cuidado especial, niñes que no están en la escuela y pasan 24/7 en la casa, sumado a el aumento de medidas de limpieza como medidas de seguridad sanitaria en medio de la pandemia.

Esto es aún más grave si contemplamos a todas las mujeres que se quedaron sin fuentes de ingresos en medio de la pandemia, ya sea producto de los despidos o por pertenecer al trabajo informal, del cual, gran parte quedó en la ruina.

Aquellas que continúan laborando, lo hacen en los sectores que hoy se muestran como esenciales y que la constante es que son trabajos muy precarios, como el sector salud o el sector de limpieza. Mujeres que están en la primera línea enfrentando la pandemia y que lo hacen sin la indumentaria necesaria y por salarios muy bajos.

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¿Qué hacer ante esta situación?

Aunque la ENUT del 2019 tiene un “cambio” en relación a los resultados que dicha encuesta aplicada en 2014, la actual brecha del tiempo empleado en el trabajo reproductivo está lejos de ser un cambio sustancial para las mujeres. Aunque algunas pocas tienen la posibilidad de distribuir de forma “equitativa” las tareas del hogar, dicha situación no resuelve el problema de fondo.

Desde la perspectiva del marxismo revolucionario y el feminismo socialista, creemos que el problema del trabajo reproductivo hay que resolverlo de raíz, y existen tanto experiencias como aportes teóricos para ello. Esto contemplando que para obtener la emancipación de la mujer hay que cambiar las condiciones estructurales que la rodean.

Sobre todo si nos planteamos la posibilidad de que las mujeres no solo participen de la vida productiva sino que puedan lograr su emancipación a partir de volverse sujetos políticos, y luchar por ella junto a sus compañeros que viven la explotación.

Es por ello que, desde nuestra perspectiva, creemos que uno de los elementos estructurales a cambiar es sacar el trabajo reproductivo del ámbito privado; algo que significa una de las tareas primordiales para las y los revolucionarios. Ya Trotsky señalaba en 1923 que: “Hasta tanto la mujer esté atada a los trabajos de la casa, el cuidado de la familia, la cocina y la costura, permanecerán cerradas totalmente todas sus posibilidades de participación en la vida política y social” [1].

Por ello para pensar en la emancipación de las mujeres, es importante pensar en la socialización del trabajo reproductivo, para que no tenga que resolverse de forma individual y para que sea realizado por personas en el ámbito público con salarios dignos y todos los derechos laborales. Con guarderías, comedores y lavanderías comunitarios.

Pero hay que contemplar que, aunque el trabajo reproductivo no produce valor, si es un pilar fundamental para el funcionamiento del sistema capitalista, ya que garantiza la reproducción de la mano de obra. ¿Qué harían los patrones si no existiera el trabajo que una mujer realiza de forma silenciosa para garantizar que las y los trabajadores estén a primera hora, comidos aseados y descansados? Ellos no están dispuestos a invertir en personas que realicen dichas tareas, con una jornada laboral y salario digno.

Por ello, el hablar de la socialización del trabajo reproductivo no vendrá de ninguna democracia burguesa. Para este sistema capitalista patriarcal es clave mantener el trabajo doméstico no remunerado.

Una de las experiencias más avanzadas en este sentido se dio hace más de 100 años, después de la revolución Rusa, que no solo ataco directamente la propiedad privada, sino que sentó las bases para la emancipación de las mujeres, sobre todo atacando las condiciones estructurales de las trabajadoras. Los avances -y retrocesos encabezados por el estalinismo- en este sentido los relata Wendy Goldman en su libro La mujer, el Estado y la revolución.

Dicha experiencia es una fuente de inspiración para aquellas que nos organizamos en clave anticapitalista, socialista y revolucionaria, y que pensamos que otro mundo es posible; uno en el que a las mujeres no se nos precarice y se nos llene de tareas bajo el discurso de ser naturalmente multitareas. Un mundo que no esté basado en la explotación ni la opresión.

El llamado es a no resignarnos a ser las “superheroínas” y romantizar la precarización, sino organizarnos para conquistar un mundo en el que no tengamos que dejar la vida en las tareas del hogar, en los trabajos o producto de la violencia patriarcal.



[1León Trotsky. Problemas de la vida cotidiana





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