Géneros y Sexualidades

TRIBUNA ABIERTA

Mujeres trabajadoras en México: primera línea en la exigencia de "pan, paz y trabajo"

Transformemos la rabia en organización y junto a nuestros compañeros de clase, seamos miles y miles en las calles peleando por nuestros derechos.

Rosario Cuevas

@RosarioCuevasID

Viernes 12 de octubre de 2018 | 17:58

Recuerdo que hace cinco años diversas organizaciones y colectivos feministas se preparaban para la marcha del 8 de marzo, por el día internacional de la mujer trabajadora. El eje principal era el feminicidio, con las Madres de Juárez encabezando la movilización. Entre las organizaciones también participaba Pan y Rosas, que siendo apenas un puñado de mujeres, ya venía pronunciándose en las calles contra el feminicidio y denunciando que la opresión y explotación tienen rostro de mujer.

Portada de boletín especial de Pan y Rosas, 8 de marzo de 2013

Entre las actividades previas a la marcha, Pan y Rosas organizó cátedras y talleres, carteles y afiches para las redes sociales. Pero recuerdo una actividad en particular, que en aquella ocasión llevamos a cabo en las facultades de la UNAM. Consistía en leer unos fragmentos de la obra Mujeres de Arena, de Humberto Robles, gran dramaturgo y luchador social por los derechos de las mujeres y la comunidad sexodiversa.

Cada tanto irrumpíamos en alguna Facultad y leíamos. Cada vez sentía un nudo en la garganta y una opresión que inundaba con profundo dolor. Ese momento fue clave para que pudiera entender sólo un poco el infinito dolor de una madre ante una hija asesinada.

En el pasado, cuando me enteraba del asesinato de una mujer a manos de su pareja, lo común era pensarlo como “ crimen pasional”. Esta idea se reforzaba con los encabezados del periódico y las noticias de radio y televisión “ la había matado por amor, por celos, por infiel o por puta”.

Hace cinco años aprendí y comprendí que el feminicidio es el último eslabón de una larga cadena de violencia hacia las mujeres. Yo misma soy una sobreviviente de feminicidio y hoy puedo contarlo. La historia da cuenta de ello, pero es con el surgimiento del capitalismo como sistema político, económico y social que se torna más brutal, agudizando la precarización de nuestras condiciones de vida.

Durante la década de los 90, con la llegada de la maquila por toda la frontera norte de nuestro país, pero particularmente en Ciudad Juárez, miles de mujeres se incorporan al trabajo de manufactura y es precisamente en Juárez donde las mujeres trabajadoras, pobres, de la periferia, comienzan a desaparecer y a ser asesinadas. Fueron las Madres de Juárez que con profundo dolor comenzaron a organizarse ante el nulo interés de las autoridades (cuya complicidad era evidente) en todos los niveles de gobierno para resolver, enjuiciar y castigar a los responsables.

Hoy, a casi treinta años, el feminicidio se ha extendido de manera exponencial a lo largo y ancho del país con estados de la república mexicana que superan por mucho la estadística de Juárez.

La transición pactada del 2006 y la llegada de Calderón a la presidencia trajo consigo luz verde para sacar al ejército a las calles en su “falsa guerra contra el narco”, donde los muertos se comenzaron a contar por miles, cientos de desplazados, violaciones a los derechos humanos por parte de las fuerzas armadas, desaparecidos y sí, el feminicidio incrementó.

A casi seis años del regreso del PRI, no olvidamos que fue Enrique Peña Nieto, como gobernador del Estado de México, quien reprimió de forma brutal a los pobladores de Atenco. Persiguió y encarceló a luchadores sociales y, bajo sus órdenes, se violaron y torturaron a mujeres.

Ya como presidente, EPN no sólo ha dado continuidad a la política emprendida por Calderón, si no que las cifras de violencia hoy tienen a nuestro país convertido en una gran fosa común. Miles de desaparecidos (los 43 normalistas) y desplazados. Las reformas estructurales, lejos de mejorar nuestras condiciones de vida y trabajo, han profundizado el desempleo, la miseria y el hambre.

El Estado de México ocupa uno de los primeros lugares en el país en feminicidio y desaparición de niñas y mujeres. La rabia y el dolor de padres buscando a sus hijas se replica por miles. La “ Alerta de Género “ es letra escrita sobre papel mojado y ha demostrado su total ineficacia en los estados dónde se ha implementado. La complicidad y el nulo respeto hacia las víctimas y sus familias por parte de los servidores públicos a cargo de las instancias correspondientes ha quedado más que demostradas en el video que recientemente circula en redes, video que fue grabado durante un interrogatorio legal al hoy llamado “ Monstruo de Ecatepec “, y bajo una investigación en curso.

En esta situación de violencia y sobreexplotación de la clase trabajadora por la que atraviesa México, las mujeres del campo o la ciudad, indígenas y comunidad sexodiversa vivimos dobles o triples jornadas laborales, violencia sexual, laboral, social, económica, desapariciones, redes de trata, feminicidio y muchas otras formas de violencia.

Esto genera rabia e impotencia de las que por miles sufrimos del acoso sexual en la calle o el transporte público, que sabemos del peligro que corremos en las calles de nuestras colonias, centros de trabajo o estudio y quienes vivimos con el terror de ser una desaparecida o asesinada más. Son estas condiciones las que provocan que el hilo entre un asesino serial y las causas mucho más profundas y estructurales que se acentúan y perpetúan bajo el sistema capitalista, apenas y sean visibles.

No es casual que algunos sectores impulsen campañas de calumnias y difamación en contra de organizaciones de izquierda en momentos tan importantes, donde las mujeres hemos comenzado a salir a pelear por nuestros derechos y a repudiar la imposición de presidentes de derecha y ultraconservadores a nivel internacional. Son el Estado y sus instituciones, como la iglesia, y algún sector del feminismo separatista, quienes nos quieren aisladas en nuestras luchas, centrando la rabia hacia nuestros compañeros de clase, así como lo han hecho dentro del movimiento obrero.

No, no nos quieren organizadas. Desde el #NiUnaMás y la marea verde que movilizó a miles y miles de mujeres y hombres por el derecho a decir sobre nuestros cuerpos en diferentes países, el 1% ciento que lo tiene todo palideció sólo de pensar que las mujeres nos organicemos.

Ellos saben y han sacado lecciones de la historia, saben que las mujeres obreras rusas encendieron la mecha de una de las más grandes revoluciones de la historia. Somos las mujeres trabajadoras, precarizadas y pobres las que hemos puesto el cuerpo en la primera línea por “pan, paz y trabajo”.

Hoy más que nunca debemos transformar la rabia en organización y junto a nuestros compañeros de clase, ser miles y miles en las calles peleando por nuestros derechos. Debemos exigir educación sexual integral desde temprana edad para nuestros niños, anticonceptivos gratuitos, aborto legal y seguro para no morir, salario que cubra la canasta básica y esté a la par con la tasa inflacionaria, guarderías gratuitas, comedores, lavanderías comunitarios pagados por el Estado y las patronales.

Contra el feminicidio y las redes de trata, somos las y los trabajadores los que movemos al mundo y ¡nuestras vidas valen más que sus ganancias!






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