Juventud

HUELGA DE LA UNAM 1999

"Muchachos, ya entró la policía": testimonio de la toma policial de la UNAM, hace 18 años

Fui cegeachero de la Facultad de Derecho en la huelga de la UNAM y luche por la gratuidad de la educación, hoy soy abogado defensor de presos políticos y a 18 años la huelga y la entrada de la PFP, esta es mi historia.

Andrés Aullet

Abogado y maestro en Derechos Humanos

Martes 6 de febrero | 12:31

Fui cegeachero de la Facultad de Derecho en la huelga de la UNAM y luché por la gratuidad de la educación, siendo parte de la agrupación estudiantil Contracorriente. Hoy soy abogado defensor de presos políticos, milito en el Movimiento de los Trabajadores Socialistas y a 18 años la huelga y la entrada de la hoy extinta Policía Federal Preventiva (PFP), este es mi relato del 6 de febrero.

La tensión constante de un año de lucha, desde anunciado el aumento de cuotas, no se comparó con la que vivimos las últimas semanas en huelga. La situación política cambiaba varias veces al día. Todos los actores políticos del régimen presionaban para que acabara la huelga, sin importar el cumplimiento del pliego petitorio.

El 20 de enero firmaron un plebiscito por "la solución inmediata del conflicto", como llamaba la prensa y el gobierno a la huelga. Numerosos políticos del régimen, más intelectuales, profesores eméritos y parte de la centroizquierda llamada "progresista", que había inclinado su simpatía con el CEU los meses previos. El Consejo General de Huelga sabía que esta exigencia podría ser aprovechada por el gobierno para la toma de las instalaciones por parte del Ejército o la policía.

El 1 de febrero del 2000 el gobierno había orquestado la toma violenta de la Preparatoria 3, con porros, indigentes y policías de civil. Esta acción acción derivó en una férrea defensa de las instalaciones por parte del CGH y el arribo de más de mil policías federales, que ocuparon el plantel y detuvieron a más de 300 huelguistas, que enviaron al Reclusorio y al Tutelar para menores.

El viernes 4 de febrero, una gran marcha por la libertad de estos presos llegó al Antiguo Palacio de la Inquisición, al mismo tiempo que el CGH se declaró en sesión permanente ante la represión y la posibilidad cada vez mayor de toma militar o policial de la UNAM.

Todo el sábado 5 de febrero el CGH sesionó en el auditorio Che Guevara, a un lado de la Facultad de Filosofía y Letras, en Ciudad Universitaria. Estábamos muy cansados, por las horas de discusión de las posibilidades de la situación y la valoración del pleno sobre la política del régimen.

Conforme avanzaba el día y la evidente amenaza, el pronunciamiento de todas las escuelas era claro: resistiríamos hasta el último minuto de huelga.

En unos meses serían las elecciones, que darían el triunfo a Vicente Fox. La valoración general era que el régimen podría reprimir, pero que no preparaba un nuevo 68. Estuve con la mayoría en el Che, varias horas escuché intervenciones, participé, no sabíamos lo que pasaría.

Como a las 4 de la mañana decidí irme a la facultad a descansar un rato, con mi pareja de entonces, pues la amenaza de entrada de la PFP se suponía sería en las primeras horas de la madrugada, aunque muchos días habíamos pensado esto y también suponíamos que podría ser otra falsa alarma.

Apenas dormimos una hora y escuché muchas sirenas de policía, desperté a mi compañera y nos levantamos a ver qué sucedía, nos asomamos por las ventanas de la facultad que dan hacia el circuito y no vimos nada. Como muchos de mis compañeros, teníamos un plan de escape por si entraba la policía, pero llegado el momento pasó por mi mente que mejor nos detuvieran con todos los huelguistas que a nosotros dos solos, porque no sabíamos si nos matarían, desaparecerían, violarían, etc., como a las decenas de estudiantes en 1968. Así que decidimos volver al Che.

Llegamos casi la 6 de la mañana, escuché algunas intervenciones y la conducción de la mesa, en la que si mal no recuerdo se había integrado Higinio Muñoz, compañero del CEM que ya falleció. No habían pasado muchos minutos cuando de repente entró la señora que vendía los dulces y nos dijo gritando: “muchachos, ya entró la policía”.

Enseguida entró un compañero pidiendo moción, no pudo pronunciar las palabras. Después entró otro compañero a decir lo mismo, que había entrado la policía, y no acababa de decir todo cuando detrás de él asomó un sujeto parapetado y enmascarado, que traía cargando un polín de la barricada de Insurgentes. Sólo gritó “¡Atrás, hacia la pared!” y en fila fueron entrando elementos de la PFP.

Por mi mente pasaban las imágenes de una juventud masacrada y denostada, como habían hecho con los sesentayocheros.

Mi compañera y yo bajamos hasta la tercera fila del auditorio, de abajo hacia arriba, donde estaban mis compañeros de la LTS y Contracorriente. Ahí aguardamos a que nos sacaran. Fuimos saliendo en filas y finalmente llegó nuestra hora de cruzar por la entrada, fuimos casi los últimos, quedábamos como 20 por subir a los camiones.

Muchos compañeros delante de mí, escoltados por la policía, alzaban la mano con la V de la victoria y cantaban consignas. Levanté el puño izquierdo y vimos a nuestro alrededor decenas de “Gonzalos” (pefepos o federales), los apodamos así por un comercial del gobierno llamando a la población a ser reclutada en la entonces "nueva policía federal", un anuncio donde salía un hombre llamado Gonzalo, muy entusiasmado por pertenecer a la policía.

Nos subieron a un camión que salió por Insurgentes. Ahí nuevamente íbamos escoltados por 3 o 4 policías y pensé que nos llevaban al campo militar número uno, me decía que ese sería finalmente nuestro destino.

Me tranquilicé un poco mientras veía Avenida Insurgentes a través de la cortinilla del camión. Estaba vacía debido a la implementación de un operativo para que los camiones de traslado tuvieran paso libre. Finalmente llegamos a la agencia del Ministerio Público de Camarones. Ahí, sin decirnos nada, nos metieron como sardinas en un patio interno fuertemente resguardados por judiciales con armas largas. Nos trataron como criminales.

En la medida que nos sentimos más cómodos empezamos a gritar y hacer marchas internas. La moral estaba en alto. Hicimos un escándalo y a los pocos minutos empezamos también a escuchar a familiares y gente que gritaba desde afuera, “libertad, libertad a los presos por luchar”. Vieron que no nos calmábamos y entre el escándalo pudimos hablar varios compañeros. Ahí recuerdo a Christian Chipi Castillo, del Partido de los Trabajadores Socialistas de Argentina, que en las semanas siguientes fue deportado junto a otros compañeras y compañeros.

La noche del domingo nos pasaron uno por uno al MP, ahí nos leyeron los cargos: terrorismo, motín, sabotaje, robo, daño en propiedad pública y rebelión. A todos nos impusieron los mismos y nos ficharon.

Al día siguiente pudimos ver a nuestros familiares, amigos, y mucha gente que había estado en vela. Vi a mi madre y le dije que no se preocupara, que todo estaría bien, que habíamos sido unos héroes y que la historia no nos olvidaría, que la gente afuera nos iba a sacar.

Ya el martes fueron discriminando a varios; separaron a los “famosos”, etiquetados por la prensa, a quienes consideraban líderes. Al resto nos pusieron en fila y nos sacaron. Ahí vi a un amigo actuario, en una junta federal y ex Ceuista en los años 80, que había ido a luchar por mi liberación. Vi a mi hermana y a mi madre putativa. Al resto se los llevaron al Reclusorio Norte, conocido como el “Reno”.

Se convocó una marcha para el 9 febrero y como todo cegeachero libre asistí por la liberación de más de mil de mis compañeros, éramos más de cien mil personas que decían que no iban a permitir otro 68. Ahí vi a muchos amigos, compañeros y a sus familias y el día siguiente nos fuimos a instalar un campamento en el Reno.

Con esta historia mi espíritu por la transformación radical de la sociedad se fortaleció

Pienso que las generaciones venideras pueden sentirse orgullosas de que los jóvenes que vivimos el proceso de huelga del CGH luchamos comprometidos con las tareas impuestas por la historia. Las conclusiones son muchas, pero al momento no han sido dimensionadas en su totalidad.

Nuestro método de organización, heredado de las formas de autoorganización de la clase trabajadora desde la Comuna de París y la Revolución Rusa, hizo que los perredistas, o sea los moderados, no entregaran la huelga. Estos métodos también evitaron que el régimen pudiera derrotarnos, pese a sus múltiples intentos y tuviera que recurrir a la represión orquestada por el PRI, el PAN y PRD.

Durante años nos han denostado por esa lucha, pero ha sido la rebelión del movimiento estudiantil que más claramente enfrentó al régimen y los planes del imperialismo a través de sus organismos financieros.

Si millones se hubieran puesto de pie junto a nosotros, podríamos haber planteado la posibilidad de la caída del priato y a este “nuevo” régimen antidemocrático de hambre y miseria. Fuimos un ejemplo que hoy quieren borrar con los engaños de la vía electoral como medio de cambio social. Y nada ha cambiado, todo ha empeorado.

Sin embargo, los jóvenes que hoy pueden estudiar en la universidad lo hacen gracias a esa huelga que evitó la privatización de la UNAM. Así, queda en las nuevas y futuras generaciones de jóvenes la tarea de cuestionarse críticamente al servicio de quién sigue estando la educación.






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