Política

SUPLEMENTO IDZ

Marx y un “marxismo antimilitante”

Con motivo del 200 aniversario del nacimiento de Marx aparecieron en los últimos tiempos intervenciones que tratan de desligar a Marx del marxismo para transformarlo en un crítico con buenos modales o un filósofo que se puede “completar” con una política de parches al capitalismo.

Guillermo Iturbide

Ediciones IPS-CEIP

Domingo 13 de mayo

Fotomontaje: Juan Atacho

Los que tienen la posta

En la presentación del reciente evento “Marx nace” en el Teatro Cervantes, auspiciado por el Instituto Goethe y la Fundación Rosa Luxemburgo [1], se planteaba que la recepción de Marx en la Argentina se caracteriza más bien por una lectura de este a través del prisma de la Revolución rusa.

Rusia nos legó, en dicho sentido, un formidable archivo de experiencias: Plejánov primero y Lenin después usaron y abusaron del argumento de autoridad “Lo dice Marx”; y luego de la triunfante revolución de octubre de 1917 fueron “marxistas” quienes reintrodujeron el capitalismo, y más tarde otros “marxistas” establecieron una economía centralmente planificada. En nombre de Marx se dijo e hizo, se dice y hace de todo. ¿Pero qué dijo e hizo realmente Marx?

La organización del evento declamó entonces ir a la pretendida búsqueda de un Marx sin interpretaciones, un original sin mediaciones. Un poco temerariamente, llegaron incluso a afirmar que “luego de asistir a esta acción de inicio de la temporada 2018 del teatro podremos decir con certeza: ‘Lo dice Marx’” [2].

Marx contra el movimiento comunista

A tono con esta línea, hace algunas semanas, en una edición de la revista Ñ del diario Clarín, aparecía una nota de Horacio Tarcus bajo el título “¿Vuelve el filósofo que diseccionó el capital?”. En ella la bajada reza “Su pensamiento desapareció con la caída del Muro. Hoy se lo explora en busca de respuestas sin obligación revolucionaria”. De fondo, lo que hay en la “marxología” contemporánea es un “esfuerzo por separar a Marx del marxismo” que Tarcus alienta y ve positivamente ya que,

… con todos los problemas que entraña, nos brinda de todos modos una pista para descifrar este nuevo interés por Marx. Los nuevos lectores y los jóvenes estudiosos ya no son los militantes de partido ni sus compañeros de ruta. No son los comunistas ortodoxos de antaño ni los partidarios de las disidencias comunistas –trotskistas, maoístas, etc.–. […] El desprestigio de estos “ismos”, la desaparición de los centros de codificación y edición del “marxismo” (Moscú, Berlín o Pekín), el descrédito de los manuales de “marxismo-leninismo” y de las interpretaciones canónicas que culminaban en el triunfo inexorable del comunismo, con sus líderes infalibles y sus estados guía, arrastraron en un primer momento a Marx y su obra. Sin embargo, Marx volvió a emerger de entre los escombros del Muro de Berlín. No el mismo Marx, claro, sino un pensador más secularizado, menos sujetado a las experiencias políticas y los sistemas ideológicos del siglo XX [3].

Tarcus, de esta manera, pone un signo igual entre todas las corrientes que se reclamaron herederos de Marx: desde los distintos estalinismos que concibieron el socialismo como un sistema de algunos derechos sociales más campos de concentración y un Estado policial, lo mismo que a los trotskistas.

Marx contra la revolución

En la misma línea de Tarcus, Gareth Stedman-Jones, autor de una biografía de Marx aparecida recientemente [4], lleva este divorcio entre Marx y los marxistas hasta un divorcio entre Marx y la revolución:

Como filósofo tiene enfoques interesantes hoy. En cuanto a sus planteamientos económicos defendía que el capitalismo era una fase transitoria y que algo mejor vendría después, pero en verdad nunca profundizó sobre qué era ese algo” [5].

La operación pasa por transformar a Marx en un pensador que realizó diversos “aportes” particulares, en el campo de la crítica de la economía política, de la crítica de la alienación, de la sociología, etc. De esta manera, todos estos campos se habrían visto fecundados por él. Sin embargo, se los separa meticulosamente de sus consecuencias políticas, de su ligazón con la superación del Estado capitalista y de la mera “emancipación política”. Vale decir, que la crítica de la economía política de El Capital no se corresponde necesariamente con una teoría política de la independencia de la clase trabajadora y la dictadura del proletariado como transición a una sociedad sin clases. Si no vamos a encontrar en Marx un estudio específico, claramente delimitado, de la teoría del Estado (estaba proyectado como el “volumen 4 de El Capital”), sí están esparcidos a lo largo de toda su obra no solo elementos, de esta teoría sino de una estrategia política más en general, como la independencia de clase, o hasta incluso un modelo de contrapoder obrero al Estado capitalista.

Pero los comentaristas actuales insisten abundantemente en que no habría relación entre estos aportes y una “teoría marxista de la política”, que estaría muy subdesarrollada en Marx y que habría sido en realidad un fruto de la sistematización, de la “codificación” o vulgarización de su teoría, que tendría como primer responsable a Engels y esencialmente a generaciones posteriores que se reivindicaron marxistas, como Lenin o Trotsky.

Mal que les pese a muchos, la teoría de Marx permitió desarrollar aportes en aspectos parciales, ya sea en el ámbito de la economía, como de la teoría de la historia, de la sociología y de la filosofía, hasta incluso en una teoría de las ideologías, e incluso desarrollos más modernos como en la ecología y los estudios de género. Todo esto habla de una riqueza, de una fecundidad como ninguna otra corriente de pensamiento en la historia. Pero es inentendible sin la unidad entre estos análisis y su perspectiva política de terminar en forma revolucionaria con el capitalismo y conquistar una sociedad sin explotación y opresión. Marx partía de criticar el propio pensamiento de la burguesía bajo la apariencia de un montón de disciplinas en compartimientos estancos, donde él veía una cosmovisión de conjunto, y por lo tanto consideraba su propia obra en sus distintos aspectos como “una totalidad estética”.

Las huellas de un pensamiento de la derrota que empieza a sentirse incómodo

De conjunto, desde el surgimiento del llamado “marxismo occidental”, se podía notar una diferencia sustancial en la relación entre el marxismo y los “aparatos” culturales: el marxismo original, anclado en la estrategia, produjo intelectuales como Marx, Rosa Luxemburg, Lenin o Trotsky, que fueron parte de los “estados mayores” del proletariado mundial, y al mismo tiempo des-anclados de las instituciones universitarias y la academia. Pero en distintos momentos de su historia se produjo una separación entre la teoría marxista y la práctica, coincidiendo con períodos de derrotas. Fue el caso de la reacción que siguió a la derrota de la Comuna de París y el inficionamiento del positivismo en los partidos socialistas, el caso del surgimiento de todo tipo de pensamientos místicos y filosofías irracionalistas en el movimiento revolucionario ruso en los primeros años de la derrota de la revolución de 1905, fue el caso del llamado “marxismo occidental” ante la doble derrota de los ‘30 ante el fascismo y el estalinismo, y luego de la Segunda Guerra Mundial junto con la renovación de las universidades al calor del auge económico de los primeros 25 años de la posguerra. Esta separación es lo que hizo viable entre los especialistas un lugar para la teoría marxista en clave de “modernización” despolitizada, y esta operación es la que parecen ahora rescatar los medios bajo las secuelas de la restauración conservadora de fines del siglo pasado tras un prolongado período sin revoluciones en el horizonte.

Las derivas de muchos de los nuevos “especialistas” muestran ese desarrollo: el hoy de moda “posmarxismo”, a diferencia del marxismo academizado anterior, sí toma el guante y pone en el centro de su preocupación la teoría política divorciada de las relaciones sociales capitalistas y la lucha de clases, aunque, por su propia teoría, que abreva en la filosofía posestructuralista, no podría llamarse propiamente “estrategia”. Dentro de una sensibilidad similar podría englobarse a parte de la “marxología” contemporánea, como la de Tarcus o Gareth Stedman-Jones, que considera a “las izquierdas” del siglo XX como una pieza de museo. Marx no se reconocería en un ambiente en el que parece que solo tienen derecho a considerarse sus pares las cátedras de una universidad cada vez más elitizada. Ya no hay ninguna “iglesia” corrompiendo las ideas de Marx desde el Gulag, lo que para los marxólogos contemporáneos es equivalente sin más al “ismo”.

Daniel Bensaïd ya advertía, contra modas a la Tarcus, que: “el largo ayuno teórico del período estaliniano agudizó el apetito del redescubrimiento [de Marx]”, para luego señalar que esta moda apuntalaba el riesgo inverso, donde las múltiples interpretaciones de Marx coexistan amablemente en un paisaje apacible sin necesidad de transformar la realidad, junto con la rehabilitación institucional de un Marx ajustado a los buenos modales, pero carente de miras subversivas, lanzando a Marx contra el marxismo para mejor neutralizar el imperativo de la acción política con la tranquila exégesis de una obra “aséptica” [6].

Por estos pagos, Horacio Tarcus en particular expresa el intento de fomentar un marxismo antimilitante, empresa que comenzó en el momento más bajo de la izquierda argentina, en la década de los ‘90. En esos años, mediante su obra El marxismo olvidado en la Argentina (1996), una biografía doble de Milcíades Peña y de Silvio Frondizi que su autor consideró como “un ajuste de cuentas” con su previa militancia trotskista, Tarcus buscó ubicarse dentro de una pretendida genealogía que incluiría a sus biografiados, postulando una especie de tradición negada de intelectuales en tensión irreconciliable con la organización partidaria. Buscó así confluir con el antipartidismo de principios del siglo XXI, en medio de las crisis de las representaciones políticas y de la debilidad de arrastre de la izquierda desde las derrotas de la década previa. No obstante, la política deliberada del kirchnerismo de cooptación de los movimientos surgidos del 2001 con la intención de suturar la crisis orgánica y recomponer el régimen político le permitió acercarse al kirchnerismo, llegando a ser vicedirector de la Biblioteca Nacional.

Pero el relato que quiere hacer Tarcus sobre el marxismo y la militancia, se topa con el pequeño detalle que en la Argentina, en los últimos años, la izquierda revolucionaria es una fuerza política en desarrollo.

Resulta irónico que sea desde la derecha que advierta sobre una posible vuelta a tiempos más “clásicos”. The Economist, órgano de la City de Londres que desde hace casi 200 años dice que el liberalismo es "la idea más exitosa de la historia", y que fue con justicia “castigado” por el propio Karl Marx en su tiempo, advierte contra un escenario que plantea la posibilidad de la vuelta a la confluencia del marxismo con el movimiento obrero y el “desastre” del fantasma del comunismo:

Hasta ahora, los reformistas liberales se muestran tristemente inferiores a sus predecesores, tanto en lo que hace a su comprensión de las crisis como a su capacidad para generar soluciones. Deberían usar el bicentenario del nacimiento de Marx para reencontrarse con el gran hombre, no solo para comprender las graves fallas que él identificó en el sistema en forma brillante, sino también para recordar el desastre que les espera si no las enfrentan [7].

Muchas veces, en este tipo de ámbitos se ventilan pensamientos más audaces que los de muchos que se dicen seguidores de Marx. Si hasta ellos lo dicen… Tarcus debería repensarlo.






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