Cultura

OPINIÓN

Los muertos hablan

“¿Qué te corre por la sangre si no sos capaz de parar un segundo y escuchar lo que tienen para decir?”

Santiago Trinchero

@trincherotw

Viernes 20 de octubre de 2017 | 21:55

Los muertos hablan”, dicen los médicos forenses y los especialistas invitados a los paneles de la televisión para recubrir de seriedad el circo mediático. “Los muertos hablan”, repiten, porque la ciencia médica permite seguir los rastros de la vida arrebatada, las formas en que ese cuerpo dejó de respirar. “Los muertos hablan”, insisten los funcionarios judiciales confiados en que la verdad está escondida en una prueba de ADN o en un peritaje de balística. “Los muertos hablan”, murmura la casta política, porque la autopsia se revela como el final del suplicio de los focus group, de los pedidos de disculpas fingidos, de toda esa parsimonia hipócrita que dice estar acongojada cuando en realidad siente un profundo alivio. Un tuit más y mañana a votar.

Pero tienen razón, los muertos hablan.

No lo hacen solamente en el lenguaje de la ciencia. No. Los muertos hablan porque son vitrinas del horror cotidiano y a cuenta gotas. León Trotsky dice en El gran sueño que las tragedias, las individuales y colectivas, siempre ponen al desnudo las verdaderas pasiones e impulsos de una persona. Los muertos hablan un lenguaje sensible. El grito del “Ni una menos” no salió de la boca de millones de mujeres por los avances recientes en la criminalística. Fue porque esas muertas arañaron con sus ecos las fibras sensibles de un tejido social.

Santiago Maldonado, Luciano Arruga, Mariano Ferreyra, hablan. Todavía hablan ¿Qué te corre por la sangre si no sos capaz de parar un segundo y escuchar lo que tienen para decir? Ellos sintetizan en sus voces las lecciones que no aprenderías ni leyendo todos los libros que se han escrito sobre la desigualdad social y sobre la lucha de clases.

Santiago nos habla del problema de la tierra en un país tan extenso que es un insulto que unas pocas miles de familias acaparen el fruto de esa riqueza; y que eso de que “los argentinos venimos de los barcos”, fue un cuentito que nos contaron en el colegio para que no miremos cuando miramos la indignante miseria endémica y la más repulsiva impunidad con la que conviven cotidianamente nuestros pueblos originarios. Hay una Argentina india y la viven cagando a balazos.

Luciano lleva en su cuerpo las marcas de una mafia que hizo temblar a la Cosa Nostra siciliana. Las fuerzas de seguridad son carteles criminales que lucran con el pequeño y gran delito. Si te negás a colaborar con su perverso ciclo podés terminar muerto en un calabozo o al costado de una autopista. Hay una Argentina pobre y villera, que vive cotidianamente con sus barrios plagados de policías, prefectos y gendarmes que se comportan como ejércitos de ocupación. Hay una Argentina del apartheid, donde los pases de circulación se reemplazaron por la portación de cara.

Mariano Ferreyra nos habla de la repugnante convivencia del poder político con bandas que retoman las más abyectas tradiciones de la Triple A. Que el cuentito de que los sindicatos son de Perón es una verdad garantizada a los tiros y culatazos por jaurías de perros sin corazón, dirigidas por burócratas que en su mal lograda vida laburaron pero son sendos secretarios generales, en la medida de que mantengan el valor de la fuerza de trabajo en los niveles aceptables. Entendiendo por niveles aceptables que más o menos no nos caguemos de hambre y que el empresariado se siga enriqueciendo como jeques arábes que, en vez de petróleo, nos extraen a nosotros la sangre. Hay una Argentina obrera, que vive en niveles de precarización tan elevados que harían que Martinez de Hoz aplaudiera de pie a todos los gabinetes de ministros de esta democracia que lo sucedió.

Yo no quiero terminar muerto al costado de una vía, de un río, en una morgue con una etiqueta en el dedo gordo que diga NN. No quiero eso para mis seres queridos. Yo no vine a este mundo roto a decir “uy, qué cagada lo de este pobre pibe, esta pobre piba”. Entre el mundo que tenemos tenemos y el mundo que queremos dejar a nuestras espaldas cuando partamos, hay una pequeñísima clase de parásitos y mercenarios dispuestos a matarnos para seguir viviendo de nosotros.

Los muertos hablan, nos dicen de qué lado tenemos que estar.






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