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CRISIS ARGENTINA

Los 15 minutos de Macri y Trump

El presidente argentino Mauricio Macri llamó a Trump en medio de la crisis cambiaria y de las negociaciones con el FMI. Un comunicado escueto, una deuda impagable. Negocios y rapiña.

Miércoles 5 de septiembre de 2018 | 13:05

En medio de la corrida cambiaria y de las negociaciones de un nuevo acuerdo con el FMI, el presidente Mauricio Macri llamó a su par norteamericano, Donald Trump, para demostrarle a los “mercados” que tiene el respaldo del inquilino de la Casa Blanca. Obtuvo de Trump una declaración en la que el mandatario reiteró su respaldo personal a Macri y el apoyo de Estados Unidos a la Argentina como “socio estratégico histórico” e “importante aliado extra Otan”, título que dicho sea de paso, nos quedó como herencia las relaciones carnales de la época de Carlos Menem.

Claro que, más allá de la euforia gubernamental y de sus repercusiones en los medios locales afines al gobierno de Cambiemos, el escueto comunicado de Trump no evitó que en la city porteña el dólar siguiera subiendo. Ya los primeros transcendidos de la reunión entre el ministro de Hacienda Nicolás Dujovne y Christine Lagarde anticipaban que la empatía de Trump con el “momento difícil” de la Argentina no había alcanzado para ablandarles el corazón a los funcionarios del FMI, que siguen enfrentando la negociación con Argentina a cara de perro.

Las gestiones ante Trump –y los anuncios del propio gobierno argentino comprometiéndose con el ajuste- no aceleraron los plazos ni evitaron el camino burocrático para adelantar el desembolso de fondos.

El FMI se tomará al menos dos semanas para avanzar en un “acuerdo técnico” previo a que el caso entre en la agenda del “board” del organismo, que recién se reunirá en la segunda mitad de septiembre. Puede pasar un mes, que para la volátil situación de Argentina podría ser equivalente a la eternidad.

Es probable que el apoyo del gobierno norteamericano en mayo haya incidido en que el FMI negociara con Argentina un programa inédito de 50.000 millones de dólares. Y que ahora también influya en las decisiones, partiendo de que es el principal socio del organismo. Aunque a diferencia de otros momentos, no necesariamente la línea política de Trump coincida con la de Lagarde, que tiene sus propias aspiraciones políticas.

Pero más allá del aliento verbal, por ahora la política de la administración Trump hacia Argentina contrasta con otras situaciones en las que Estados Unidos ha intervenido en crisis ajenas para resguardar sus intereses. El caso más notable quizás sea la línea de crédito exprés de 20.000 millones de dólares que el presidente Bill Clinton (y el Congreso norteamericano) le habilitó a México en enero de 1995 en pleno efecto tequila. La preocupación de Washington, y lo que motivó el rescate, era que el colapso de México iba a cruzar indefectiblemente el Río Bravo bajo la forma de oleadas incontenibles de inmigrantes. El rescate también resultó ser un gran negocio para el imperialismo norteamericano. México lo terminó devolviendo con creces incluso antes de su vencimiento.

El gobierno de Macri alienta expectativas en que, en última instancia, el “temor a la vuelta del populismo” alcance para que Trump tome como prioridad “ayudar” a la Argentina, por considerarlo un gobierno amigo en América Latina.

Entre otras cuestiones, especula con que la próxima reunión del G-20, que por ahora se realizará en Buenos Aires el 30 de noviembre, sea también un motivo para que el presidente norteamericano y el FMI eviten que el país que tiene la presidencia del foro se hunda en el caos.

Este razonamiento tiene al menos dos líneas de falla. La primera es que Trump no tiene preferencia por los organismos multilaterales. Y que está en guerra comercial con gran parte de los países del G20, por lo cual su futuro es incierto.

La segunda es que de las 11 “economías emergentes” (sería ya momento de sacar a China de ese grupo) que integran el G20, al menos 4 están en la primera línea de fuego de la crisis: Argentina, Turquía, Sudáfrica y Brasil (que en octubre tendrá las elecciones presidenciales más inciertas de la historia). Y otros, como México e Indonesia, los siguen a una distancia prudencial. En este marco, no hay razones objetivas para que Argentina sea prioridad en la agenda exterior de Estados Unidos, teniendo en cuenta que su gravitación económica y geopolítica es mucho menor a los otros “emergentes” en problemas.

Además, después de la mala fortuna del expresidente peruano, el millonario Pedro Kuzcynski que cayó bajo el “fuego amigo” de las investigaciones de Odebercht, ya debería quedar claro que no hay una relación necesaria entre la amistad y los intereses del capital norteamericano, que está con el chuchillo entre los dientes para quedarse con empresas locales por los escándalos de corrupción.

Como es lógico, algunos fondos de inversión con indudable vocación de buitres, como Pimco, ya están empezando a ver “oportunidades interesantes” de recuperar lo perdido con el nuevo programa de ajuste y la crisis en Argentina.

Macri parece sufrir el mismo desconcierto que el presidente turco Recep Tayyip Erdogan sobre la política exterior norteamericana, aunque el primero optó por el camino de la sumisión lisa y llana y el segundo eligió hasta ahora el desafío a Washington por que cree que tienen con qué. La apuesta de Erdogan es que la ubicación geopolítica estratégica de Turquía, que es socio pleno de la OTAN, su rol de gendarme de las fronteras de la Unión Europea, y la capacidad de incidir en la guerra civil y la futura pax en Siria vuelque la balanza a su favor. Por ahora, como se sabe, no ha tenido éxito.

El mundo en el que Estados Unidos priorizaba la “hegemonía” y la estabilidad como condiciones para la prosperidad norteamericana y de sus aliados, lo que se conoce como el “orden liberal”, es cosa del pasado. El mundo pos crisis 2008 es el de las tendencias proteccionistas, el auge de nacionalismos, las guerras comerciales, no solo de Estados Unidos contra China, sino también contra aliados tradicionales como Alemania y la Unión Europea.

El desplante de Trump a las potencias del G7, la crisis de la cumbre de la OTAN, la simpatía de Trump hacia fuerzas de la extrema derecha en Europa, que se extiende a Jair Bolsonaro en Brasil y sobre todo las sanciones económicas como un recurso casi exclusivo de la política exterior, muestran que lo suyo no es la estabilidad ni el consenso, sino la polarización.

El “America First” es parte de la campaña para las elecciones de medio término, en las que se juega gran parte del futuro político de Trump, que enfrenta un posible impeachment por el “Rusiagate” y la compra del silencio de la actriz Stormy Daniels, si es que el partido demócrata obtiene la mayoría en el Congreso.

Las guerras entre camarillas en la Casa Blanca, ahora ventiladas por el nuevo libro del periodista Bob Woodward, el enfrentamiento entre el ejecutivo y la llamada “comunidad de inteligencia” (FBI, CIA), las traiciones y delaciones de los abogados de Trump, son muestras del grado de división en la clase dominante y la burocracia estatal imperialista, que por ahora se amortizan por la bonanza económica.

En este marco de tendencias a la “crisis orgánica”, Trump expresa una fracción para la que el “multilateralismo” y la tendencia a la “moderación” de la era Obama está out. Considera que por privilegiar la estabilidad y las alianzas, Estados Unidos hizo concesiones innecesarias, como el acuerdo nuclear con Irán, y que hay condiciones para una política imperialista más agresiva, es decir, para apretar y conseguir mejores términos para el capital norteamericano. En última instancia, con Trump emerge al desnudo lo “real” del imperialismo. Parafraseando a Lord Palmerton, Estados Unidos, como Inglaterra, no tiene amigos ni enemigos permanentes, sino solo intereses permanentes.






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