Política México

XXII ASAMBLEA NACIONAL

¿Logrará la oposición del PRI doblarle el brazo a Peña Nieto?

El PRI llega a su XXII Asamblea en medio de una gran crisis, haciéndose parte de la crisis de legitimidad del régimen de partidos, y enfrentando la exigencia de varias corrientes y dirigentes de que no se imponga el histórico “dedazo” que decide la candidatura presidencial.

Martes 8 de agosto | 17:46

Llama la atención la situación en que el PRI va a definir en su Asamblea la candidatura presidencial para el 2018, así como los mecanismos para llevarla a cabo.
Depende en mucho de cómo se dé un margen de negociación aceptable para los opositores al “dedazo”, el futuro de este partido.

El PRI es el partido que ha garantizado la estabilidad del sistema político mexicano durante décadas, incluso cuando, ante el agotamiento del régimen llamado de “partido único”, fue el garante de una transición política ordenada (pactada) hacia el régimen “plural”.

Pero hoy en día, el PRI lo que menos necesita es un desgaste interno que profundice su retroceso (casi 5 millones de votos perdidos en los últimos cinco años), así como la debilidad del presidente Peña Nieto que tiene un 20% de aceptación, y que aparece ante la opinión pública como vapuleado por Donald Trump.

Un reclamo que cobra más fuerza cada día

La oposición interna culpa de manera indirecta a Peña Nieto del descalabro electoral de PRI en el 2016 al perder 7 de 12 gubernaturas. Pues como jefe natural del PRI que impone los candidatos, es el responsable del fracaso y de la pérdida del 54% del control del país, por lo que el PRI pasó de gobernar 66 millones 368 mil 197 personas, a 53 millones 622 mil 427 habitantes.

Por eso la renuncia de Beltrones, fue más que una autocrítica, una muestra de desacuerdo con la conducción de Peña Nieto de las elecciones. Y también fue una manera de preservarse ante la crisis interna que se abría, pues dada su experiencia política (pertenece a la vieja nomenclatura priista no tecnócrata) esperó disciplinado mejores momentos - como político bien institucional- para aprovechar un cambio en la relación de fuerzas en su partido. En otro momento, no hubiera emergido esta disidencia institucional que, a su manera, busca salvar al PRI de la debacle.

Si bien la convocatoria a la XXII Asamblea Nacional del PRI, mostró tímidamente, al principio, demandas que fueron tomando fuerza, posibilitando que siguiendo los debates con la dirección, hoy aparecieran sectores más desafiantes ante Enrique Ochoa Reza y Peña Nieto (aunque mantengan propuestas diferentes entre sí).

Ya no solamente es Ivonne Ortega Pacheco y Alianza Generacional quienes preocupan a la dirección del PRI y a Peña Nieto, sino los pesos pesados y sus propuestas, como José Murat (que la militancia decida), Beltrones (gobierno de coalición), y César Augusto Santiago (segunda vuelta) que tienen ascendencia importante sobre sectores del PRI que pueden agruparse en torno al “campo” que estas personalidades están encabezando.

La importancia y fuerza de estos “capos” priístas la muestran al romper las reglas que impone la dirección del PRI y el presidente del país (“el primer priísta”) con actitudes y acciones hasta cierto punto desafiantes, como la clara alusión de Murat a Peña Nieto al declarar: ‘‘Ya pasaron los tiempos de los ungidos y de la nomenclatura que todo decidía’’ (La Jornada 24-jul-17).

Incluso, más significativa todavía fue la reunión que Beltrones organizó en un restaurante en Polanco con cerca de 200 ex diputados priistas que estuvieron bajo su coordinación en la LXII legislatura, donde rechazó cualquier imposición en las mesas de trabajos de la XXII asamblea. Ya en el 2015 siendo diputado, y cuando el PRI perdió 2 millones de votos en las elecciones, había declarado: “habrá que hacer ajustes en la dirección del país para estar a la altura de los retos” (El Financiero, 7-7-2015).

Es decir que, al calor de la crisis de legitimidad del gobierno, se evidencia el principio del fin del poder omnipotente del presidente y del PRI sobre los grupos de poder internos. Lo que no quiere decir que el poder de decisión del presidente termine. Nadie dentro de ese partido quiere eso. Están por mantener ante todo la institucionalidad que rige el sistema antidemocrático que da sustento a ese partido (no escupirían al cielo). Tampoco es que sea una disputa entre neoliberales y anti neoliberales; todos avalan las reformas estructurales.

Buscan eso sí, modificar las reglas del juego para no ser avasallados por el dedazo presidencial en la disputa por los puestos electorales. Quiere lograr una negociación donde sean tomados en cuenta. Y es que ven en el dedazo y en la eliminación de los “candados” estatutarios (que permitiría imponer una candidatura “ciudadana” como la de Meade) el riesgo de profundizar el distanciamiento con los electores (hasta los del “voto duro”), y de perder las presidenciales en el 2018.

A favor de los opositores está la amenaza que representan para Peña Nieto los proyectos del Frente Amplio Democrático que encabeza el PAN y el del Frente Amplio Opositor que impulsan José Woldenberg y Enrique Krauze. Pero también, y principalmente, el avance en las encuestas del Morena-AMLO y la votación que tuvo en las pasadas elecciones en el Edomex, donde el triunfo del PRI fue posible por las maniobras del aparato de estado, y donde el tricolor perdió 1 millón de votos.

Es decir, la coyuntura nacional electoral al poner a la defensiva día a día Peña Nieto fortalece relativamente a los sectores opositores dentro del PRI.

Por primera vez en muchos años, sectores dirigentes del PRI están en la oportunidad de torcerle el brazo a la presidencia de su partido y al presidente priísta en turno. Dependerá en mucho de que estos políticos (que no saben de principios) no lleguen a negociaciones donde dejen de lado las expectativas que han creado en sectores de su militancia, a la que nombran utilitariamente para enarbolar sus demandas






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