Cultura

LIDTERATURA // TRIBUNA ABIERTA

Literatura para un Chile rebelde: “Devenir barricada”

Publicamos un texto de Pabli Balcazar, escritor y activista chilenx, actualmente viviendo en Buenos Aires.

Viernes 20 de diciembre de 2019 | 22:08

Devenir barricada

Por Pabli Balcazar

Chile se incendia y quiero incendiarme yo también.

Qué más puedo hacer desde la distancia si no es prenderme fuego en alguna esquina de Lavalle y Florida o en algún baño de algún centro comercial.

La historia de Chile es la historia de este cuerpo que habito.

Llevo en la espalda esa cordillera que aísla y pesa como 100 vidas y ese mar que tranquilo entra por mis pulmones cuando me falta el aire, cuando la calle se hace demasiado ruidosa,
cuando la ansiedad me impide encontrarme y reconocerme con otras ansiosas que están necesitando ese mismo abrazo que necesito yo.

¿Cuántos en el subte tendrán esa cara de angustia por Chile y sus pezones sangrantes?

La ciudad afuera de nuestros cuerpos transita con normalidad. La crisis nos tiene rotxs pero no sé si todxs tiemblan de miedo cuando sienten una sirena.

Yo a 1467 kilómetros de La Moneda me agarro fuerte al brazo de mi novix cuando siento las balizas botonas de los autos de la yuta. Con la sensación de que tal vez de pronto tengamos que salir corriendo, tal vez de pronto venga el guanaco, los pacos, el zorrillo, los gases, los balines, los disparos, el fuego.

Tal vez una masa de estudiantes venga corriendo por Avenida Corrientes y me lleve con ellxs. Y yo me dejo llevar porque por fin estoy donde debiera estar.

Y les pido que hagan conmigo una barricada y sonrío mientras me besan y de a unx en unx prenden sus fueguitos en mis ropas de plástico y polietileno.

Quiero ser fuego y explotar y que solo quede un agujero de kilómetros a la redonda y que digan que explotó una bomba gorda y rosada que y no dejó nada a su paso.

Quiero ser fuego, pero en mi carta natal solo tengo tierra y agua. Como Chile, mar y cordillera. Excepto por ese Venus en Aries, que aunque no creo en la astrología, será por eso que cuando me transforme en barricada el fuego comenzará por mi sexo. Ese sexo contenido y ahogado por años, por los siglos de los siglos, por 500 años de dictadura como gritan mis compañeras migrantes.

Chile está en llamas y yo quiero encenderme con ellas.

Me pregunto qué se sentirá ser ese fuego que ilumina las caritas de las niñas maricas en las barricadas de poblas, ese fuego que les da esperanza de que las utopías son posibles. Ese fuego que enseña lo bella que es la desobediencia, lo sanador que es compartir el resentimiento y sentir que la alegría y la rabia pueden existir en una misma emoción.

Desde niñas cada once de septiembre esperábamos ansiosas que la ciudad se quedara a oscuras para ver las barricadas y el fuego, y nos invadía esa sensación de que la realidad era otra, más parecida a esa noche de calles iluminadas por los neumáticos prendidos en las esquinas.

Esperábamos el silencio para salir con una velita huacha en la mano, y prenderla en nombre de las desaparecidas.

Esperábamos las historias de fracaso y del dolor, escuchando el último discurso de Allende, con el puño en alto cantando bajito La Internacional.

Chile está ardiendo y ese fuego no lo prendió esa izquierda de machitos que se acomodaba la corbata cuando la Gladys lúcida hablaba de racismo, machismo y homofobia.

Ese fuego lo encendió un pueblo que abraza la anarkía como forma de organización por que solo conoció la represión como manera de vida.

Fueron les pendejes que hablan en inclusivo, que escuchan reguetón, lxs pendejxs que no tienen miedo de salir amariconadxs con sus capuchas rosas, las pendejas de cada uno de los liceos del país que son chorizas y saltan todos los molinetes que haya que saltar. Que se guardan el miedo bajo el jumper y dan lección de política a todxs lxs que vinimos antes y que por momentos habíamos dejado de creer, cuando nuestra militancia agotada había sido en estos últimos años solo resistencia, defensiva y depresión.

Lo prendieron todas las viejas que sienten que no tienen nada que perder, que han vivido encerradas en sus barrios, en la heterosexualidad, en la injusticia. Las mujeres que lucharon en contra de esa dictadura nefasta que empezó en el 73, pero que para ellas nunca se acabo. Ellas, que quedaron olvidadas por la historia épica que solo reconoció a los hombres de esa izquierda que las traicionó cada vez que pudo.

Ese fuego lo prendió la mariconeada anónima que sale con sus culos en alto a exigir justicia sexual y ojalá alguna chispita cruce la cordillera e incendie mis furias también.

Chile está ardiendo y yo reniego de esa patria triste, porque Chile es un territorio en resistencia que por fin se ha hecho carne con su historia y no con sus fronteras ni emblemas.

No levanto una bandera chilena desde el kinder que me tocó ser marino en una representación del combate naval de Iquique. Ni siquiera me dan ganas de quemar una, no sé qué olor a chamuscado tendrá ese azul milico, ese blanco lavandina y ese rojo sangre de indígenas y desaparecidos.

No tengo más patria que los incendios que recorren las ciudades al otro lado de la cordillera y los cuerpos que los encienden.

Aquí frente a ustedes estan los resultados de ese experimento neoliberal y el fuego era la única manera de sanar nuestra herida.

Quisiera ser fuego y que folles mis llamaradas mientras me propago por los edificios.

Y dime todo lo que siempre has querido decirme, pero antes escúpeme y méame para que no duela tanto.

Pregúntame lo que quieras como diría la Claudia Larson. Pregúntame de las cosas que no hablo, pregúntame del cáncer de hace tres años, preguntame de mi papá que no me habló hace tres años y contando, pregúntame de esa duda eterna, si fui abusado de chico. Pregúntame lo que quieras total Chile se esta prendiendo fuego y nuestras heridas están todas abiertas como las alamedas que nos prometió Allende hace 46 años y el pedacito de cielo rojo que nos prometió la Pedro para que pudiésemos volar.

Tal vez ese fuego derrita nuestros corazones congelados por este invierno doloroso y neoliberal, este invierno que fue más frío que ningún otro.

Ojalá se derritan un poco antes de que explote la bomba de relojería que llevamos dentro, para así sentir un poquito el calor de la revolución.

Quisiera ser fuego de barricada y darte un beso quemado antes de irme en la colita de una molotov y después reencarnar en el fuego de la hornalla que calienta esa once que tomaremos cuando todo haya pasado, cuando afuera en la calle no haya normalidad, sino esa utopía en la que hoy hemos vuelto a creer.






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