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CIENCIA Y MEDIO AMBIENTE

Innovaciones tecnológicas no benefician a la población: el caso de “silos de agua”

Silos de agua es un invento mexicano que de implementarse a gran escala promete disminuir drástica y positivamente el consumo de agua en la agricultura. Aunque su inventor lo ha promovido en SAGARPA y CONAGUA, el gobierno se ha negado a socializar la innovación tecnológica.

Miércoles 6 de mayo de 2015 | 23:36

Ante los grandes problemas del mundo –llámense pobreza, hambre, desigualdad social, devastación ambiental, abasto energético- se tiende a pensar que la ciencia y tecnología ayudarán a solucionarlos. Es así que “silos de agua” es presentado como una innovación tecnológica clave para resolver el problema de la falta de agua para la agricultura, aumentar su productividad, reducir gastos en el campo, beneficiar a los pequeños productores y contrarrestar la dependencia alimentaria.

¿De qué va “silos de agua”?
Silos de agua es un polímero biodegradable en polvo que se mezcla con la tierra donde se sembrará. Al llover, el agua que se filtra al subsuelo se acumula y el polímero la solidifica para que las plantas puedan aprovechar toda el agua sin contaminación, sin cambiar el PH, ni afectar las sales, ni nutrientes. Así, se consigue un ahorro de hasta el 80% del agua. Por ejemplo, en India se utiliza silos de agua en las palmeras de coco y en vez de gastar 80 litros de agua por semana sembrando de forma convencional, se utilizan sólo 50 litros cada tres meses.

De usarse a gran escala (en combinación con otras técnicas no nocivas para el campo) se podría conseguir un mejor aprovechamiento y distribución del agua nacional pues la agricultura reduciría su gasto de agua, que hoy en día es de alrededor del 80% del total de agua disponible. Esto, ante la situación de sed y hambre de millones de mexicanos (sobre todo en comunidades rurales del norte y sur del país) y las investigaciones que alertan que se avecinan grandes sequías en territorio mexicano, significaría un gran progreso en beneficio de toda la población. En este caso estaríamos ante una verdadera socialización y apropiación colectiva de la ciencia.

Sin embargo, la realidad está lejos de pintar así. A pesar de que esta tecnología fue desarrollada por un ingeniero mexicano, las instituciones mexicanas no han mostrado interés en implementar a gran escala silos de agua. De hecho, Sergio Rico (ingeniero químico del Instituto Politécnico Nacional inventor de silos) ha ido a promover su innovación a la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA), a la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA) y a la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) y en todas ha recibido total negativa.

Ahora, Sergio Rico lidera la empresa que comercializa en México silos de agua. También, él ha vendido su invento a empresas extranjeras (silos de agua se utiliza en más de una decena de países). En el mercado está disponible el producto pero sigue siendo desconocido, su precio es relativamente alto (400 pesos un kilogramo) y la cuestión es que solo si una innovación así se implementa a gran escala en el campo, habrá cambios sustanciales en beneficio de la mayoría y para ello se necesita el financiamiento de parte del Estado (lo mismo pasa en el caso de las celdas solares, que en tanto sean implementadas a escala individual, poco contrarrestan el despilfarro y contaminación al usar fuentes de energía convencionales como el petróleo).

La política del gobierno hacia las innovaciones tecnológicas
El caso de silos de agua ejemplifica cómo la tecnología en el sistema capitalista se vuelve una mercancía que es puesta en venta en el mercado internacional, cuyas ganancias van a dar a los bolsillos de unos cuantos y sin beneficios para las mayorías. Los científicos terminan siendo productores de conocimiento y tecnología cuya propiedad es privada y le pertenece a un puñado de capitalistas (mecanismo de patentes).

El escaso financiamiento para distribuir a gran escala tecnología, desarrollar investigaciones y proyectos científicos responde a la carencia de una política que promueva la innovación y desarrollo científico en México. El Estado se justifica diciendo que el presupuesto nacional no alcanza para financiar investigaciones y proyectos científicos y encima sigue disminuyendo el porcentaje del PIB para el sector educativo. Haciéndole segunda al gobierno, el director del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT) atribuye el rezago tecnológico del país a la falta de asociaciones público-privadas que financien las investigaciones y desarrollo tecnológico.

Lo cierto es que si toda la riqueza producida por los trabajadores mexicanos no fuera a dar a los bolsillos de los dueños de las grandes empresas (extranjeras o nacionales), sino que se decidiera destinar una parte de esa riqueza a la innovación tecnológica, no sería necesario que el sector privado financiara las investigaciones y terminara privatizando el conocimiento.

Cientos de científicos en todo el mundo están buscando y encontrando inventos que potencialmente podrían, por ejemplo, erradicar sequías, reducir las jornadas laborales y resolver el abasto energético con gran éxito. Sin embargo al sistema capitalista poco le beneficia cambiar sus métodos de producción, reducir la devastación ambiental y acabar con la sed (por ejemplo). Poco retribuye a la población que los científicos descubran e innoven en técnicas sustentables, pues aunque se debería invertir en ellas a gran escala, la lógica del mercado capitalista pone límites a la difusión masiva de la tecnología por la necesidad de valorización del capital, pues haría poco rentable el capital invertido.

Justamente por esto es que, la perspectiva de que los adelantos científicos y tecnológicos sean utilizados en beneficio del conjunto de la sociedad, que pueda decidirse democráticamente la utilización de los mismos y que se apliquen estas innovaciones con un mayor equilibrio con la naturaleza, está indisolublemente ligada a la necesidad de acabar con el sistema capitalista.






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