Política México

OPINIÓN

La transición “tersa” y por qué no tomó las calles el movimiento obrero y popular

El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador, que marcó el fin de una hegemonía construida en 90 años por el PRI, altera de manera importante el equilibrio del sistema político mexicano mantenido por décadas. Obliga a su reconfiguración, en los marcos de la democracia de los ricos, y da paso a una tercera “alternancia”. ¿Hacia dónde apunta?

Miércoles 25 de julio

López Obrador afirma que su victoria marca un cambio de régimen. Pero en realidad las medidas que plantea sólo modifican los mecanismos y la forma de administrar los negocios de los capitalistas bajo el neoliberalismo.

Es decir, una maniobra estratégica importante ante las demandas de las masas que pusieron a la defensiva al PRI y a sus aliados, y que el dirigente tabasqueño supo capitalizar.

Contra lo que muchos piensan, la estrategia de AMLO no era la de iniciar una “guerra absoluta” contra el PRI. Buscó cambiar la relación de fuerzas para imponerle sus condiciones y logra su objetivo: sacarlo del poder presidencial y recomponer el sistema de partidos ante la crisis de representatividad de los mismos que golpeó al régimen y amenazaba con una profundización de la crisis, superior a la del 1999-2000, dadas las tendencias a la crisis orgánica.

Conforme avanzaba la campaña del candidato del Morena, la clase dominante se debatía en un dilema: o formaba seriamente un gran frente único reaccionario que impidiera la llegada a la presidencia de López Obrador, o enfrentaba el riesgo de incendiar la pradera presionando a Peña Nieto para imponer un fraude como el de 1988 contra Cuauhtémoc Cárdenas. Por ello, AMLO advirtió que ante una medida así, él no iba a controlar el “tigre” desatado.

Además, el crecimiento de la campaña AMLO y las peleas internas en el PAN, el PRD y el PRI, abortaron la posibilidad del voto útil contra el candidato del Morena, pero sobre todo, la del fraude. Y es que la relación de fuerzas no daba esta vez para tanto. Se corría el riesgo de que una ofensiva mayor contra el dirigente tabasqueño tuviera un efecto contradictorio, superior al que produjo el intento de desafuero de AMLO por Fox en 2004, del cual salió más fortalecido.

Así, la opción de la élite patronal de darle su respaldo relativo -una especie de tregua con el puntero en las elecciones-, fue la manera más económica de hacerse reconocer como factor elemental en la estabilidad del próximo gobierno.

La creciente moderación del discurso lopezobradorista, sus alianzas con sectores de derecha, el pacto con el PRI de no represalias, la garantía del respeto a las inversiones de los grandes capitalistas, y la garantía de no afectar a la clase política derrotada, sentaron las bases para una “transición tersa”. A cambio, terminó la satanización de López Obrador como “un peligro para México”; ahora lo ven como el factor que puede lograr la estabilidad y negociar con el imperialismo yanqui en nuevo marco político de gobernabilidad.

Una combatividad contenida y desviada

A la vez que el descontento se expresaba electoralmente, también se mostraba mediante duras luchas obreras y movimientos populares en los últimos años –en particular desde Ayotzinapa en 2014–, que ante un gobierno muy debilitado, un gran rechazo hacia los partidos, y con la vieja burocracia sindical en crisis, abrían la posibilidad de una movilización más allá de lo electoral y un cambio en la coyuntura política.

Pero esta contradicción de la coyuntura electoral fue invisibilizada conscientemente, tanto por las direcciones políticas y sindicales opositoras, como por la intelectualidad de centroizquierda que apostaron a la estabilidad que supondría la llegada de un “nuevo régimen”.

Consciente de esta riesgosa eventualidad, AMLO empezó a mandar señales de “paz y amor” a todo mundo para llegar a una toma de poder no conflictiva. Con anuncios de cambios importantes en las políticas públicas y en aspectos de democracia formal –medidas asistenciales, referéndums, internet en todo el país, ampliación de la infraestructura ferroviaria, recorte de salarios a la alta burocracia estatal, etc.–, vimos en los últimos meses una política de pasivización impulsada por AMLO y el PRI, que alejó, por lo menos hasta ahora, el momento de conflictividad.

Pero son cambios que no llegan siquiera a lo que Gramsci llama “restauraciones progresistas” a manos de la clase dominante ante ciertas demandas o movimientos de las masas en un momento histórico.

Esta pasivización ha sido posible porque “estuvo ausente la fuerza que se pusiera al mando” de la coyuntura abierta. Es decir, las organizaciones sindicales y los movimientos populares opositores que podían imponer su impronta en este momento excepción, se subordinaron a la “transición tersa”.

No es de gratis la senaduría del Morena al dirigente minero Napoleón Gómez Urrutia y a la dirigente de las policías comunitarias autónomas, Nestora Salgado, quienes representan sectores que han significado factores de inestabilidad para el régimen. Por su parte, las centrales sindicales priístas ofrecieron su colaboración con el próximo gobierno.

Un hecho ilustrativo fue el de la CNTE que en junio pasado realizó un “paro indefinido”, pero no con la intención de triunfar y avanzar en su reorganización, ante un gobierno saliente y en crisis, sino de descomprimir el descontento combativo de las bases. Así, el levantamiento del paro fue parte de una política para no enturbiar este período de transición de poderes, y negociar con el próximo presidente cambios en la reforma educativa.

En el marco de la crisis del gobierno y los partidos tradicionales, era probable que una salida combativa e independiente de algunos sectores de trabajadores, hubiera alentado una movilización que expresara el descontento y la unificación de los viejos reclamos obreros y populares estudiantiles de los últimos años. Y, aunque no hubieran triunfado, mostrarían una fuerza ante el próximo gobierno que no es de los trabajadores.

Sin embargo, las expectativas de las mayorías en lograr sus demandas bajo el gobierno de López Obrador, pueden hace que la situación pase de una “transición tersa”, a una donde las ilusiones lleven a la organización y la movilización de distintos sectores.






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