SEMANARIO

La soberanía popular de los venezolanos entregada a Washington

Ángel Arias

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Fotomontaje: Juan Atacho

La soberanía popular de los venezolanos entregada a Washington

Ángel Arias

[Desde Venezuela]

Lo de la oposición de derecha estos días, en perfecta coordinación con el gobierno de los EE.UU., es un intento más de aprovechar el hartazgo popular ante la situación económica insoportable y el autoritarismo cuasi-dictatorial de Maduro para buscar hacerse del poder por la fuerza con un intento de golpe que, aunque revestido con artilugios “constitucionales”, tiene como arma fundamental el poderío e intervencionismo de esta potencia imperialista extranjera que no ahorra amenazas, incluidas las de una acción armada. Una tentativa golpista que si no se ha concretado aún es porque no han logrado romper la cadena de mando de las FFAA, a las cuales llaman constantemente a deponer a Maduro. El argumento es que Maduro está usurpando la soberanía popular, pero, por lo visto, a la oposición le parece mejor entregarle esa soberanía a Washington, puesto que es al gobierno de los EE.UU. a quien le otorga la potestad de definir a quién se reconoce o no como presidente legítimo de Venezuela.

Tan inocultable como el hecho de que este es un gobierno repudiado por la gran mayoría del pueblo, que no nos ofrece más que miseria y represión (su arma fundamental hoy para sostenerse en el poder), es este hecho de que la decisión de que Juan Guaidó se autojuramentase como “presidente encargado” de Venezuela fue tomada en las oficinas del gobierno de Trump, cuyos funcionarios coordinaron incluso reuniones secretas con los gobiernos de derecha de la región para organizar el apoyo a esta decisión. Si de usurpar la soberanía popular del pueblo venezolano hablamos aquí tenemos otra muestra, esta vez con sello “Made in USA”.

Lo que ha seguido es la concreción de medidas de estrangulamiento económico externo para forzar la caída de Maduro, bloqueando cuentas y confiscando recursos del país. El pago por la compra del petróleo venezolano irá a cuentas bloqueadas, afirman, y amenazan con girarle parte de esos recursos al gobierno paralelo. No deja tampoco de asomarse el chantaje de que Maduro acepte una amnistía para exiliarse o, caso contrario, los gringos vienen a Caracas y lo sacan “como a Noriega”.

Con todo esto, ¡aún hay políticos aquí (y allá) que dicen que “el imperialismo no existe”, o que pretenden burlarse de que se emplee hoy la palabra “imperio”! Es la sorna de un cinismo vil. Por más que con los gobiernos chavistas se hayan tergiversado hasta el cansancio y vaciado de contenido estos términos –así como los de “revolución”, “socialismo”, “poder popular”, “control obrero”, “poder constituyente”, etc.–, la realidad es contundente.

El carácter cuasi-dictatorial del régimen de Maduro solo es usado por el imperialismo como argumento para su hipocresía e intervencionismo

El gobierno de Maduro, que prácticamente “co-gobierna” con las Fuerzas Armadas, ha bloqueado casi todos los canales de expresión democrática del pueblo, vaciado de apoyo popular. En medio de la brutal crisis económica de la que es responsable y atacado por la derecha y el imperialismo, se sostiene sobre la proscripción y anulación de los adversarios políticos de peso, así como mediante fraude, chantaje (a los trabajadores del sector público y los sectores populares) y represión.

Arrebató de facto las potestades de la Asamblea Nacional, dándoselas a su fraudulenta “Asamblea Constituyente” impuesta gracias al respaldo de las FF.AA., luego de lo cual también se apoderó de la Fiscalía General. En los estados donde pierde alguna elección le arrebata recursos y competencias al gobierno local para asignárselas a gobiernos paralelos. En el movimiento obrero proscribe el derecho de los trabajadores a elegir a sus representantes, bien sea impidiendo cualquier elección sindical que pueda perder, desconociendo a los dirigentes electos no serviles a gobierno, o en algunos casos metiéndolos presos y dándoles jubilaciones de oficio. Se vale de los cuerpos parapoliciales (mal llamados “colectivos”) para amedrentar a los trabajadores que luchan y a los sectores populares que protesten: las rondas de estos paramilitares luciendo sus armas largas son ya comunes en el 23 de Enero, por ejemplo. En estos días ha respondido con una represión brutal en muchos sectores populares, descargando la furia de la FAES, que no son sino escuadrones de la muerte, asesinando a decenas de personas, allanando casas y llevándose un número indeterminado de detenidos, incluyendo adolescentes y niños, implantando el terror como castigo en los barrios donde hubo protestas.

La imposibilidad generalizada de comprar alimentos con los salarios pulverizados no es sino una oportunidad de riqueza súbita para empresarios y altos funcionarios del gobierno, con la importación sobrefacturada de lo que este distribuye mensualmente como “protección” al pueblo. También viene de aplicar un drástica contrarreforma laboral que pisotea derechos históricos establecidos en las contrataciones colectivas de trabajo.

Sin embargo, no es solo que esto no habilita en modo alguno a ningún país imperialista a pretender suplantar la soberanía de los pueblos, sino que tales prácticas le importan muy poco al imperialismo estadounidense, cuyo prontuario antidemocrático se pierde de vista ante esta realidad.

El interés del imperialismo es su dominio económico y político, tras lo cual no ha ahorrado nunca en impulsar e imponer regímenes que pisotean a placer las libertades democráticas. Hace pocos años en Honduras, cuando Zelaya se acercaba a la ALBA, alentaron el golpe que lo derrocó e instauró un régimen bajo el que fueron asesinados decenas de luchadores sociales y periodistas, en el que se acaban de dar elecciones presidenciales fraudulentas, pero no pasa nada porque cuenta con el apoyo de Trump.

Su problema con Maduro no es en modo alguno el autoritarismo, sino que no es un gobierno subordinado a sus designios y que permite la penetración de los intereses chinos y rusos en el país. Si el de Venezuela fuera un gobierno subordinado a los intereses económicos y geopolíticos de los EE.UU., tendría todo el respaldo de Trump, sin importar la miseria ni la opresión. Cuando Chávez contaba con indiscutible apoyo mayoritario del pueblo, de igual manera los EE.UU. impulsaron un golpe con militares y empresarios, así como un paro patronal y sabotaje a PDVSA para derrocarlo. ¡Les resbala la soberanía popular!

Revanchismo imperialista y gobiernos con muy pocas credenciales democráticas

Lo que está tras la ofensiva de los Estados Unidos es el intento por terminar de reajustar el tablero latinoamericano tras un período en que el surgimiento de gobiernos “pos-neoliberales” trajo consigo ciertos niveles de autonomía política ante los dictados de Washington, la fuerte incursión económica de China y, en el caso específico de Venezuela, el estrechamiento de lazos con Rusia.

Combinando un ciclo de rebeliones populares contra las políticas neoliberales –cuya más temprana expresión fue precisamente aquí en Venezuela, con el “Caracazo”–, que pusieron en crisis los regímenes políticos del momento, y sobre una coyuntura económica favorable, surgieron y se estabilizaron (unos más, otros menos) gobiernos que en muchos casos sustituyeron al personal político con el cual los EE. UU. venían manteniendo su dominio en la región durante décadas. Durante un período se aflojaron parcialmente las cadenas de los EE.UU. sobre su “patio trasero”. Todos estos gobiernos, aún el más girado a izquierda, como el de Chávez, no hicieron sino administrar los capitalismos dependientes latinoamericanos; cuando las condiciones económicas favorables cambiaron, viraron a aplicar ajustes contra las condiciones de vida de los trabajadores y el pueblo, erosionando su propia base social y abriendo el camino al retorno de la derecha neoliberal y proyanqui.

En esta cruzada contra Venezuela, que toma como estandarte la “democracia”, se sirve de Trump de personajes y gobiernos que tienen muy pocas credenciales que mostrar al respecto. Bolsonaro accedió al poder tras unas elecciones amañadas, y reivindicó abiertamente la última dictadura militar, cuyo “error”, en su opinión, no fue torturar sino no haber matado. Macri es parte de una familia que hizo fortuna con los contratos con el Estado bajo la última dictadura militar argentina. Duque es el heredero de uno de los presidentes más asesinos de la historia colombiana, y viene de desatar hace semanas brutales represiones contra el movimiento estudiantil.

Son algunas muestras representativas de los peones de la “lucha por la libertad y la democracia” de que se sirve el imperialismo a través del Grupo de Lima. Una hipocresía coherente con la de la derecha en nuestro país.

Aún cuando no le favoreciera la “soberanía popular”, la oposición siempre intentó arrebatar el poder apoyándose en la fuerza de militares, empresarios y los EE.UU.: entre 2002-2003, con un golpe de Estado imponiendo al jefe de Fedecámaras como breve dictador, impulsó a los militares golpistas de Plaza Altamira que aupaban un nuevo golpe, paro patronal y sabotaje a PDVSA durante dos meses; en 2013, desconocimiento de Maduro recién electo; en 2014, “calle hasta que se vaya”. Les importa un comino la voluntad democrática del pueblo. El partido de Guaidó y los demás de esta oposición “democrática”, fueron impulsores de todo esto.

Incluso en 2017, ya con Maduro vaciado de apoyo popular y mutado el régimen a un bonapartismo reaccionario, la insistencia de la derecha era para que fueran los militares quienes depusieran a Maduro. Como venimos señalando, la oposición quiere una “transición” tutelada por estas mismas Fuerzas Armadas corruptas y represoras.

Lo que está en juego es un salto en la semicolonización de Venezuela

Lejos de romper con la inserción subordinada del país en los circuitos de reproducción del capitalismo imperialista, el chavismo, a pesar de los importantes niveles de independencia política alcanzados, exacerbó la dependencia y el “mal nacional” del rentismo –la forma histórica concreta que ha adquirido aquí la dependencia.

La atrofia característica del aparato productivo nacional dio un salto en estos últimos años, con el descenso de la producción a niveles mínimos, a lo que hay que agregar que, desde la caída abrupta de la inversión privada a finales de los ‘70, esta no ha tenido ninguna recuperación significativa. El soporte histórico del rentismo está profundamente maltrecho, con la producción petrolera en mínimos históricos y una industria deteriorada. El país está endeudado hasta el cuello con, por lo menos, una década más de su futuro condicionado a grandes pagos de deuda pública externa. Paralelo a esto operó durante la última década y media una enorme transferencia de renta pública hacia manos privadas: se calcula en USD 600 mil millones lo que hay en el extranjero, producto del saqueo de la renta petrolera por parte de las distintas fracciones de la clase capitalista criolla –la tradicional y las nuevas promocionadas por el chavismo–. No son tres puyas lo que fugaron.

Es la quiebra del capitalismo nacional dependiente y rentístico. Las aves de rapiña revolotean sobre el país en ruinas y lo que está en juego es un salto en su semicolonización. Obviamente, las diferentes alas del capital internacional, así como la oposición y el gobierno, no cuentan como opción obligar la repatriación de semejante cantidad de recursos fugados por la clase dominante local (la oposición plantea a lo sumo “recuperar lo que sea producto de la corrupción”), tampoco el desconocimiento de tamaña deuda externa –que fue a su vez la que financió la fuga. Por tanto, las “alternativas” para “rescatar PDVSA” y la economía en su conjunto son: profundizar más aún el endeudamiento externo y un salto cualitativo en la penetración del capital transnacional en las empresas y áreas de la economía nacional (en especial el petróleo y los minerales).

Maduro lleva adelante una “entrega controlada” con preferencia hacia China y Rusia (aunque no deja por fuera a empresas francesas, estadounidenses, canadienses, etc.), mientras que en lo relativo al nuevo endeudamiento está imposibilitado de hacerlo, dadas las sanciones impuestas por los EE.UU. y la Unión Europea en ese terreno. La oposición, de la mano de los EE.UU., busca una entrega acelerada que mira más hacia “Occidente”, con prevalencia del capital estadounidense, al tiempo que tendría visa para hipotecarnos más, esta vez de la mano del FMI. Es el viejo recetario neoliberal: privatización de empresas y servicios públicos, "reducción del Estado" (entiéndase despidos masivos), un salto en la desnacionalización de la economía con la apertura acelerada al control del capital transnacional sobre las empresas y recursos del país, con especial énfasis en el petróleo, aumentar el endeudamiento externo ("re-estructuración de la deuda"), liberación total de precios y demás "controles" ("liberación del dólar"), limitación del gasto público.

La agresiva ofensiva del imperialismo yanqui hoy persigue garantizar que sean los EE.UU. quienes tengan las riendas y predominancia de ese salto en el sometimiento del país, de sus trabajadores y de su pueblo, a las necesidades del gran capital internacional. El mayor cinismo es que se hace en nombre de la “voluntad democrática” y la “soberanía” del pueblo venezolano.

No habrá salida progresiva si la clase trabajadora no se pone en movimiento como sujeto independiente

El programa que representan Guaidó y la actual AN va de la mano con esa profundización de la dependencia y el sometimiento nacional, complementado con un “liberalismo económico” cuyo razonamiento es minimizar la intervención estatal en las relaciones laborales y la economía. A pesar de que el capital privado nacional no genera casi ningún dólar (porque exporta poco y nada), dejarle más “libertad” para disponer de la renta petrolera (“liberación” del dólar), de las empresas públicas y de servicios (privatizaciones y reprivatizaciones), de los puestos de trabajo, de los derechos de los trabajadores y de los precios de las mercancías (“liberación total” de precios).

Si no hay una irrupción con fuerza de los trabajadores, en alianza con los sectores populares, las únicas opciones a la vista son la permanencia del desastre actual o la imposición de esa perspectiva que está tras la avanzada golpista del imperialismo.

La afirmación bastante extendida de que “nada de la economía se va a resolver mientras siga esta gente en el poder” tiene sentido; “tienen todo el poder político, a los militares, la gran mayoría de las gobernaciones y alcaldías, son los que manejan la renta hace años, y no han resuelto nada”, señala el sentido común de la calle. El problema es que si la “solución” a esto viene de manos del imperialismo y esta oposición, no será ninguna salida progresiva para el país ni sus mayorías. Quienes hoy hacen demagogia con la brutal represión que está recibiendo el pueblo por parte del gobierno se preparan para ser nuestros próximos verdugos, porque tal programa económico no podrá ser impuesto sin acudir a la dura represión contra las luchas del pueblo… como lo supieron hacer AD y Copei en el pasado, de cuyos troncos vienen los “nuevos partidos” de hoy: VP, PJ, UNT.

Si queremos evitar que la ruina del capitalismo nacional nos la sigan descargando, necesitamos contraponer un plan de emergencia obrero y popular, que apunte a dar respuesta a las necesidades de los trabajadores y el pueblo rompiendo con la subordinación al capital internacional, la impunidad en el saqueo de la renta y la supremacía de la razón empresarial, que al fin y al cabo son los únicos intereses que se mantienen en pie en medio de esta quiebra. Este mismo plan debe contemplar medidas específicas para hacer frente a la arremetida imperialista.

Desconocer esa deuda externa asfixiante que solo sirve para alimentar la opulencia de los buitres usureros y de los que aquí fugaron miles de millones de dólares, imponer la repatriación obligada de capitales y confiscación de los bienes de los saqueadores, para poner todos esos recursos al servicio de la necesidades urgentes del pueblo y del país. Monopolio estatal del comercio exterior (¡no más dólares de la renta a los empresarios privados!) con mecanismos de control por parte de las organizaciones de trabajadores y comunidades, para evitar la fuga de capitales y el enriquecimiento privado con las importaciones. Nacionalización de toda la industria petrolera bajo un verdadero control obrero, sin burócratas ni militares. Reactivación de las empresas del Estado bajo gestión obrera directa, fuera los burócratas del gobierno. Poner la distribución y los precios bajo control directo de comités de trabajadores y las comunidades, electos democráticamente por las bases, sin militares ni funcionarios del gobierno. Salario igual a la canasta básica, indexado regularmente a la inflación, respeto íntegro a los contratos colectivos. Anulación del estado de excepción, de las leyes que criminalizan la protesta y de los juicios a los trabajadores por luchar, libertad plena a los trabajadores presos y todos los detenidos por protestar. Son algunas de las medidas para un plan de emergencia.

La pelea por un plan obrero y popular requiere el impulso a la organización democrática de los trabajadores, comunidades y demás sectores oprimidos. En el movimiento obrero, con asambleas y organización desde la bases, conquistando la independencia política de los sindicatos frente al gobierno y frente a la derecha pro-imperialista (para que no sean furgón de cola de ninguno), o conquistando nuevas formas de organización más democráticas. Requiere la coordinación local, regional y nacional de estas instancias de los trabajadores con las organizaciones de los sectores populares, las mujeres, campesinos y jóvenes, donde también está planteado conquistar organizaciones independientes de la oposición pro-imperialista y del gobierno, para que pueda desplegarse la capacidad de lucha de una potencialmente poderosa alianza obrera y popular que irrumpa en la escena nacional con sus propias demandas e intereses.

¡No más expropiación del derecho del pueblo a decidir sobre los asuntos nacionales!

El desarrollo de esta fuerza social propia de los trabajadores, de vigorosos organismos de frente único de la clase obrera y los sectores oprimidos, al calor de la lucha por un programa obrero y popular de emergencia, nos puede permitir colocar con fuerza también demandas democráticas verdaderamente profundas para que no nos sigan robando el derecho a decir.

El gobierno se apoya en los aspectos más presidencialistas y autoritarios del régimen surgido con la Constitución del ’99 para, a su vez, violentarla, aunque lo haga en su nombre. La oposición apela a esa misma Constitución al tiempo que se apoya en un agresivo intervencionismo imperialista y llama a los militares a dar un golpe; en última instancia, quiere una transición pactada y tutelada con un sector de estas mismas FF.AA. corruptas y represoras. Para romper con ese bonapartismo de ambos bandos, donde el pueblo no es más que un convidado de piedra, base de maniobra de unos y otros, hay que ir a fondo.

Ante la opción de que se perpetúe este gobierno con su farsa de "Constituyente", de que lo saque el imperialismo mediante este golpismo para imponer el suyo, o de unas simples "elecciones generales" donde el papel del pueblo será como mucho "votar" un día por las opciones que cada uno de esos bandos reaccionarios patrocine, debemos luchar por una verdadera Asamblea Constituyente Libre y Soberana: elegida sin partidos ni candidatos proscritos, con acceso obligatorio y gratuito en los medios de comunicaciones a las diferentes opciones, para que no solo puedan hacer campaña los del gobierno y los de la oposición, mantenidos ambos por grandes aparatos económicos (incluso desde potencias extranjeras), sino también las organizaciones de trabajadores, campesinos, estudiantes, mujeres y aquellas organizaciones políticas que no reciben financiamiento ni del gobierno ni de los empresarios; una asamblea cuyos miembros no cobren más que el salario que cobra cualquier trabajador, que sean responsables ante sus electores y revocables por estos en cualquier momento; que para ser realmente Libre y Soberana debe poder decidir sobre todos los asuntos importantes del país, tanto en la economía como en la política, incluyendo desmantelar el rol que los militares vienen jugando hoy en la vida política, económica y social del país, lo que implica que concentre en sus manos las facultades legislativas y ejecutivas, suprimiendo la figura presidencial, tan proclive a ser vehículo de los bonapartismos. Los representantes del pueblo no pueden quedar reducidos a debates legislativos mientras el poder ejecutivo lo detentan otros.

Una instancia así, donde poder pulsear por los intereses de las mayorías nacionales, por supuesto solo podrá ser impuesta por la movilización masiva y combativa de los trabajadores y sectores populares, y seguramente nos obligará a desarrollar más y mejores organismos y métodos de lucha.

Las demás opciones sobre la mesa buscan reeditar “formulas democráticas” ya usadas (“diálogo”, “nuevas elecciones”, “referéndum”) que no dan ninguna respuesta de fondo al derecho del pueblo a decidir realmente los asuntos vitales del país, sino que lo limitan a delegar ese poder en manos de los representantes de sus verdugos, los de hoy o los de mañana. Una asamblea como la que planteamos realmente podría a apuntar a un espacio donde verdaderamente puedan los trabajadores y el pueblo pelear porque no le expropien su soberanía.

Solo un gobierno propio de los trabajadores y el pueblo pobre, que tome en sus manos los medios de producción y cambio, sostenido sobre las instancias de democracia directa que se dé el pueblo en el transcurso de esa lucha, y su armamento, puede garantizar un verdadera soberanía popular. Sin embargo, somos conscientes de que esa conclusión crítica sobre la democracia burguesa no está en la conciencia de las grandes mayorías, que hay ilusiones en los mecanismos de esta.

En nuestro país, “el voto” fue el mecanismo con el cual regularmente se plebiscitaba el régimen que las mayorías percibieron con “voluntad política” para “redistribuir la renta” y atender las demandas de los trabajadores y “los excluidos”. Y aunque, en realidad, fue la movilización combativa del pueblo la que permitió que no cayera ante las arremetidas del imperialismo y la reacción burguesa, nuevamente el limitado acto del voto en un referéndum (2004) fue el mecanismo para cerrar la crisis que había llegado a niveles de pre-guerra civil y, precios del petróleo mediante, lograr la estabilización por varios años del régimen “redistribucionista”. A su vez, la descomposición de ese mismo régimen hacia un bonapartismo reaccionario, que pisotea el sufragio universal, no resuelve las ilusiones con la democracia burguesa sino que, al contrario, las preserva.

Es en este sentido, si la movilización combativa de los trabajadores y el pueblo pobre lograse imponer una verdadera Asamblea Constituyente Libre y Soberana, un terreno donde poder luchar mejor porque no nos expropien el derecho a decidir ni el régimen actual ni Washington, además de poder disputar en mejores condiciones por las demandas económicas, sociales y democráticas de los trabajadores, los sectores populares, las mujeres, la juventud, el movimiento campesino, podría servir de gran experiencia con los límites de la democracia en el capitalismo, y ayudar a sacar la conclusión de la necesidad de avanzar hacia un gobierno propio de los trabajadores como herramienta de su emancipación y autodeterminación política generalizada.

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Ángel Arias

Sociólogo y trabajador del MinTrabajo @angelariaslts
Sociólogo venezolano, nacido en 1983, ex dirigente estudiantil de la UCV, militante de la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) y columnista de La Izquierda Diario Venezuela, actualmente delegado de base de los trabajadores del Ministerio del Trabajo.
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