Mundo Obrero Chile

La política y los sindicatos: Trotsky v/s el sentido común neoliberal

Juan Valenzuela

profesor de filosofía - Partido de Trabajadores Revolucionarios

Sábado 13 de abril

Trotsky escribía en 1929 que el “problema de la relación entre el partido, que representa al proletariado como debería ser, y los sindicatos, que lo representan tal cual es, es el más fundamental del marxismo revolucionario.”

Llama la atención que la cuestión de los sindicatos sea señalada acá como la “más fundamental” del marxismo revolucionario. ¿Qué significa, además, que los sindicatos representan al proletariado “tal cual es” y, el partido, “como debería ser”? ¿Es pertinente en la actualidad ese enfoque a la hora de emprender la construcción de un proyecto revolucionario y socialista basado en la clase trabajadora.

Comunismo y Sindicalismo, 90 años

Por supuesto, sería un error hacer una transposición mecánica de este planteamiento del revolucionario bolchevique al mundo actual, sin diferenciar las circunstancias de 1929 y las de 2019. Noventa años no pasan en vano y el marxismo no es exégesis de textos. De hecho, Comunismo y Sindicalismo, está escrito a propósito de una discusión muy concreta con la denominada “Liga Sindicalista”. En 1923, uno de sus dirigentes, proveniente del sindicalismo revolucionario francés, Pierre Monatte, confluyó con el Partido Comunista y el bolchevismo. Al año siguiente sería expulsado por la dirección afín a la fracción stalinista. Pero su conclusión principal fue que los partidos le hacían mal a los sindicatos, que había que defender la completa autonomía de los sindicatos con respecto a los partidos. Pese a eso, con su sector, en la práctica actuaban como un partido, como una minoría organizada.

Trotsky, además era tajante al señalar que “no existen en ninguna parte sindicatos políticamente “independientes”. Nunca los hubo y la experiencia y la teoría nos dicen que nunca los habrá.” Eso lo fue alejando políticamente a Monatte de León Trotsky que, por el contrario, se abocó a la pelea fraccional al interior de la III Internacional y más tarde a preparar las condiciones para la fundación de la IV Internacional, entendiendo que sin un partido revolucionario la clase trabajadora, podría hacer revoluciones, pero no vencer.

La fracción stalinista que se había encumbrado al poder y alcanzado la dirección en casi todos los partidos comunistas del mundo, era un proceso conectado con la elevación de la capa burocrática en la Unión Soviética. La misma Unión Soviética era el primer Estado obrero producto de una revolución triunfante. Los horizontes y esperanzas de millones de trabajadores y trabajadores en todo el mundo estaban puestos en el devenir de la URSS. La burocratización significó una profunda contrarrevolución política en el primer Estado obrero de la historia y el surgimiento de nuevas desigualdades, en tanto un sector de nuevos funcionarios estatales responsables de gestionar la distribución de la producción nacionalizada se transformaron en una capa social con intereses diferenciados de la clase trabajadora. En La Revolución Traicionada, León Trotsky, analiza como la baja productividad del trabajo en Rusia, es una base material que en cierto modo hace ineludible el surgimiento de funciones burocráticas. En términos políticos, esta elevación fue producto, grosso modo, de tres factores. El más fundamental, la derrota de la revolución internacional. La más crucial de las derrotas fue en Alemania, en 1923. Una revolución en una potencia industrializada como lo era Alemania ya en ese momento, hubiese abierto nuevas perspectivas de expansión de la revolución. Esta derrota fue, a su vez, el resultado de una política errática de los dirigentes del Partido Comunista alemán que pese al escenario favorable, desaprovechó la oportunidad para organizar la insurrección y una huelga general revolucionaria que tumbara el poder burgués. A nivel interno en la URSS, el agotamiento producido por años de guerra imperialista y guerra civil, en la que los cuadros y militantes de la clase trabajadora rusa formados en la víspera entregaron lo mejor de sí; y las presiones del campesinado propietario sobre el nuevo partido dirigente, con el correlativo incremento de las tendencias capitalistas en el campo y el posterior giro abrupto de “colectivización forzosa” con nefastas consecuencias sociales en el campo, a nivel internacional significó, la orientación ultraizquierdista conocida como “clase contra clase”. Esta orientación se negaba “por principio” a cualquier tipo de unidad de acción o frente único obrero con las tendencias reformistas como la Socialdemocracia alemana, que para Trotsky resultaba vital para unir en la acción a obreros comunistas y socialdemócratas y permitir a estos últimos realizar una experiencia con los dirigentes traidores.

La orientación del PC tuvo más tarde un nuevo zigzag con la proclamación de alianzas con los partidos democráticos burgueses en 1934, con la conocida política de los frentes populares. Los hasta ayer enemigos pasaron a ser aliados.

En 1929, la lucha contra el sindicalismo en Francia todavía era vital para evitar un retroceso en la consciencia de clase. Trotsky reconoce ya en 1921 “que el sindicalismo francés de preguerra era una tendencia revolucionaria muy importante y muy profunda” . Esta afirmación no es antojadiza. Originalmente, esta tendencia se opuso a las burocracias reformistas, políticas y sindicales, que comenzaban a emerger en la Socialdemocracia internacional. Esas burocracias comenzaron a priorizar la conquista de posiciones en la institucionalidad parlamentaria o sindical en desmedro de la preparación para la revolución, las reformas graduales contrapuestas a la lucha por una sociedad socialista. Trotsky reconoce en Comunismo y Sindicalismo y otros textos compilados en Los sindicatos y las tareas de los revolucionarios, que la teoría de la “minoría activa” que defendía esta vertiente, para dar cuenta de que el proletariado no rompe su pasividad de la noche a la mañana y espontáneamente sino que a través de la lucha de sus sectores más conscientes, era una teoría incompleta del partido revolucionario. Es en ese marco muy determinado que el sentido común de esta vertiente: – hay que preservar la autonomía sindical con respecto a los partidos – , podía jugar un papel progresivo en el sentido de contribuir a forjar una consciencia de clase independiente de la burguesía. En ese marco es correcta la definición del sindicalismo de preguerra como “tendencia revolucionaria”. En 1929 no rompe con esta lectura cuando escribe que el “sindicalismo francés de preguerra, en la época de su surgimiento y expansión, al luchar por su autonomía sindical luchaba en realidad por su independencia del gobierno burgués y sus partidos, entre ellos el socialismo reformista-parlamentario”. Pero después de la guerra “el sindicalismo francés encontró en el comunismo su refutación, y también su desarrollo y su realización plena.”

Porque “tuvo lugar la guerra, fue fundada la Rusia de los Soviets, una inmensa oleada revolucionaria atravesó toda Europa, la III Internacional creció y se desarrolló, los antiguos sindicalistas y los antiguos socialdemócratas se dividieron en tres tendencias hostiles. Frente a nosotros se han planteado problemas inmensos.” Trotsky considera que la Carta de Amiens – el documento esencial del sindicalismo revolucionario- “no da respuesta a ellos”.

Para Trotsky esto se relaciona con debilidades inherentes al pensamiento anarco-sindicalista. Aun en su periodo clásico, esta corriente carecía de “una base teórica correcta lo que resultaba en una comprensión errónea de la naturaleza del Estado y de su papel en la lucha de clases, así como en una concepción incompleta, no del todo desarrollada y por lo tanto equivocada del papel de la minoría revolucionaria, es decir, del partido. De ahí sus errores tácticos, como el fetichismo hacia la huelga general, el desconocimiento de la relación entre la insurrección y la toma del poder, etcétera.”

Decir en 1929 que los sindicatos deben permanecer autónomos con respecto a los partidos y abstenerse de desarrollar una concepción clara del Estado, sólo podía desarmar a la clase trabajadora frente a los enormes desafíos que se abrían con la burocratización de la URSS y el creciente peso del fascismo en Alemania. La lucha de fracciones políticas al interior de la III Internacional y la cuestión de la regeneración de la democracia obrera en la URSS, y luego la cuestión de la táctica del frente único obrero en Alemania, eran problemas directamente relacionados con “la concepción del Estado” y de la “minoría revolucionaria”. No era posible un reverdecer del sindicalismo revolucionario.

¿La “autonomía sindical” de Mario Aguilar?

Hace un tiempo, el dirigente del Colegio de Profesores, Mario Aguilar, decía que quería “un gremio plenamente autónomo de cualquier gobierno y los partidos políticos, que tome sus decisiones únicamente con los profesores y no acepte injerencia alguna de entes ajenos. Queremos un gremio verdaderamente democrático. Creemos en el pleno respeto a la base del profesorado porque somos parte de esa base.”

Esa “autonomía”, con Piñera o Bachelet en el gobierno y el Partido Comunista dirigiendo el gremio, podía sonar atractiva el 2013 o 2014. En parte ese discurso logró generar expectativas en docentes que a partir de la actuación del PC en el gremio concluyeron que los partidos eran dañinos para la organización de las y los trabajadores docentes. Eligieron a Aguilar y su sector más que por adhesión al Partido Humanista, por representar una cierta independencia de esos partidos odiados. Por eso, no resulta extraño que el 2018, en el congreso estatutario del Colegio de Profesores se resolviera que “el accionar de la organización y sus dirigentes se sostiene en el principio de la autonomía ante los partidos políticos y gobiernos de turno.”

Sin embargo, la idea de que es necesario contraponer política y sindicatos no es – como en tiempos de Trotsky-, la posición de una corriente sindicalista. Si en 1929 esa idea todavía podía aparentar una referencia en el sindicalismo revolucionario, en 2019, la referencia anterior es directamente reaccionaria: la Constitución de 1980.

En el art. 23 de la Constitución, se prescribe que “la ley establecerá las sanciones que corresponda aplicar a los dirigentes gremiales que intervengan en actividades político partidistas y a los dirigentes de los partidos políticos, que interfieran en el funcionamiento de las organizaciones gremiales y demás grupos intermedios que la propia ley señale”. También se señala que “son incompatibles los cargos directivos superiores de las organizaciones gremiales con los cargos directivos superiores, nacionales y regionales, de los partidos políticos.” Por otra parte, la carta fundamental prohíbe que los dirigentes gremiales y vecinales puedan postularse a cargos parlamentarios.

Este documento, redactado por Jaime Guzmán, expresa el interés de la dictadura chilena y los sectores empresariales de alejar a la clase trabajadora de cualquier perspectiva de militancia política. Les interesaba purgar para siempre el fantasma de la década de 1970. Por eso ¿no deberíamos al menos inquietarnos cuando dirigentes que son militantes políticos de izquierda nos hablan con tanta propiedad de “autonomía sindical de los partidos políticos”?

En el Programa de Transición, el revolucionario ruso León Trotsky escribía al mismo tiempo que “el autoaislamiento cobarde fuera de los sindicatos de masas, que equivale a la traición a la revolución, es incompatible con la pertenencia a la IV Internacional, que los “sindicatos, aun los más poderosos, no abarcan más del 20 al 25% de la clase obrera y por otra parte, a sus capas más calificadas y mejor pagas”. Nunca fetichizó a los sindicatos. Cuando dice que representan al proletariado “tal cual es”, no quiere decir que expresen directamente el estado de ánimo y consciencia de la clase trabajadora. Sino que los sindicatos por su finalidad no rebasan la idea espontánea en el capitalismo, de que es posible obtener mejoras materiales en sus marcos, mas no tumbar el poder burgués y construir una sociedad socialista. Aun así, para las y los revolucionarios es ineludible actuar en los sindicatos, pues sin “estar a la cabeza de todas las formas de lucha, aún allí donde sólo se trata de los intereses materiales o de los derechos democráticos más modestos de la clase obrera” es imposible a que se establezca un puente entre el estado de consciencia actual de las masas y el programa revolucionario, que es precisamente el objetivo del Programa de Transición.

En el Chile actual la sindicalización, según datos de la Dirección del Trabajo, a noviembre de 2017, llegaba al 20,6% de los trabajadores del sector privado. Hay una serie de datos en diversos estudios que hablan de una notoria fragmentación. El 2014, en el 81,8 % de las empresas de 10 o más trabajadores, no existe y nunca ha existido un sindicato. Por otro lado la estructura misma de los sindicatos en el Chile de hoy es caracterizada por la atomización sindical y los sindicatos restringidos a una empresa aislada. Existirían más de 11.400 sindicatos activos y la mitad de ellos tiene 40 socios/as o menos. El 41% de las organizaciones sindicales activas tienen menos de 5 años desde que se constituyeron. Además, el 65% de los sindicatos constituidos en el 2014, dejó de existir en poco más de un año. Sin embargo estas diferentes condiciones albergan una misma tendencia. Según se desprende de las bases de datos de la ENCLA, sobre el 75% de la afiliación sindical estaría en las grandes empresas y por tanto representan al sector más estable y con mayor poder de negociación.

Partido revolucionario v/s burocracia sindical

Si hace 90 años era acertado plantear que “no existen en ninguna parte sindicatos políticamente “independientes”, hoy esa afirmación es aun más certera. La enorme fragmentación de los sindicatos en el neoliberalismo no ha pulverizado a la burocracia sindical ni la ideología apolítica ha sacado a los partidos de todas las vertientes del mundo sindical. Ahí están Bárbara Figueroa del Partido Comunista, Nolberto Díaz de la Democracia Cristiana o Mario Aguilar del Partido Humanista. Cuando la CUT era dirigida por Arturo Martínez, la preponderancia era del PS.

Si no hay militancia directa de los dirigentes sindicales en partidos como los mencionados, muchas veces la “influencia burguesa” o “reformista” se da a través de las vías más múltiples, desde los simples agasajos, hasta la cooptación material. Otras veces, dirigentes como Pablo Klimpel, del Sindicato 1 de Estibadores del Puerto de Valparaíso, sin ser militantes del Frente Amplio, se alinean con éste. En el caso de Klimpel, respaldando la política tributaria hacia el puerto que defiende Jorge Sharp. ¿Es posible una autonomía plena?

La conclusión, frente a la actuación de burocracias sindicales que conducen a trabajadoras y trabajadores tras políticos empresariales, no es cerrar los ojos y hacer como que fuera posible que los partidos se vayan. Para lograr la verdadera independencia de los empresarios hay que hacer política. “No puede ser un estado pasivo […] Solamente – escribía Trotsky- se expresa mediante actos políticos , o sea, mediante la lucha contra la burguesía. Esta lucha debe inspirarse en un programa claro, que requiere una organización y tácticas para su aplicación. La unión del programa, la organización y las tácticas forman el partido. En este sentido, la verdadera independencia del proletariado del gobierno burgués no puede concretarse a menos que lleve a cabo su lucha bajo la conducción de un partido revolucionario y no de un partido oportunista.”

Pero esa conducción para Trotsky no es el “sometimiento burocrático” de los sindicatos a un partido. Los militantes que ocupan cargos de dirección, sólo son “un medio más para medir la influencia del partido en los sindicatos. El parámetro más importante es el porcentaje de comunistas sindicalizados en relación al total de la masa sindicalizada.” Esta idea de Trotsky está relacionada con un debate más profundo: no se puede pelear en los sindicatos sin construir una fuerza material que dispute con las burocracias sindicales que son una fuerza material que cumple un papel en preservar la fragmentación de la clase trabajadora.

El revolucionario ruso escribía en su texto que “el criterio principal es la influencia general del partido sobre la clase obrera, que se mide por la circulación de la prensa comunista, la concurrencia a actos del partido, el número de votos obtenidos en las elecciones y, lo que es especialmente importante, el número de obreros y obreras que responden activamente a los llamamientos del partido a la lucha.”

Conquistar esa influencia general es una ardua tarea. Implica la lucha de partidos y fracciones. La consciencia de clase no es una autotransparencia realizada de un sujeto que se conoce a sí mismo, sino un proceso político-social, en la cual el choque de programas cumple un rol esencial. Trotsky escribía respecto a la actuación de las organizaciones en los sindicatos que la pregunta importante es “en nombre de qué programa y de que táctica lucha esa organización”.

Si, como citábamos al comienzo de este artículo, el partido es el proletariado “como debería ser” ¿el partido es infalible en el pensamiento de Trotsky? Nada de eso. Las caricaturas fáciles están fuera de lugar. El partido no está exento de los avatares de la clase. Las derrotas y errores son parte del proceso de construcción. La caricatura de la “vanguardia ilustrada” que ocupan algunos intelectuales como Carlos Pérez para el bolchevismo, no aplica. “Si el proletariado como clase fuera capaz de comprender inmediatamente su tarea histórica no serían necesarios ni el partido ni los sindicatos: la revolución proletaria habría nacido simultáneamente con el proletariado. Por el contrario, el proceso mediante el cual el proletariado comprende su misión histórica es largo y penoso, y está plagado de contradicciones internas […] Solamente a través de prolongadas luchas y duras pruebas, de muchos errores y una amplia experiencia, la concepción correcta de los caminos y de los métodos de desarrollo son asimilados por los mejores elementos que forman la vanguardia de la clase obrera. Esto se aplica tanto al partido como a los sindicatos. También los sindicatos comienzan como un pequeño grupo de obreros activos y crecen gradualmente”.

La posibilidad de actualizar el programa revolucionario se desprende de las condiciones de nuestra época; la expansión del trabajo asalariado es una realidad, la reconfiguración social de la clase trabajadora y los retrocesos subjetivos en el neoliberalismo no son cuestiones inmutables. La lucha de clases reaparece, desde Francia con los chalecos amarillos hasta México con la huelga en las maquilas. Las nuevas formas de explotación a través de aplicaciones no niegan la condición de clase trabajadora. En Chile, recientemente, los trabajadores portuarios, hastiados con la falta de turnos, protagonizaron una de las huelgas más combativas del último tiempo. Volver a estos debates del marxismo revolucionario es una labor insoslayable para los nuevos desafíos.






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