Sociedad

100 AÑOS REVOLUCIÓN RUSA

La intelectualidad burguesa neoliberal, la revolución rusa y el marxismo

Este artículo constituye una réplica a un artículo publicado por el académico de la Universidad del Desarrollo (UDD) y Senior Fellow de la Fundación Para el Progreso Mauricio Rojas Mullor en contra del significado histórico y político de la revolución rusa de 1917.

Vicente Mellado

Licenciado en Historia U.Chile, y Director del Centro de Estudios de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (CEFECh)

Jueves 16 de marzo | 08:41

Como he mencionado en otros artículos, durante todo el año 2017 la intelectualidad burguesa, los periodistas y opinólogos conservadores o socialdemócratas lanzarán sus dardos una y otra vez a lo que consideran la mayor aberración de la historia humana: la revolución rusa. Algunos de ellos, más cuidadosos y astutos, revindican la revolución rusa de febrero y la caída del zarismo en defensa de los derechos democráticos, afirmando por el contrario, que la aberración fue el “golpe de Lenin” de octubre de 1917. Los bolcheviques serían de este modo los portadores de un proyecto totalitario.

Resulta muy fácil escribir en contra de la revolución rusa estableciendo un estrecho puente entre Octubre y Stalin. Más fácil es cuando se escribe como defensor de las libertades democráticas y contra el totalitarismo ocultando a los lectores la identidad política y el compromiso valórico del autor.

Ese es el caso del académico Mauricio Rojas Mullor de la Universidad del Desarrollo. Es Senior Fellow de la institución liberal —por no decir neoliberal a ultranza— Fundación Para el Progreso (FPP). Este organismo dice ser “un centro de estudios de inspiración liberal clásica” que promueve “la cultura e instituciones de una sociedad libre, donde lo más preciado es la libertad y la dignidad de todas las personas. Como empresa intelectual, no tenemos fines de lucro y somos independientes de grupos políticos o empresariales”. Se inspiran en el economista burgués francés Jean Gustave Courcelle-Seneuil, que visitó Chile entre 1855 y 1863, siendo asesor del Ministerio de Hacienda del gobierno del liberal oligárquico José Joaquín Pérez.

Si uno realiza un pequeño vistazo a los miembros del Directorio de esta fundación “independiente de grupos políticos o empresariales”, podemos encontrar a dos personajes bien particulares. Uno de ellos es Dag von Appen, del “clan Von Appen”, Presidente de la naviera Ultramar, que por medio de su filial Ultraport controla la casi totalidad de los sitios de atraque de los puertos de Chile. Otro es Nicolás Ibáñez Scott, uno de los principales accionistas de Walmart, legionario de Cristo y admirador de Pinochet.

Con estos elementos podemos hacer entrar en duda al lector de la supuesta honestidad y neutralidad intelectual del señor Rojas Mullor en defensa de la libertad y la democracia utilizando como argumento la demonización de los bolcheviques y la revolución rusa. Debemos decir las cosas con su nombre: el señor Rojas Mullor escribe desde la trinchera del empresariado que defiende la “libertad” de explotar a los trabajadores y pagar sueldos miserables a millones de personas en el mundo. La “democracia” que defiende es la que permitió la consolidación del negocio de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) y el negocio educativo. Pilares de la acumulación de capital en Chile. Por último, el señor Rojas Mullor fue diputado en Suecia por el derechista Partido Popular Liberal entre 2002 y 2008 y consejero del gobierno derechista de Sebastián Piñera en Chile.

Dejamos al lector que juzgue por sí mismo la supuesta impronta valórica humanitaria del señor Rojas Mullor ingresando a la web de FPP: www.fppchile.org.

La revolución rusa: balance necesario para vencer y no para legitimar el dominio del capital

El artículo de Rojas Mullor se titula “La revolución popular y la contrarrevolución totalitaria”. Se puede acceder a él aquí (http://www.14ymedio.com/cultura/revolucion-popular-contrarrevolucion-totalitaria_0_2177182266.html) y aquí (http://fppchile.org/es/a-100-anos-de-la-revolucion-rusa/).

El artículo se sintetiza del siguiente modo. La caída del zarismo en febrero de 1917 marcó el inicio de una revolución democrática popular del pueblo ruso la que fue truncada por el golpe de Lenin y los bolcheviques en octubre de ese año. La denominada “revolución de octubre” no fue más que una contrarrevolución antidemocrática y antipopular que inició la construcción del peor de los regímenes del siglo XX: el totalitarismo. Stalin sería un resultado lógico del golpe de la minoría bolchevique.

Al respecto debo decir lo siguiente.

En primer lugar, la evaluación crítica del proceso y los resultados de la revolución rusa es una necesidad imperiosa para todos aquellos que critican y se oponen en la actualidad a una sociedad capitalista que incrementa sus índices de desigualdad socioeconómica. El triunfo de la primera revolución proletaria en la historia humana y su posterior degeneración en un Estado totalitario es un proceso que requiere ser evaluado por todos los explotados y oprimidos del mundo, en particular por la clase trabajadora asalariada. Esta última es la que permite el funcionamiento de los servicios, la circulación de las mercancías y produce la riqueza material que los empresarios se apropian y convierten en ganancia individual. Empresarios como los que integran el directorio de Fundación Para el Progreso.

Diferente es cuando lo evalúa un defensor de la libertad de explotar la fuerza de trabajo y de la libertad de empresa privada. Resulta completamente válido que para un intelectual que asesora a empresas, consorcios capitalistas o gobiernos neoliberales considere que los bolcheviques sean la encarnación del demonio en la tierra: dirigieron el primer movimiento revolucionario de masas a la victoria contra los nobles terratenientes y empresarios de un imperio en desintegración tristemente administrado al final por un “gobierno provisional”. El asalto al Palacio de Invierno no fue el acto de una minoría bolchevique, sino la culminación de una insurrección de los trabajadores y soldados iniciada un día antes en la ciudad por el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado. La revolución rusa fue para los bolcheviques el punto de avanzada para extender la revolución socialista mundial. De lo contrario, el atraso económico y cultural desplazaría el poder de los soviets de obreros, campesinos y soldados a la contrarrevolución y degeneración burocrática. Los interminables debates al interior del bolchevismo al respecto entre los años 1917 a 1922 así lo confirman (ver Deutscher e incluso el liberal hostil al bolchevismo Orlando Figes). Afirmar de un plumazo que el bolchevismo es en sí totalitario sin evaluar y analizar las coordenadas objetivas de la revolución rusa demuestra una falta de rigor en la formulación de un juicio.

En segundo lugar, el señor Rojas Mullor afirma que la revolución de octubre fue en realidad el inicio de una larga fase contrarrevolucionaria —que terminó de consolidarse en la década del 30 por Stalin— por parte de una “nueva elite gobernante” que subyugó al movimiento popular ruso revirtiendo sus conquistas. Debemos precisar que estas conquistas, según el autor, fueron el control de los centros de trabajo y el acceso a la tierra. Al respecto debo decir que estoy sorprendido que un defensor de la libertad de empresa privada defienda el derecho humano de los obreros rusos de apropiarse del producto enajenado por los capitalistas y la reducción de la jornada laboral de 12 a 8 horas. Lo mismo debo decir de revindicar a los campesinos de la Rusia central de reapropiarse de las tierras usurpadas por los nobles durante siglos. Qué mejores ejemplos de atentado directo al derecho de propiedad privada de los medios de producción. ¿Antinomia o trastorno psiquiátrico? Ninguna de las dos. Creo que no es más que la clásica maniobra intelectual burguesa —de por sí muy antigua— de presentarse ante los lectores como el “defensor de los pobres” frente al “totalitarismo comunista”.

Una cosa es que los trabajadores, los explotados y oprimidos critiquen la experiencia histórica del estalinismo —y también del leninismo o bolchevismo— para construir un nuevo movimiento revolucionario anti capitalista que restablezca la perspectiva del comunismo. Otra cosa es que los intelectuales y tecnócratas burgueses utilicen la experiencia histórica del totalitarismo estalinista como argumento para educar a la población en que no existe otro futuro para la humanidad que el del emprendimiento individual y la libertad de empresa privada para alcanzar su satisfacción plena. Las dos críticas se localizan en coordenadas completamente diferentes. Una desde la perspectiva de una sociedad sin clases sociales, es decir, que ponga fin a la pobreza y las enormes desigualdades socioeconómicas que promueve el capital. La otra desde la legitimación de la explotación y la ganancia capitalista como elementos supuestamente fundantes de la libertad humana.

En tercer lugar, describir que la formación de la nomenklatura soviética —en rigor, la burocracia estalinista y posestalinista— de la década del 30 es una continuidad directa del bolchevismo, es reproducir la misma operación lógica burguesa que hemos criticado en esta nota: advertir a los lectores de que creer en el horizonte del comunismo implica de por sí tener pretensiones totalitarias y por lo tanto la única salida política viable para asegurar la “independencia de los ciudadanos” es un régimen liberal —por no decir neo.

El liberalismo es una filosofía política que se fundamenta en la libertad económica absoluta del individuo. Considera que el ser humano, en tanto individuo aislado, es un agente económico racional. Los liberales confían en la capacidad del ser humano en tanto que agente económico para sobrevivir y enfrentar las condiciones de miseria que produce una crisis económica, que por lo demás son producidas por causas externas al capitalismo. El ser humano es racional por esencia y siempre tenderá a buscar el bienestar individual y la felicidad. Si se quedó en la pobreza es porque tomó malas decisiones para salir adelante y satisfacer sus necesidades. La garantía de la realización individual es la ausencia de regulaciones al mercado por el Estado (recuerden la famosa frase liberal: “laissez faire, laissez passer”). Por ello, para lo liberales reciclados, o neoliberales —como Frederick Von Hayek—, no hay nada peor en una economía de libre mercado que la presencia interventora del Estado.

Sin embargo, en una sociedad capitalista, el ser humano no es absolutamente libre de elegir en qué trabajar y cómo sobrevivir. El mercado capitalista contiene un aspecto coercitivo que obliga a las personas a “elegir” dentro de un radio determinado de recursos disponibles. Si las empresas demandan una cantidad de trabajadores menor a la oferta existente, eso producirá una caída en los salarios y sus respectivas consecuencias: desempleo, trabajo informal, marginalidad, delincuencia, entre otros fenómenos sociales. Así funciona la lógica capitalista. Cree ser racional cuando es la mayor irracionalidad existente: la libre competencia entre empresas privadas que buscan satisfacer su propio beneficio particular lleva inevitablemente a desequilibrios económicos cuya expresión más desastrosa son las crisis económicas, ya sea recesiones o depresión. Ese es el fundamento de la “independencia de los ciudadanos”.

Por último, los que tienen el deber de realizar un análisis profundo y riguroso de la revolución rusa para construir un nuevo movimiento revolucionario de los trabajadores y el pueblo en el siglo XXI libre de pretensiones totalitarias son los marxistas. No lo harán los populistas de izquierda, ni los castro guevaristas, ni autonomistas, ni los republicanos, ni menos los existencialistas posmodernos que ocupan altos puestos en las universidades. Todas estas corrientes, a pesar de sus evidentes diferencias estratégicas, comparten un elemento en común: su desconfianza en la autodeterminación de los trabajadores y en la capacidad de estos en crear su propio gobierno.

Cuando hablamos de marxismo, hablamos de una teoría que puede vehiculizar la acción revolucionaria de la clase trabajadora en alianza con las clases y grupos oprimidos con el fin de imponer su voluntad en contra de los capitalistas. La herramienta que facilita la dirección y unificación de un movimiento revolucionario bajo la hegemonía del proletariado es construyendo partidos de trabajadores por el socialismo. La nueva república de trabajadores debe sostenerse en base a organismos de autodeterminación del pueblo trabajador y orientarse por un sistema político pluripartidista socialista. De lo contrario, un nuevo tipo de totalitarismo será inevitable.

El marxismo se construye sobre dos premisas: primero, que lo que constituye la estructura alienante de la sociedad de clases es la explotación de la fuerza de trabajo; segundo, el Estado capitalista, mediante el Derecho, legitima el control de la división social del trabajo por los empresarios bajo la forma jurídica del derecho de propiedad privada de las empresas.

Por esto, el deber de los marxistas es abolir la explotación y el Estado de Derecho y sustituirlo por el autogobierno de los trabajadores asalariados y el pueblo.






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