Cultura

OPINIÓN

La auténtica revolución es la que está mal escrita

Crónica urbana.

Martes 21 de marzo

Recuerdo haber leído esta frase en presencia de una tía segunda y dos o tres familiares más que no vienen al caso. La misma se encuentra en la última pared de la última calle que comunica al pequeño pueblo que la hospeda con el acceso que desemboca en la ruta. Por una serie de condiciones respecto a la disposición de las calles, la frase generalmente es leída, tal fue mi caso, por las personas que van a abandonar el pueblo. De manera que ésta es una de las últimas imágenes que otorga. Por el tamaño, la extensión y el quiebre de la monotonía que ocasiona, resulta ineludible.

El caso es que, al ser la primera vez que con mi tía segunda observábamos esa pared, sensaciones exclusivas de las primeras veces brotaron irreconciliables de nuestros cuerpos. Por mi parte no había alcanzado el límite de mi media sonrisa cómplice cuando súbitamente un estruendo proveniente de la boca indignada de mi tía segunda la detuvo. Despotricando contra los inadaptados jóvenes que, sin tener un conocimiento gramatical básico, se lanzaban a opinar ingenuamente sobre temas que los sobrepasaban y que por lo tanto no podían entender, mi tía segunda buscaba adhesiones con bruscas miradas. Finalmente, concluyó que lo más conveniente era que se pusieran a estudiar. En un principio un impulso se apoderó de mí y quise contradecirla, enfrentar su odio y con paciencia acompañarla en el cuestionamiento de la realidad social. Lo sentía como un deber. Pero al pensarlo dos veces comprendí que sería inútil, además de ingenuo, puesto que ella no actuaba desde la pura ignorancia y su odio no era el odio infundado hermano de ésta. La subestimé, mi tía sabía muy bien lo que supone esa frase mal escrita, lo sabía mejor que yo, y su odio no era más que superficial, una reacción natural que actúa como disfraz de su verdadero sentimiento: miedo.

Dicha frase escrita correctamente no le habría provocado más que una tenue sonrisa burlona: un pobre zurdito más pintando paredes. Sin embargo, al encontrarla ostensiblemente defectuosa en un pueblo que aglomera en escasas manos sus recursos intelectuales, se sintió ultrajada. Ya no era la expresión de un descarriado de clase media que teoriza sobre la pobreza en su computadora Apple; ya no era obra de un pudiente con libre acceso al conocimiento que en un acto de rebeldía estéril plasmaba sus deseos en una pared; y por sobre todo, ya no era la voz de los acomodados, de los intelectuales, de los eruditos. Era el pueblo propiamente dicho el que se expresaba, el que hablaba de revolución, el que eludiendo la barrera de la paupérrima educación a la que se ve sometido se animaba y elevaba su voz, suficientemente consciente de su condición y ávido por intervenir en ella.

Y es que no cabe otra reacción aparte del terror por parte de los reproductores de la sujeción del hombre, que en este caso confluían en mi tía segunda, al concebir al pilar fundamental y excluyente de la revolución consolidado como tal. A ellos no los asustan los instigadores que cavan con pala un abismo, a lo sumo se tropiezan. Su temor más profundo es el abismo en el que pueden caer y en el que pueden perder la vida como la conocen. Esa frase es, sin temor a equivocarme, el cartel que indica la proximidad del abismo.

Uno podría querer redimir al responsable de la frase pasando por alto los errores ortográficos y posicionarse en la idea de que no importa el cómo, sino el qué. Pero en este caso el ímpetu de la frase descansa en este detalle y relegarlo significaría perder de vista su mensaje más importante: la idea de la revolución ha penetrado las capas más bajas de la sociedad. Contra todo empeño por mantener al pueblo dentro de sus fronteras explotables, éste enseña con una transparencia inusitada que a pesar del proyecto contraeducativo que el Estado viene aplicando invariablemente, puede reconocer otras vías de crecimiento, otras fuentes de conocimiento y otros posibles caminos de cambio que los que ofrece el mismo Estado.

Los grupos condenados por el capitalismo a un estado de desentendimiento e ignoranciase presentan con sus rostros lacerados, pero no para ser prueba viviente, sino para advertir que son conscientes de sus laceraciones; y la conciencia es el primer gran paso para voltear el planeta. La capacidad de abstracción para reconocer tan solo grupos dominantes, sus proyectos de sometimiento y una alternativa que rompa con todos los esquemas fabricados por estos últimos es esencialmente más importante y admirable que saber escribir sin faltas de ortografía. El pueblo asimilando la revolución ha dado un salto descomunal.

La revolución no es otra que la que está mal escrita, por eso estos presagios aterran. Entonces yo también comprendo, le permito farfullar a mi tía segunda y con mi media sonrisa finalmente completa miro relajado por la ventana que da al acceso.






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