SUPLEMENTO

Jornada laboral: la farsa detrás de flexibilización y productividad

Jornada laboral: la farsa detrás de flexibilización y productividad

Reproducimos artículo publicado por el medio Ciper Chile el 05 de septiembre de este año, y que fue escrito por el economista Benjamín Méndez, y la periodista Ángela Suárez, ambos integrantes del Comité Editorial de La Izquierda Diario: La iniciativa de la diputada Camila Vallejo para bajar a 40 horas la jornada laboral es rechazada de plano por el gobierno, el que inicialmente presentó su propio proyecto para reducir a 41 horas en promedio con “flexibilidad”. Dos ejes son clave en el debate: productividad y flexibilización. Los autores de esta columna citan diversos estudios para sostener que la flexibilidad siempre beneficia al empresariado en desmedro de los trabajadores. Y aseguran que un debate correcto debiese abordar aspectos esenciales del sistema económico y de la relación entre capital y trabajo, para comprender cómo se vinculan estas dos aristas –flexibilización y productividad– con la precarización del empleo.

Artículo original publicado por el medio Ciper Chile (septiembre, 2019), y escrito por el economista Benjamín Méndez, y la periodista Ángela Suárez, ambos integrantes del Comité Editorial de La Izquierda Diario: Jornada laboral: la farsa detrás de flexibilización y productividad

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El proyecto para reducir la jornada laboral a 40 horas, impulsado por la diputada Camila Vallejo (PC), instaló la idea de trabajar menos para tener más tiempo libre, manteniendo los sueldos actuales. El gobierno opone tenaz resistencia a esa iniciativa e inicialmente lanzó su propia propuesta para rebajar la jornada a 41 horas promedio semanales, que contempla flexibilidad laboral y gradualidad, de acá al 2027.

Las dos propuestas señalan que su centro es mejorar la calidad de vida, en un país donde se trabaja al menos 1.941 horas anuales, según datos entregados por la OCDE, mientras el 50% de los trabajadores percibe sueldos inferiores a los $380 mil [1]. Y ambas iniciativas se refieren a las aristas “flexibilidad” y “productividad”.

El debate ha implicado tensión entre distintas posiciones. En el gran empresariado, algunos dirigentes –como Bernardo Larraín Matte, presidente de la Sofofa–, ya han manifestado su apertura a la idea de reducir las horas, siempre y cuando eso conlleve flexibilización [2].

En la otra vereda, la diputada Vallejo insiste en que es viable reducir la jornada laboral y que “la flexibilización no es el problema”, sino que sería el “poco poder de negociación” que tienen los trabajadores en Chile. En su opinión, no existe real poder de negociación para los trabajadores, por ende, no habría “un verdadero acuerdo” entre empleados y empleadores [3]. Desde esta óptica la flexibilidad laboral en sí no sería un problema a cuestionar en el sistema económico y laboral, sino que lo ideal sería un acuerdo entre trabajadores y empresarios que dejase conformes a ambos sectores.

Pero, ¿se puede lograr un trato igualitario entre las partes? ¿Qué relación tiene la flexibilidad laboral y la productividad en el modelo de trabajo en Chile y las condiciones de vida de los trabajadores?

FLEXIBILIZAR: ¿BENEFICIO PARA TODOS?

El debate con respecto a la flexibilización laboral ha estado centrado en cuestiones generales, sin abordar qué efectos tiene sobre los trabajadores. Desde el mundo empresarial y el gobierno aluden a una “libertad” para elegir horarios y acomodarlos a la vida diaria, en familia; esto en contraposición a las jornadas laborales “rígidas”. No obstante, es necesario abordar este tema desde un punto de vista histórico para establecer qué ha significado la flexibilización en concreto en Chile para la economía y, en especial, para los trabajadores.

La última vez que se selló algún acuerdo entre empresarios, trabajadores y gobierno, con respecto a flexibilización laboral, fue en 2006, cuando se regló el subcontrato (ley que empezó a regir en 2007), durante el primer mandato de Michelle Bachelet [4]. Sus efectos sobre el trabajo han sido múltiples. De conjunto, implica pérdida de derechos para los trabajadores –que no pertenecen a los sindicatos, pues carecen de derecho a negociación colectiva–, percibir en promedio sueldos inferiores en relación a quienes están contratados directamente por una empresa [5]; o sea, es la formalización de trabajadores de “segunda categoría”, como una forma de reducir costos por parte de las empresas [6].

Si vamos más atrás en la historia, desde los años 80 la flexibilización viene aumentando en el país, en el contexto del ingreso mundial de Chile como exportador de cobre, principalmente, lo que generó que las grandes compañías incrementaran su competencia en el mercado internacional y que tuvieran que desarrollar estrategias que dieron paso, posteriormente, a nuevas formas de empleo [7]. Esto ha sido un continuo desde la dictadura y hoy se expresa de múltiples formas: desde los nuevos empleos informales (tipo Rappi, Uber), hasta lo establecido por el Código Laboral, instaurado en la dictadura cívico-militar, con las “jornadas excepcionales”.

En ese entonces, tal como en la actualidad, la economía se encontraba en un momento de estancamiento mundial, donde todas estas medidas se conocieron en Chile y el mundo como “la contrarrevolución neoliberal” que, principalmente, reducía los derechos laborales y mejoraba las condiciones a los empresarios. Es decir, la flexibilización desde sus inicios ha sido una vía para que el empresariado comience nuevos procesos de acumulación ante los retrocesos de la economía, desaceleraciones y recesiones, siendo la reducción de costos laborales una medida base. Así también lo establece un estudio de 2013, realizado en Estados Unidos, donde se demuestra como post crisis financiera de 2009 gran parte de la productividad viene dada por un mayor esfuerzo laboral [8].

Por otro lado, diferentes trabajos académicos en el mundo muestran como la flexibilidad es ocupada como resorte del empresariado para resistir las crisis (ver anexo). Así, no es casualidad que el gobierno intente dialogar con un sentir legítimo respecto a la reducción de la jornada laboral, pero instalando la política de flexibilización como un “beneficio” para los trabajadores, en un contexto de crecientes posibilidades de recesión en la actualidad [9].

Tal como lo plantea la minuta entregada por el gobierno de Piñera [10], el problema de reducir la jornada a 40 horas, sin flexibilidad, plantea un aumento de los costos laborales. Asimismo, el documento mencionado anticipa que de instalarse la flexibilidad, generará que se eleve la productividad un 17,8%.

¿MÁS PRODUCTIVIDAD O MENOS PRODUCTIVIDAD?
En el párrafo anterior consignábamos que mayor flexibilización implica mayor productividad (y precarización). Esto quiere decir que el aumento de la productividad pasa porque los empresarios imponen los tiempos de trabajo a los trabajadores. Sobre este debate la diputada Vallejo –en la entrevista citada más arriba– aseveró, correctamente, que entre el 2005 y 2012 la productividad en el país aumentó, lo que habría coincidido con una reducción de la jornada laboral de 48 a 45 horas semanales; es decir, según la parlamentaria, las cifras fueron consecuencia de una relación armoniosa entre ambos aspectos: reducción de horas de trabajo y aumento de productividad.

Si bien, efectivamente el aumento de la productividad en Chile, en los años mencionados, concordó con una reducción de la jornada laboral, esto se podría considerar como una “verdad a medias”, porque también este periodo coincidió con la generalización del subcontrato, como modalidad de trabajo defendida por el empresariado. Así lo consigna la encuesta ENCLA, donde se señala que entre 2008 y 2011 las empresas aumentaron el uso de la flexibilidad defensiva, que empeora las condiciones del empleo [11].

Este error conceptual se debe a no comprender a Chile como un país donde el capitalismo es atrasado, rentista, es decir, que se sostiene de la renta del cobre, donde no se genera valor agregado y la inversión en tecnología es escasa en el conjunto de la economía. Así, los aumentos de la productividad se relacionarían siempre con los cambios en las condiciones del trabajo.

Esta confusión la expresa la propia diputada Vallejo cuando ocupa a Henry Ford como ejemplo, al decir que en 1914 este empresario aumentó los salarios y redujo las horas de la jornada laboral de sus trabajadores, aludiendo a que puede existir una correlación positiva entre ambas medidas. Pero, este ejemplo no viene al caso. Primero, Ford fue el padre del “fordismo”, revolucionó la forma de producir a gran escala, con alta tecnología y el producto más avanzado de la época: el automóvil. Era un nuevo mercado, sin competencia, que está a mucha distancia de la realidad de la economía mundial actual y del cobre concentrado que sacan de Chile las grandes transnacionales, o el sector de servicios, cada vez más creciente en Chile, que incluso no genera valor. La clave para los empresarios en Chile no es invertir en tecnología, es la mano de obra barata.

Lo anterior explica la vinculación entre flexibilización laboral y productividad. Ambas tienen una relación común reglada por el poder empresarial y el debilitamiento de la organización de los trabajadores y sus condiciones de vida. De acá se debe partir, para no caer en la trampa de “más productividad o menos productividad”, o en la ilusión de que flexibilización laboral es sinónimo de “libertad”, donde empresarios y trabajadores podrán llegar a acuerdos que beneficien a ambas partes. Pensar eso sería desconocer que en los últimos 40 años flexibilidad ha significado debilitamiento de la organización de los trabajadores. Es decir, flexibilidad y negociación justa no conviven de forma armoniosa, son cuestiones opuestas.

Es necesario abrir un debate al conjunto de la sociedad para que toda mejora en la productividad no sea en base a mayor precariedad del trabajo, sino que esté en función de mejorar la calidad de vida de los trabajadores; para que exista tiempo de ocio, espacios para disfrutar con las familias, amigos, para el desarrollo cultural e intelectual. En el fondo, tiempo para el progreso íntegro del ser humano, y no productividad para aumentar las ganancias de un sector minoritario de la sociedad.

TIEMPO PARA EL DESARROLLO HUMANO Y CAPITALISMO

En esta parte queremos debatir con la idea de que la flexibilidad si podría ser beneficiosa para todos si se hiciera de forma “correcta” y, de ser así, esto implicaría mayor “libertad” para el conjunto de los trabajadores. Esta idea, que abordábamos en el apartado anterior, ha surgido desde algunos sectores y representa un sentido común que puede ser confuso a la hora de pensar en concreto qué es la flexibilidad laboral en Chile hoy, en el modelo económico actual.

Concretamente, fue Carlos Peña quien expuso esta visión más claramente en una reciente columna de El Mercurio. En ella, Peña cita a Marx y Engels para decir que ambos estarían de acuerdo con la flexibilidad ofensiva (mejora tecnológica y progreso en las relaciones laborales), debido a que esto permitiría a los trabajadores “pescar por la mañana, hacer mesas al medio día, y dedicarse a analizar textos por la tarde”; en concreto, flexibilizar con estos fines.

Primero, lo anterior no puede estar más lejos de la realidad del capitalismo actual en Chile y el mundo. Quizás podría ser válido para cierto grupo selecto perteneciente a las universidades más prestigiosas y sectores de la élite del país, pero no para la gran mayoría de los trabajadores, cuyos tiempos diarios deben adaptarse a las exigencias del empresariado y no para su propio desarrollo humano [12].

Ahora bien, un punto de acuerdo con Peña es que hoy en Chile la flexibilización es sinónimo de desregulación y precarización. En este marco económico actual, ¿puede la actual clase dirigente del país iniciar un desarrollo productivo en beneficio de todos, que cambie la desregulación, que permita asegurar derechos, tener tiempo de ocio y otros quehaceres? La respuesta es no. En los marcos económicos mundiales iniciados con la nueva división internacional del trabajo en 1980, Chile cumple el rol de proveedor de materias primas (cobre, principalmente) con poco valor agregado y a bajo costo, y cuando se dice a bajo costo, es en las condiciones que determinan las grandes compañías transnacionales. El mejor ejemplo de esto es la reciente revelación de que la redacción del TPP-11 fue hecha por una parte de estas compañías.

Por otro lado, el estudio desarrollado por ILO, verifica que entre 1995 y 2013 las transnacionales que son parte de las grandes cadenas de valor mundial, aumentaron productividad y ganancias de forma positiva en la medida que se expandían a los países emergentes, pero esto no ocurrió para los salarios, los que en la medida que estas grandes compañías se hacían con parte de su producción se veían deteriorados.

El rol de la competencia y la búsqueda por nuevos mercados lleva a que la flexibilidad sea, en la economía actual, reducción de costos laborales en los países de baja tecnología. Chile es la mayor evidencia de aquello, ya que han sido las grandes transnacionales mineras las que más han tomado estas nuevas formas de flexibilidad: subcontrato, jornadas excepcionales, entre otras formas de empleo.

Así, no es un simple tema técnico, sino filosófico y político, con respecto a qué sociedad queremos construir. El planteo de Carlos Peña queda utópico al considerar a Chile por fuera de la realidad económica mundial y su dependencia, en el sentido que le falta considerar estos factores determinantes. Invertir en más tecnología y mejorar la calidad de vida de los trabajadores requiere repensar la economía en su conjunto, incluyendo el atraso y la imposición de los grandes capitales mundiales, ya que con la tecnología actual, por ejemplo, hace bastante podríamos haber reducido el tiempo de trabajo mucho más que cuatro horas [13]; el problema es algo más que flexibilidad regulada o desregulada, de fondo está la búsqueda incesante de acumulación irracional de capital por la clase empresarial. Esto es lo que actúa en contra de la calidad de vida de los trabajadores y lo que se opone al sueño de Marx y Engels.

Ejemplo vivo de que la desregulación es un subproducto de la búsqueda incesante de la ganancia capitalista, es hoy la cadena de supermercados Walmart, que automatiza sus cajas, despide trabajadores, impulsa la polifuncionalidad para mejorar su productividad, pero con el fin de ser competitivo a nivel nacional e internacional [14].

Incluso en otros sectores, como en el reconocido Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), los trabajadores subcontratados del aseo realizan más de 50 horas extras al mes, sin respetar siquiera la jornada laboral establecida por ley, y deben hacer turnos de hasta 12 días de corrido con una rebaja de dos días libres, tal como denunciaron desde el sindicato [15]. Esto es lo que busca generalizar el empresariado y el gobierno con el proyecto de 41 horas. Cuestión bastante lejana a la utopía de Carlos Peña, pero sí más cercana al análisis del capitalismo de los padres del comunismo. Marx, en su escrito La lucha por la reducción de la jornada [16], planteaba:

Pero en su desmesurado y ciego impulso, en su hambruna canina de plustrabajo (ganancia), el capital no sólo transgrede los límites morales, sino también las barreras máximas puramente físicas de la jornada laboral. Usurpa el tiempo necesario para el crecimiento, el desarrollo y el mantenimiento de la salud corporal. Roba el tiempo que se requiere para el consumo de aire fresco y luz del sol. Escamotea tiempo de las comidas y, cuando puede, las incorpora al proceso de producción mismo, de tal manera que al obrero se le echa comida como si él fuera un medio de producción más, como a la caldera carbón y a la maquinaria grasa o aceite. Reduce el sueño saludable necesario para concentrar, renovar y reanimar la energía vital a las horas de sopor que sean indispensables para revivir un organismo absolutamente agotado”.

Esto hace más justicia con Marx, Engels y con la realidad del Chile actual y las verdaderas condiciones laborales de sus trabajadores.

REFERENCIAS:

[1] Ver informe “Los verdaderos sueldos de Chile” (agosto, 2017), Fundación Sol. Revisar en línea en este enlace.

[2] “Hay dos conceptos claves: gradualidad y flexibilidad. El valor de la flexibilidad puede compensar el costo de la menor jornada con aumentos de productividad por la mejor calidad de vida de las personas”, manifestó el presidente de la Sofofa en entrevista con Pulso. Revisar en línea en este enlace.

[3] Entrevista a diputada Camila Vallejo en matinal Mucho Gusto de Mega. Revisar en línea en este enlace.

[4] Revisar la ley sobre subcontrato en Chile.

[5] Ver informe “Los verdaderos sueldos de Chile” (agosto, 2017). En el documento se señala que hace dos años había 963.192 trabajadores asalariados externos (subcontratación y suministro) en el país, quienes hasta la actualidad perciben sueldos más bajos en relación a quienes están directamente contratados, que en promedio obtienen salarios 22,6% mayores. Esta diferencia aumenta al 60% en sectores como Comercio, Minería, Administración Pública y Actividades Financieras, entre otros.

[6] Leiva, S. (2009), “La subcontratación en la minería en Chile: elementos teóricos para el análisis”, Revista Polis. Revisar en línea en este enlace.

[7] idem [6]

[8] Ver en este enlace. “During the Great Recession, the aggregate number of hours worked in the United States fell 10.01 percent, but output dropped only 7.16 percent, Using data spanning June 2006 to May 2010 on individual worker productivity from a large firm, it is possible to measure the increase in productivity due to effort and sorting”.

[9] Bloomberg, “Amazon, Swatch, Daimler and the Risks of a Global Recession”. Revisar en línea.

[10] Gobierno presenta minuta ante debate sobre reducción de jornada laboral, Radio Cooperativa “Minuta de Hacienda dice que las 40 horas de Vallejo pueden destruir 303 mil empleos”. Revisar en línea.

[11] Ver en este enlace. Pág. 136: “Por su parte, una disminución del carácter defensivo de la flexibilidad se concentró en lo sucedido con Variación de Planilla de Trabajadores, con un decaimiento de la población flotante en las empresas. Sin embargo, en lo que se refiere a los regímenes de trabajo y el aspecto variable de las remuneraciones, los niveles entre 2008 y 2011 denotaron una mantención de la utilización de estas modalidades con un cariz defensivo, estableciendo parámetros sobre las repercusiones de la flexibilidad que afectaron la calidad de las condiciones de empleo de los trabajadores”.

[12] Columna jueves 15 de agosto 2019, cuerpo C, El Mercurio.

[13] Ver en este enlace.

[14] Ver en este enlace.

[15] Ver en este enlace.

[16] Ver en este enlace.

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