Internacional

REPRESIÓN A CATALUÑA Y CRISIS DEL RÉGIMEN DEL 78

Estado español: balance de un agitado 2018

Fuertes crisis políticas, aumento del autoritarismo y la represión, desprestigio de la monarquía y el Régimen del '78 y crecimiento de la ultraderecha. ¿Qué nos proponemos para el "año nuevo" desde la izquierda anticapitalista?

Santiago Lupe

@SantiagoLupeBCN

Viernes 28 de diciembre de 2018

Hace un año el bloque monárquico-constitucional se prometía unas navidades felices. El 21D quisieron adelantarse el Gordo con unas elecciones digitadas desde el Palacio de la Moncloa para derrotar al independentismo catalán. Si bien Ciudadanos fue el partido más votado, la mayoría independentista quedó revalidada. A pesar de la represión, el golpe institucional y la claudicante política de la dirección procesista, la aspiración democrática del pueblo catalán a poder decidir demostró ser mucho más profunda.

Este año ese giro autoritario inaugurado en Cataluña se ha mantenido y profundizado. Este fin de año habrá más presos políticos en las cárceles que en el anterior; en 2018 hemos visto a los jueces bloquear la investidura de dos presidents de la Generalitat, emitir sentencias patriarcales escandalosas, otras “a la carta” para la banca, y también vimos iniciar el juicio-farsa del 1-O.

El otro elemento clave de la "restauración reaccionaria" que encarnaba el bloque monárquico era la recentralización. El reaccionario artículo 155 (intervención) se levantó con la formación del Govern Torra, pero se ha quedado como amenaza disciplinadora. En especial contra Cataluña, sobre la que el PP y Ciudadanos exigen su aplicación por un plazo ilimitado, y hasta el PSOE ha llegado a amagar con hacerlo por un corte de carretera “mal reprimido”. También lo hemos visto enarbolar contra otras comunidades, como Castilla La Mancha, o, adaptado a su marco legislativo, contra ayuntamientos como el de Madrid.

Sin embargo, aquel proyecto restauracionista entró en barrena en el primer semestre de 2018. El bloque monárquico, con el Rey como jefe espiritual, pecó de exceso de confianza. Pensó que con la represión acabaría con el problema catalán. Pero ni ésta le salió todo lo bien que quiso -al no encontrar el respaldo judicial de otros países de la Unión Europea ni forzar una repetición electoral- ni ha terminado con el movimiento democrático catalán, que, aunque ha retrocedido, sigue dando claros síntomas de que seguirá siendo una de las grietas principales.

También pensó que con la ola de balcones adornados con la bandera española, se había acabado la desafección de amplios sectores sociales con el Régimen del 78 y las políticas de los gobiernos del bipartidismo. Las mareas de pensionistas primero, y el gran movimiento de mujeres y la huelga del 8M después, dieron cuenta de que no era así.

A esto se le ha sumado la “resaca” del “a por ellos”: el enorme desprestigio sufrido por los dos pilares de aquella restauración. Por un lado la monarquía, que goza de una impopularidad creciente en especial entre los más jóvenes -como reconoció implícitamente el discurso de Nochebuena de Felipe VI-, y por el otro la “casta judicial”, cada vez más cuestionada y odiada por patriarcal, represora de derechos y vendida a la banca.

En medio de esta inviabilidad llegó la sentencia Gürtell. Aquí entraron en juego los intereses de parte del PSOE que vio su oportunidad para consolidarse como fuerza hegemónica del flanco izquierdo y frenar su sangría electoral. Todo junto dio como resultado la moción de censura a Rajoy del mes de junio, que la aritmética de un Parlamento fragmentado llevó a contar con los apoyos de los "excomulgados" independentistas catalanes, así como de los entusiastas de Unidos Podemos, que le dieron prácticamente un cheque en blanco.

El gobierno Sánchez, con Unidos Podemos como "ministros sin cartera", presentó otro proyecto para salvar al régimen. La vía no era ya la de la restauración reaccionaria de la que el PSOE había sido parte, sino una suerte de regeneración democrática en clave social, con mucho discurso, una tibia política redistributiva (lo que la UE permitiera) y queriendo tapar con diálogo de manos vacías crisis como la catalana.

El PSOE es un experto en “guerras culturales” y no defraudó. Sánchez quiso emular a Zapatero declarando a su gobierno feminista, desenterrando a Franco -o prometiéndolo- y recibiendo al Aquarius. Pero el cartón-piedra aguanta mejor cuando hay bonanza económica y el régimen goza de buena salud, como le pasó a Zapatero. Con crisis social, pobreza y una crisis de régimen como la actual, el relato se le acabó pronto.

Sánchez pasó rápido a ser el gobierno que se sumaba a tapar las corruptelas del Rey Emérito, que mantuvo las concertinas, las devoluciones de inmigrantes en caliente y el cierre de puertos -como al pesquero de Santa Pola hace solo unos días-, que renegaba de tocar la reforma laboral del PP o restaurar la actualización automática de las pensiones y que en Cataluña ofrece una de diálogo -en el que se niega a tratar los dos temas centrales: referéndum y presos políticos- y otra de amenazas vía cartas ministeriales.

Unidos Podemos por su parte ha dado en estos seis meses un salto en la integración al régimen como socio de su pata izquierda -el tradicional papel de la Izquierda Unida de Llamazares- criticando con la boca pequeña la mayor parte, no todas, de las derechadas de Sánchez, pero trabajando para apuntalar un proyecto que en ningún caso augura una resolución progresiva de las demandas democráticas y sociales que subyacen a la crisis del régimen por abajo.

Cuando quedan pocos días para que cierre el año, este nuevo proyecto de restauración en clave "progresista", sigue estando en la picota. La propia supervivencia del gobierno Sánchez está en duda, como lo está el que pueda sacar adelante siquiera los Presupuestos. Aún consiguiéndolo, difícilmente este gobierno “progresista” pueda sentar las bases para una regeneración estable del Estado español, con toda la derecha enfervorecida, gran parte de la Judicatura en contra y un Rey que ha quedado pegado al discurso del 3-O y que terminará decantándose por la opción más segura para el mantenimiento de su Dinastía.

Pero el año ha terminado con otra “sorpresa” venida de las urnas de unas autonómicas, esta vez las andaluzas. La emergencia del ultraderechista Vox ha puesto al desnudo que la crisis de representación vuelve a la palestra. Por izquierda ni el PSOE, ni tampoco Podemos e IU, suscitan entusiasmo. Por derecha, la radicalización del PP y Cs ha dado como subproducto una fragmentación en tres de ese espacio y la emergencia de una extrema derecha que es en gran medida la versión “hasta el final” del proyecto restaurador reaccionario ensayado por Rajoy y el bloque del 155.

El previsible gobierno de la derecha en Andalucía promete darle aire de nuevo a este flanco del régimen, y por lo tanto al mismo proyecto de restauración reaccionaria que se vio relativamente interrumpido con la moción de censura. Tanto si logran cambiar el mapa de gobiernos en las siguientes citas electorales -inclusive el central si hay adelanto electoral- como si logran marcar agenda a un PSOE cuyos barones ya se están sumando al clamor de otro 155 e incluso ilegalizaciones de partidos independentistas.

Ambas recetas para restaurar al Régimen del 78 - eso de recrear un nuevo consenso como el que sugirió el rey en Nochebuena sin sacar los pies del plato - se pondrán en juego este 2019. La clave es preguntarse si alguna tiene algo que ofrecer a la clase trabajadora, las mujeres, la juventud, los inmigrantes o las demandas democráticas. Que la de la derecha no, es algo que queda meridianamente claro. Pero tampoco la que encarna hoy el “sanchismo”, con el entusiasta apoyo de Iglesias y Garzón: el proyecto del “mal menor”.

Es el “mal menor” de la casta judicial desbocada encarcelando twiteros o políticos por organizar un referéndum, del mantenimiento de las reformas laborales y de pensiones, de las concertinas y devoluciones en caliente, de mantener el 135 y el pago de la deuda, de sostener a la Corona aunque se le hagan algún tweet republicano de cara a la carrera electoral... Y lo que es peor, es un “mal menor” que, como se ha visto en Andalucía, es incapaz si quiera de ponerle freno al auge de la extrema derecha y la posibilidad de que se abra paso un gobierno bonapartista de derechas en los próximos meses.

Contra la idea que a lo máximo que podemos aspirara es a gobiernos progresistas con el PSOE o reformas pactadas de la Constitución, hay que retomar la lucha por imponer procesos constituyentes para terminar con la corona, la “casta judicial”, conquistar el derecho a decidir y resolver los grandes problemas sociales. Contra las recetas de “redistribuir todo lo que la Troika permita”, hay que levantar un programa que se proponga acabar con el paro, la precariedad, el desmantelamiento de los servicios públicos o la pobreza, con medidas claramente anticapitalistas como el reparto de horas sin reducir el salario, derogar todas las contrarreformas laborales, nacionalizar bajo control obrero las grandes empresas y la banca o imponer impuestos sobre las grandes fortunas.

Si algún “propósito de año nuevo” debiera plantearse la izquierda, junto a los movimientos sociales, la izquierda sindical, el movimiento de mujeres, la juventud indignada con el ascenso de Vox o la que está cuestionando a la monarquía y el pacto del 78, ese debería ser el de poner en pie una izquierda anticapitalistas y de clase, que proponga y pelee por salidas tan radicales como las de la derecha pero en el sentido opuesto. No para redefinir el status quo sobre nuestros derechos sociales y democráticos, sino para cuestionarlo y derribarlo por medio de la movilización social y en favor de la clase trabajadora y los sectores populares.

Solo una alternativa anticapitalista y anclada en la movilización y autoorganización de la clase trabajadora junto a las mujeres, la juventud y los inmigrantes, puede parar el ascenso de las opciones reaccionarias y ofrecer una salida de fondo y progresiva a esta crisis de régimen, que, para mi y la organización en la que milito, la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT), podría sentar las bases para imponer una libre federación de repúblicas obreras y socialistas sobre las ruinas de la monarquía borbónica y el “consenso del 78”.






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