Cultura

A 50 AÑOS

El movimiento obrero en el Mayo francés: ¿qué faltó para que la rebelión se transforme en revolución?

A los 50 años del Mayo francés, repasamos algunas cuestiones referidas a la intervención del movimiento obrero. Silenciado y ocultado por el mundo académico, rescatamos aquí la insubordinación obrera en el corazón del imperialismo europeo.

Sábado 2 de junio

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El Mayo francés corrió la misma suerte que las revoluciones obreras que pusieron en jaque al poder de los capitalistas. Rebeliones y revoluciones de las que el propio Karl Marx y Federico Engels fueron testigos, apoyaron y participaron por ejemplo en el siglo XIX. Incluso al Manifiesto Comunista se lo estudia en la universidad como si fuera una cosa “analítica”, más bien separada de la impronta militante que le quisieron dar sus dos jóvenes autores, como políticos y organizadores del movimiento obrero.

Si solo pensamos en Francia, no se estudian ni las rebeliones y revoluciones de 1830, 1848, ni menos que menos la Comuna de Paris de 1871, cuando los obreros tomaron el cielo por asalto y le dieron a Marx las herramientas para elaborar su teoría del Estado, plasmada en La guerra civil en Francia.

Ni que hablar de las oleadas huelguísticas de los años 30 a inicios del siglo XX. Que Trotsky analiza en su libro ¿A dónde va Francia?. Un gran proceso huelguístico que es desviado por el estalinismo con su política de “frentes populares” imponiendo la conciliación de clases con la burguesía, para que el proletariado actúe al servicio de alguna salida que no cuestione de raíz (“hasta el hueso” diría Raúl Godoy) los marcos de la explotación capitalista, la propiedad privada de los patrones, banqueros y terratenientes.

El Mayo Francés y el auge revolucionario abierto por éste en el mundo entre 1968 y 1976 tuvieron la misma suerte: sin lugar en las reflexiones del mundo universitario.

Entonces ¿por qué es importante volver sobre ellos? Por la razón política de que más tarde o más temprano la época imperialista empujará al mundo hacia nuevas crisis y guerras, pero también hacia nuevas revoluciones.

Se trata entonces de contar con un arsenal de conclusiones políticas y programáticas para que cuando los trabajadores, las mujeres y la juventud protagonicen nuevos levantamientos no lo hagan “desde cero”, como si fuera que el resto de la historia de los explotados sucedió en vano. Muchas conclusiones están reflejadas en la nueva edición del libro Cuando obreros y estudiantes desafiaron el poder, y mantienen plena vigencia.
 

“Esto es solo el comienzo…

El movimiento estudiantil actuó como un disparador de las huelgas obreras de mayo y junio del 68, fue la chispa que encendió la llama. La reflexión de Daniel Bénard que en el Mayo Francés era un joven obrero de 25 años que trabajaba en la fabrica Alsthom, no dejan lugar a dudas. Además aquel joven obrero era militante de uno de los pocos grupos trotskistas que existían en Francia en la segunda posguerra. Su particularidad era que tenían un incipiente trabajo militante en el movimiento obrero pero no en el movimiento estudiantil. 

Así relata este obrero como vivió los inicios del Mayo Francés a partir de la “Noche de las barricadas”:

“Toda la noche del viernes 10 de mayo, la radio fue el factor más importante para los que estaban en sus puestos de trabajo desde la tarde. Se informaba en directo desde el Barrio Latino en donde se desarrollaba la lucha entre las CRS y los estudiantes […] nunca supe si los trabajadores de la fábrica habían ido a unirse a las barricadas; los acontecimientos se sucedieron tan velozmente de allí en adelante que nadie se tomo el tiempo ni se preocupó por averiguarlo. Sin embargo, es seguro que en varios lugares conocidos de la ciudad hubo jóvenes de los medios obreros que fueron a luchar cuando se enteraron de lo que pasaba. Y sobre todo la gran masa de trabajadores recibía noticias en directo sobre la lucha. Esta vez era seguro que los estudiantes iban en serio y las CRS no tenían exactamente la situación bajo control, habían tenido heridos. Hasta los trabajadores menos revolucionarios en aquellos años no querían a los policías, y si alguien luchaba contra ellos no podía estar tan mal”. 

A partir de allí la propia CGT se ve obligada a llamar a movilizaciones para empezar a descomprimir y posteriormente para empezar a controlar y el movimiento. El movimiento de huelgas y ocupaciones de fabrica es muy desigual, pero sin dudas alcanza a ser un movimiento nacional, no solo en París, la capital, sino en las demás provincias y distritos industriales. Incluso hay ocupaciones con toma de rehenes.
Una de las características del movimiento es que contaba con Comités de Huelga. Estos tendrían que ser la dirección de la huelga, conformada por los obreros mas combativos y concientes, los mas confiables y que a su vez sean en todo momento revocables por la base favoreciendo la democracia de los trabajadores. A su vez, había que unir las filas obreras, entre los que estaban sindicalizados y los que no. Entre nativos e inmigrantes, hombres y mujeres.

Por el contrario, los estalinistas del PCF (Partido Comunista Francés) que a su vez controlaba la CGT, hizo una maniobra de entrada eligiendo “a dedo” a los que integrarían los comités de huelga y sólo representarían a los que estén sindicalizados, dando al movimiento un carácter corporativo, dando la espalda a la juventud obrera mas precarizada y fuera de convenio y relegando al papel de mera espectadora a las mujeres obreras. Toda una política para destruir desde adentro al movimiento en lugar de potenciarlo, ya que a su vez, en las manifestaciones callejeras evitaba confluir con los estudiantes que estaban luchando, acusándolos de “izquierdistas”, “anarquistas”, etc.

Veamos que decían los compañeros de fábrica de Bénard, sobre el PCF que hasta supo tener ministros, gestionando el capitalismo galo en la posguerra:

“Eran los propios muchachos del PCF los que nos empujaban a batir los récords de productividad […] trabajábamos seis días por semana, 12 horas por día, con un corte de una hora y media para poder dormir una hora. Dormíamos entre las máquinas”.

Otro obrero agrega sobre Maurice Thorez quien había sido el secretario general del PCF, ministro de Estado y luego vicepresidente del consejo: “el hijo de… Thorez dijo que había que ‘arremangarse’, ya partir de ahí no hubo ni uno que hablara de volver a bajarse las mangas”. Tal era el odio que sentían los viejos obreros por el estalinismo.

Cuando De Gaulle estaba contra las cuerdas, llego el PCF para salvar el orden burgués. Y cuando el general llamó a elecciones anticipadas el PCF (al igual que en los años 30 de lo que habla León Trotsky en ¿A dónde va Francia?) volvió a ser cómplice de una salida electoral.

Semejante traicion fue posible a los “acuerdos de Grenelle” encabezados por el dirigente de la CGT, Séguy, que entregaba en un escritorio a la huelga general mas importante de Europa, en la que participaron 10 millones de almas. La transacción fue por miserables migajas: algunas mejoras salariales y condiciones laborales. Nada más.

El gobierno mientras tanto asestaba golpe tras golpe sobre las genuinas organizaciones de la “extrema izquierda” (como se denomina en Francia a todas las que están ubicadas a la izquierda del PC y el PS), ilegalizando a los trotskistas, asesinando a dos obreros y un secundario, encarcelando activistas, mientras todo volvía lentamente a la calma.

…continuaremos el combate!”

Muy a pesar de la traición de la dirección estalinista, el gran paso en el proletariado francés estaba dado y cambiaba la situación mundial, abriendo con el Mayo Francés un ascenso revolucionario en el mundo, de la que fueron parte el Cordobazo argentino, la Revolución en Portugal, los Cordones industriales chilenos, el Otoño caliente italiano, solo por nombrar algunas grandes batallas.

Pero lo que faltó en el Mayo Francés fue por un lado el desarrollo de organizaciones de “doble poder”, de verdaderos parlamentos obreros, análogos a los soviets rusos que actúen como los órganos que preparen la revolución, que durante la misma sean los que tomen el poder y que después de la toma del poder, sean los pilares sobre los que se construya un nuevo gobierno obrero y del pueblo pobre, que lleve hasta el final lo que dejó inconclusa la Comuna de Paris de 1871.

Pero al igual que en la Comuna, faltó el elemento conciente, que organice e impulse tales organismo de doble poder, para unir todo lo que la burocracia divide, y todo lo que la burguesía explota y oprime: un verdadero partido revolucionario que inserto en los grandes batallones de la clase obrera y la juventud prepare la victoria definitiva sobre este sistema.

Pasaron 50 años de aquella gran gesta. Sus lecciones servirán para recrear un nuevo internacionalismo y un nuevo anti-imperialismo para fortalecer la construcción de un partido mundial de la revolución socialista: la Cuarta Internacional.

Y por último, las lecciones son un duro golpe a los escépticos. Como bien señalara León Trotsky en ¿A dónde va Francia?:

“Los escépticos alzarán los hombros con desprecio. Pero los escépticos hacen el mismo gesto en la víspera de cada revolución victoriosa. El proletariado hará bien en pedir a los escépticos que se vayan muy lejos. El tiempo es demasiado precioso para explicar la música a los sordos, los colores a los ciegos y a los escépticos la revolución socialista”.






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