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SUPLEMENTO

El mapa de los debates recientes sobre el imperialismo

Esteban Mercatante

IMPERIALISMO
Ilustración: Mar Ned - Enfoque Rojo

El mapa de los debates recientes sobre el imperialismo

Esteban Mercatante

La relevancia y significación actual de la categoría de imperialismo viene siendo muy debatida hace tiempo en ámbitos afines al marxismo. De ello venimos dando cuenta en Ideas de Izquierda a través de lecturas críticas, polémicas y entrevistas con algunos de los autores que realizaron en los últimos tiempos algunas de las contribuciones significativas al sobre la cuestión.

Son varios los ejes a partir de los cuáles se ordenan las discusiones.

EE. UU. ¿decadencia o poderío indisputado?

En uno de esos números especiales de New Left Review, compuesto de dos artículos titulados “Imperium” y “Consilium” [1], Perry Anderson daba cuenta en 2013 de la situación actual del poderío de EE. UU., la potencia que impuso los términos para la articulación del espacio capitalista después de II Guerra Mundial, de la que emergió como clara ganadora –tanto como la URSS, a cuyo colapso había apostado el imperialismo como resultado del ataque de la Alemania de Hitler, y que por el contrario terminó expendaniendo con el Ejército Rojo su esfera de influencia en Europa–. Anderson realiza en estos artículos un apretado recorrido por la política exterior de EE. UU. desde sus orígenes como federación hasta la actualidad, y al mismo tiempo, de las elaboraciones producidas por los principales pensadores de la política exterior, especialmente en los últimos años durante los cuales se vieron confrontados con desafíos crecientes y resultados adversos. Anderson comenta, con ironía, que resulta llamativa “la naturaleza fantástica de las construcciones” con las que los estrategas norteamericanos buscan afrontar una realidad con signos de adversidad. “Grandes reajustes en el tablero de ajedrez de Eurasia, vastos países movidos como tantos castillos o peones a través de este; extensiones de la OTAN al Estrecho de Bering”. Parece que la única forma de pensar el restablecimiento del liderazgo norteamericano “fuera imaginar un mundo enteramente distinto” [2]. Lo que resultaba curioso, a pesar de estos ácidos comentarios, es que el diagnóstico de Anderson, si bien reconocía “la primacía norteamericana no es ya el corolario de la civilización del capital”, tampoco daba demasiada entidad a las dificultades presentadas al poderío norteamericano, como debatimos en esta nota y en esta otra.

Una posición todavía más enfática sobre la fortaleza que mantiene EE. UU. la encontramos en Leo Panitch y Sam Gindin, autores de La construcción del capitalismo global, cuyos argumentos debatimos en esa nota. Panitch y Gindin caracterizan la forma en que EE. UU. aseguró su primacía garantizando la integración de todas las economías capitalistas y la apertura del comercio y los movimientos de capitales como un “imperio informal”. Su trabajo empieza polemizando con la idea de que la globalización pueda entenderse simplemente como resultado de la tendencia del capital a expandirse globalmente. Como señala Panitch en una entrevista que le realizamos, los Estados son, por el contrario, los “autores” de la globalización. Esta es una premisa importante contra cualquier visión mecanicista, y que les permite a los autores mostrar la importancia que tuvo lo que definen como una “internacionalización” del Estado, comprometido a asegurar la reproducción del capital en todo el planeta, para darle forma a la internacionalización productiva.

El núcleo del debate que tenemos con Panitch y Gindin es si puede hablarse de de un “imperio informal” liderado por EE. UU. con la solidez que ellos le otorgan. Para los autores, el compromiso de los países con la expansión global del capital resta hoy motivos para cualquier enfrentamiento entre ellos que supere el nivel de los roces diplomáticos. La manera en que fue gestionada la crisis de 2008 y sus consecuencias fue vista por los autores como una confirmación de su tesis. Recordemos que ese año tuvo lugar la crisis financiera con epicentro en EE. UU. y se inició la Gran Recesión, que fue la peor crisis mundial desde la década de 1930, y golpeó más duramente en EE. UU. y la UE. A diferencia de lo que ocurrió en la Gran Depresión de entreguerras, EE. UU. comandó políticas de respuesta a la crisis coordinadas con el resto de las potencias y varios países “emergentes” a través del G20.

El planteo de Panitch y Gindin podemos tomarlo como un llamado de atención a no subestimar la continuidad del liderazgo que ejerce EE. UU., no solo en el terreno militar donde conserva una superioridad indiscutida, sino también en el plano monetario y financiero en el que la Reserva Federal se ha convertido en una especie de banco central global a través de los canjes de divisas y sus amplias líneas de crédito. Pero su argumento tiende a subestimar cómo estas intervenciones unieron siempre el rol de gobernanza del capitalismo global y la competencia despiadada por mantener la primacía. Y sobre todo, no permite dar cuenta de por qué ha sido el propio EE. UU., con Donald Trump, el que empezó a impugnar aspectos centrales de ese “imperio informal” para privilegiar una intervención imperialista más agresiva basada en el unilateralismo. Como podemos ver en esa entrevista, para Panitch los lineamientos fundamentales del imperio norteamericano no han sufrido grandes alternaciones ni visto reducido su poderío. China no aparece en ningún plano como desafío significativo. Creemos que, con todos los puntos sugerentes y relevantes que ofrece su estudio sobre la forma en que EE. UU. gobernó y construyó la globalización, este enfoque lo deja cada vez más desajustado para dar cuenta de las tendencias a la ruptura de dicho orden que podemos ver en numerosos terrenos.

La globalización de la explotación

La internacionalización productiva de las últimas décadas tuvo como motor principal la búsqueda del capital por explotar en la mayor medida posible la fuerza de trabajo de los países más pobres. El motivo de esta orientación hacia la periferia no es ningún secreto: el capital paga para explotar esta fuerza de trabajo con salarios que son una ínfima fracción de los que deben pagar en los países imperialistas. En El imperialismo del siglo XXI, que reseñamos acá, John Smith analiza todas las consecuencias que ha tenido la internacionalización productiva para la fuerza de trabajo de lo que define como el “Sur global”. Argumenta con razón que esta ya no puede considerarse “periférica”. Como resultado de la conformación de las cadenas globales de valor, pasó a ser el “centro” de la explotación global.

La brecha de salarios entre los países imperialistas y el resto del planeta acompañó toda la historia del capitalismo, no es ninguna novedad. Lo novedoso fue la forma en que, gracias a los desarrollos de la logística y las comunicaciones (desde los containers a las plataformas digitales) el capital pudo ejercer lo que el analista de Morgan Stanley, Stephen Roach, calificó como un “arbitraje” global, estableciendo cada eslabón del proceso productivo allí donde fuera más rentable.

El de Smith fue el primer abordaje sistemático en términos marxistas de las consecuencias de las cadenas de valor y las relaciones de explotación que van asociadas a las mismas. Suscita al mismo tiempo algunos aspectos polémicos, que debatimos en esta entrevista con el autor. En el terreno teórico, Smith propone, siguiendo a Andy Higginbottom, que debería introducirse una tercera forma de incremento de la plusvalía que se una a las dos que analizó Karl Marx. Recordemos que en El capital Marx se refiere a la plusvalía absoluta (que se incrementa cuando se alarga la jornada), y a la plusvalía relativa (vinculada al abaratamiento de la fuerza de trabajo cuando se reduce el tiempo necesario para producir las mercancías que entran en la canasta de consumo de la misma). La tercer forma, propuesta por Smith y Higginbottom, es la superexplotación. La misma consistiría, básicamente, en pagar por la fuerza de trabajo menos de lo que vale, y sería esto lo que hace en gran escala el capital, sobre todo imperialista, en el “Sur global”

El planteo tiene varios problemas. En primer lugar, como podemos observar en el libro de Smith, queda opacada la importancia que juega la explotación en los propios países imperialistas, y cómo la internacionalización productiva fue una vía para imponer también ahí peores condiciones a la fuerza de trabajo. En segundo lugar, si hablamos de una “superexplotación” que se mantiene en el tiempo, deberíamos hablar más bien de que hay una tasa de explotación más elevada. La idea de superexplotación como una situación sistemática y permanente en relación con algún nivel “normal” de explotación genera más confusión que otra cosa. Si una baja del salario por debajo del presunto valor en un determinado espacio económico se prolonga en el tiempo, más bien estaría indicando que el capital logró allí imponer un valor de la fuerza de trabajo más bajo. Se trataría entonces de una mayor tasa de explotación a secas, ya no una superexplotación. Agreguemos que Marx, que reconoció la importancia que tenía para los capitalistas este pago de la fuerza de trabajo por debajo se su valor, no le otorgó un estatus teórico al nivel de la plusvalía absoluta o relativa, que están definidas en un plano conceptual más abstracto.

La segunda dificultad que encontramos en el esquema teórico de Smith, en que divide al mundo en un “Norte” explotador y un “Sur global” explotado, es qué lugar tiene China. Ese es el núcleo de su polémica con David Harvey. Como se puede ver en la entrevista que le realizamos, esta es una dificultad persistente que no termina de resolver. La internacionalización de las relaciones de explotación sobre la que hace énfasis Smith es muy importante para comprender el imperialismo contemporáneo, pero debe analizarse en un marco que introduzca otras determinaciones, como proponemos en otro artículo de este semanario.

El lugar de China

Si el poderío que conserva EE. UU. o no es una de las cuestiones principales que atraviesan los debates sobre el imperialismo, la otra es el lugar de China. En Ideas de Izquierda venimos publicando diferentes aportes abordando el tema. Los mismos incluyen la lectura crítica de diferentes trabajos, así como en estudio de cómo evolucionaron las distintas variables que muestran la posición de China en el mundo hoy.

Especial atención merece la “guerra comercial” que tiene como trasfondo la competencia por la primacía con EE. UU. –empezando por el terreno tecnológico–. Venimos dando cuenta de los avatares de esta disputa desde que Trump la anunciara abiertamente. Por las razones profundas que la impulsan, no debemos esperar que una eventual derrota de Trump en las presidenciales vaya a ponerle fin a este conflicto.

El imposible retorno de la “normalidad” pre-Trump

Hemos presentado algunas de las dimensiones centrales de los debates recientes sobre imperialismo. También se suman otras de importancia, como es por ejemplo el rol de las finanzas y el papel que juega allí la City londinese, que abordamos a partir del trabajo de Tony Norfield.

Pero el mayor interrogante que se plantea es cómo seguirán desarrollándose las tendencias más convulsivas a inestables que se vienen desarrollando en los últimos años, agravadas seguramente por las consecuencias que dejará la crisis generada por el Covid-19. Ante la hipótesis, hoy probable pero nada asegurada, de que Trump deje la escena en diciembre, ¿volverán las relaciones internacionales a parecerse a lo que eran antes de Trump? Para analizar esta cuestión es fundamental partir del esquema de categorías desarrollado por la teoría del imperialismo actualizado a la luz de los debates que presentamos en esta nota. Como discutimos tiempo atrás partiendo del esquema desarrollado por León Trotsky para pensar el equilibrio capitalista, ese retorno a la normalidad con el que se ilusionan los nostálgicos globalistas es poco más que una quimera. Todo indica que, en condiciones agravadas por una crisis peor de la de 2008, vamos a escenarios de continua profundización de las rivalidades y tensiones, así como los choques entre clases. Como señalaba Lenin y es clave tener muy presente, el imperialismo es “reacción en toda la línea” y “recrudecimiento de la opresión nacional”. Por eso, cualquier aspiración de terminar con el capitalismo y su orden basado en la explotación tiene que partir de una radiografía detallada de las fortalezas y talones de Aquiles del imperialismo.

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NOTAS AL PIE

[1New Left Review 83, septiembre-octubre 2013.

[2Ibídem, p. 166.
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Esteban Mercatante

@EMercatante
Nacido en Bs. As. en 1980. Es economista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001. Coedita la sección de Economía de La Izquierda Diario, es autor de los libros Salir del Fondo. La economía argentina en estado de emergencia y las alternativas ante la crisis (Ediciones IPS, 2019) y La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de kirchnerismo (Ediciones IPS, 2015), y compilador junto a Juan R. González de Para entender la explotación capitalista (segunda edición Ediciones IPS, 2018).
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