Cultura

EL TELESCOPIO

El día que Sasha fue mar

Un cuento sobre el encuentro de una joven con sus miedos y el mar. Entre lo sublime y lo pintoresco. Cosas que pasan cuando se elige sumergir y flotar.

Viernes 14 de febrero | 09:54

Sasha es una joven soñadora. Dice que el ser humano logra su plenitud cuando entra en equilibrio con la naturaleza. También se sorprende cuando encuentra similitudes en las formas de los frutos, y al revés, cuando descubre gran variedad de diseño en las hojas. ¡La naturaleza es una gran artista!- exclama.

No piensa en dioses, o más bien si, en el dios sol, el que da vida y permite construir una historia alrededor de él. El concepto de dios es bastante complejo, cree que es un invento para desviar las responsabilidades de las cosas que pasan, como cuando una persona tira una bomba y destruye ciudades enteras o notar que diversas especies están en peligro de extinción por matanzas indiscriminadas. La naturaleza nos da la magia del alimento, la medicina, la posibilidad del resguardo del calor bajo un árbol, la música de los pájaros, la belleza. Ese dios que alaban muchos no es el responsable del cambio climático, repite como loro.

Sin duda, la naturaleza es serena a veces y otras, apabullante, inmensa, sabe demostrar que es mucho más extraordinaria, enigmática y poderosa que nuestro entendimiento. Puede que sea romántica, ahora que lo pienso, su filosofía es la de Friedrich, el pintor alemán del siglo XIX que creó su famoso cuadro “El caminante sobre el mar de nubes” y que ella tiene pegado en la pared del living. El alcance humano parece ser ínfimo en contraste con el inconmensurable entorno. Un hombre de espaldas, sin rostro, que contempla las montañas y el cielo, parado entre su pie izquierdo y un bastón. Un hombre solitario entre un mar de nubes.

Recuerdo el día que me comentó su miedo al mar. Ella lo llamó respeto, pero solo alcanzaba a mojarse las rodillas. Una vez la sorprendió una ola mucho más grande que ella, estaba mirando la playa y la agarró de espaldas. La desparramó. Estuvo un rato juntando sus sobras que quedaron revolcadas por ahí.

Cuando por fin se dió cuenta que lo que sentía era miedo se metió, en el camino se desestabilizó, una ola le pegó en la cara y perdió el arito de la nariz. Pero no le importó, siguió. Pensó que si la esperaba de frente (desconociendo lo previsible) la ola la cacheteaba, si inclinaba su cuerpo las olas acariciaban y si se ondulaba se introducía. Así que decidió introducirse. Encaró la rompiente con movimientos ondulantes en sentido inverso, metiéndose.
Se onduló, se onduló y casi perdió la bombacha. La alcanzó a agarrar con los dedos de los pies. Justo a tiempo.

Ahora estaba ahí adentro, con su malla, pero en realidad se sentía desnuda. Enfrentando su miedo, introducida en su miedo y desnuda. Sentía cómo el agua se abría en sus contornos haciéndole lugar y la hospedaba. Flotaba. Había pasado el conflicto y ahora estaba sumergida en la calma. Las personas se veían chiquititas, salvo el agua y el cielo que ocupaban toda la vista, como si fuera un lente con dos aumentos (diría Calvino) y como si estuviera adentro de uno de esos cuadros que tanto le gustaban.

Sasha se dejó suspender y se quedó ahí un ratito, pensó que debería hacerlo más seguido. Enfrentar sus miedos y ser mar.
Luego, pegó la vuelta, haciendo la plancha y moviendo los pies.






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