Géneros y Sexualidades

MOVIMIENTO DE MUJERES

Disputas feministas: entre subversiones e institucionalización

Lectura sobre el movimiento de mujeres en Chile, sus límites y desafíos desde el feminismo socialista, de las y los trabajadores.

Bárbara Brito

Ex vicepresidenta Federación de Estudiantes Universidad de Chile (FECH) 2017

Martes 8 de mayo

Hace unos días leí un artículo de Susan Watkins publicado en la revista New Left Review en enero de este año que merece una reflexión. En él busca explicar, entre otras cosas, cuáles son los desafíos del feminismo, sus límites y sus fortalezas a partir del reconocimiento de nuevos movimientos que han surgido en los últimos años, especialmente contra la violencia sexual y los crímenes de odio.

La inseparable relación entre pobreza y opresión de género
 
En los últimos años, hemos presenciado movilizaciones en todo el mundo reclamando la ampliación de los derechos de las mujeres. El sentido común pasó de cuestionar la vigencia del machismo como problema social a visibilizarlo y demandar su finalización. La explosión social que continúa con millones de mujeres en las calles, que transformó el 8 de marzo en una fecha fuera del calendario del régimen para convertirse en un espacio de lucha que ha potenciado la organización de espacios como secretarías, colectivos y nuevas organizaciones feministas, encuentra su explicación en la perpetuación del machismo y el patriarcado, en la escalada de violencia contra las mujeres, en un sistema de explotación cada vez más brutal, como también en el fracaso del feminismo institucionalizado y reformista que “onegeizó” las luchas por la emancipación de la mujer, adaptándolas a la forma del mismo Estado partero de nuestra opresión.
 
Para Susan Watkins en su artículo “Wich feminism” los avances en la igualdad de género como la inclusión laboral o una cada vez mayor paridad política, han ido mano a mano con el gran aumento de la desigualdad socioeconómica en gran parte del mundo. Según el propio FMI en su informe anual 2017 “en las economías más avanzadas los ingresos del 1% más rico han crecido tres veces más rápido que los del resto de la población”, y en aquellas economías con menores ingresos como Latinoamérica y el Caribe, si bien se ha reducido algunos puntos, “el ingreso del 10% más rico de la población equivale aproximadamente al ingreso de los tres primeros quintiles, que abarcan a un 60% de la población” (CEPAL, 2017).
 
Como señala la autora, la explicación del reverdecer del movimiento de mujeres se encontraría, por un lado, en un problema estructural de pobreza y sobreexplotación –de hombres y mujeres– como base material de mayor violencia sexual, y en la promesa frustrada del feminismo institucional de que la era del machismo habría acabado con la instauración de políticas públicas.

Esta lectura permite pensar en la necesidad de una estrategia donde opresión y explotación son dos caras de un mismo problema a enfrentar.

Nuevos movimientos, la misma dirección

Entre la espada y la pared, entre mayores condiciones materiales de violencia contra las mujeres y un aumento de expectativas irrealizables hasta ahora, el movimiento feminista se recrea, o empuja hacia allá. Nuevos movimientos han surgido como #MeToo, el Paro Internacional de Mujeres, las luchas por el aborto, por #NiUnaMenos, y, recientemente en Chile, las tomas de universidades contra el acoso sexual y por una educación no sexista; abriendo territorios posibles para el desarrollo de una estrategia socialista al interior del movimiento de mujeres capaz de conquistar nuestra total emancipación. 
 
Pese a la existencia de aspectos objetivos, a las condiciones sociales y económicas que empujan a mayor violencia de género, y a la combinación de estos con aspectos subjetivos de explosión de nuevos movimientos de mujeres que lo cuestionan, por ahora ninguna nueva estrategia termina de nacer. El peso del feminismo institucional continúa hegemonizando un movimiento que clama por escapar de su directriz oficial, en parte, por la carencia de radicalización política y social que genere las condiciones para pelear por algo más que la ampliación de derechos para las mujeres y se proponga acabar con el sistema capitalista junto a otros sectores sociales.
 
Crimen y castigo, los límites del feminismo punitivista
 
En el seno del movimiento feminista se juegan importantes debates por la emergencia de un feminismo liberado de los marcos del Estado, no sin desacuerdos entre las distintas corrientes que lo componen. En Latinoamérica múltiples movilizaciones dan cuenta de ello: en Argentina, se ha ampliado el espectro de demandas desde #NiUnaMenos a la lucha por el Aborto Legal; en Chile, las tomas de facultades contra el acoso sexual tienden a cuestionar a las autoridades universitarias, y aunque todavía no existen movimientos radicales que cuestionen el capitalismo de conjunto y se propongan derribarlo como sistema, se sitúan a la izquierda del tablero político.
 
Según la autora del artículo, el movimiento #MeToo es el más contradictorio. Reivindicado por desnudar la opresión que sufrimos las mujeres todos los días, se abre un debate respecto de cómo luchar contra el acoso o el abuso sin fortalecer al propio Estado patriarcal que lo sostiene, y reabre el problema de qué estrategia se necesita para enfrentar la violencia sexual, con posturas que empujan hacia la reconceptualización del feminismo y hacia nuevas prácticas políticas del movimiento.
 
Susan Watkins plantea elementos de crítica que impedirían el desarrollo del movimiento Me Too hacia un movimiento radicalizado, que cuestione no sólo el síntoma, también la enfermedad. Entre ellos: su restricción temática sin idear políticas globales para enfrentar la violencia sexual, los protocolos de género en las universidades atadas a un modelo universitario regimentado por el neoliberalismo, y la constatación del acoso sexual como un hecho a resolver post factum; tampoco se extendió hacia otras reivindicaciones ligadas a problemas estructurales, como la pobreza, que harían de sostén del machismo y la opresión por género como constatábamos a inicios de esta nota, además, de que sus portavoces continúan siendo las actrices de Hollywood, invisibilizando aún la violencia que sufren las mujeres pobres y trabajadoras.
 
El enfoque de resolución de Me Too sería entonces de crimen y castigo, la reivindicación de la lucha contra la discriminación con enfoque punitivo que derivaría, en palabras de Susan, en “la aceptación de cualquier acusación como acto de bona fide; el foco en la penalización de los hombres post factum, y el castigo ejemplar de algunos para disuadir a todos sin ninguna política de autoemancipación femenina. Dentro de esta estructura la presunción de culpabilidad y el castigo desproporcionado para algunos son aspectos positivos para tener un mayor efecto de disuasión. A esto se agregó la práctica novedosa del juicio a través de redes sociales, contra hombres individuales, presionando para aplicar la norma "culpable si es acusado". 
 
Debates del feminismo en Chile
 
En Chile, estos debates no han sido menos candentes producto de años de abusos, silencios y machismo. 
 
La lucha contra el acoso sexual nació a finales del 2015 con mayor fuerza y se asentó en parte de la organización estudiantil heredada de la lucha orgánica del 2011, pero en el marco de un profundo desvío que continúa aconteciendo.
 
Fruto de la enorme movilización de masas, tomas y paros de liceos y universidades, marchas masivas por la Alameda, la Nueva Mayoría se vio en la obligación de tomar parte del programa estudiantil y transformarlo en un maquillaje más para embellecer el neoliberalismo en la educación. Creó la “beca gratuidad” celebrada por el Partido Comunista, que significó perpetuar el sistema de financiamiento vía voucher y modificar el sentido profundo de la demanda por la educación gratuita que exige el reconocimiento de la educación como un derecho a través del financiamiento total a las universidades del Estado y aportes basales directos.

Ayudaron también los dirigentes estudiantiles del Frente Amplio, que muy por el contrario de potenciar la movilización en la calle y la confianza en las propias fuerzas del movimiento estudiantil, se enfocaron en negociar nuestras demandas en el parlamento a través de una estrategia de “incidencia” en reformas estructuralmente neoliberales –como Ley de Nueva Educación Pública, la Ley de Universidades del Estado o la Ley de Educación Superior–, en vez de proponer un proyecto alternativo junto al movimiento estudiantil y desde las calles para darle continuidad a la pelea por la educación gratuita.
 
La movilización estudiantil del 2011 abrió una importante crisis del régimen político, la mayoría de las instituciones incluyendo a la Iglesia, el parlamento y Carabineros cayó en aprobación. En el seno del movimiento estudiantil se vivió un aliento de libertad sexual tras expulsar a inspectores y directores homofóbicos y conservadores y apropiarse de las dependencias de los establecimientos educativos; comenzaron a surgir las secretarías de género ligadas al cuestionamiento del modelo educativo y del régimen político.

Hoy, aunque con mucha distancia respecto a la radicalización y nivel de organización de la lucha del 2011, se comienzan a desarrollar progresivas movilizaciones en el seno de las universidades contra la violencia sexual hacia las mujeres que, como decíamos anteriormente, cuestionan el autoritarismo universitario y pueden abrir perspectivas para luchas mayores –Ver: http://www.laizquierdadiario.cl/La-... –. Sin embargo, en medio de un gobierno de derecha, nuestras luchas corren el peligro de ser nuevamente cooptadas.
 
En este contexto, al menos tres vías posibles se presentan: El feminismo institucional, el feminismo separatista que se ha desarrollado por abajo, pero que comparte con el primero un enfoque punitivista de la lucha contra la violencia machista, y el feminismo socialista.

El feminismo institucional –concentrado en los partidos de la Nueva Mayoría– encabezó el proyecto de ley por el aborto en tres causales, afirmándose del descontento de cientos de miles de mujeres. Si bien, reconoció que somos tratadas como personas de segunda categoría, cooptó nuestras demandas, convirtiéndonos en víctimas impotentes de su sistema.

En el gobierno de Piñera, la cooptación de nuestras demandas y su institucionalización es mayor, ya lo vimos con Cecilia Morel y la reivindicación de la teniente de Carabineros que fue reintegrada a su cargo tras ser expulsada por razones de género para seguir fortaleciendo a una institución que golpea y asesina a mujeres y niños del pueblo Mapuche. Y que tan sólo en la última marcha estudiantil del histórico Cordón Macul, en preparación de la marcha nacional en defensa de la educación pública del 19 de abril, la policía terminó obligando a estudiantes detenidas a desnudarse en la comisaría. O los intentos de Kathy Barriga, la reconocida alcaldesa de la comuna de Maipú del conglomerado de derecha Chile Vamos, que se ha apropiado de la lucha feminista para transformarla en una apología del empoderamiento empresarial.
 
Tan sólo hace unos meses atrás la derecha revivió el debate sobre la pena de muerte tras el brutal crimen sexual de una niña en el sur, o el proyecto propuesto por el gobierno de Bachelet y por el Ministerio de la Mujer del Partido Comunista que apuntó correctamente a la ampliación de la ley de violencia de género, integrando a la noción de femicidio la violencia al interior del pololeo – aunque con el límite de no ampliar la noción a todo crimen contra la mujer por ser mujer– sin hacerse cargo de la enorme violencia estatal contra las mujeres que se perpetúa con la educación sexista, la intervención de la moral de la iglesia en asuntos públicos –como ocurrió con la integración de la objeción de conciencia en el proyecto de aborto en tres causales–, las enormes brechas salariales por género o la pobreza en la que se mantiene sumida la gran mayoría de la población. Nos preguntamos ¿cuál es la legitimidad punitiva de un Estado que eterniza la violencia contra nosotras?

Hace falta también en Chile un “análisis crítico de la relación entre las formas jurídicas, las relaciones sociales de producción capitalista y el carácter de clase del Estado (…) La legislación burguesa, incluido el derecho penal, no es algo propio, sino que es efectivamente una “cosa extraña y hostil” al trabajador, y el Estado capitalista que la garantiza por la fuerza es efectivamente un “poder independiente” del trabajador que sirve para sostener la dominación de la burguesía.” (El derecho Penal y la lucha de clases, Matias Maiello)

Es, en definitiva, un mecanismo para ocultar la desigualdad real –entre explotados y explotadores, entre hombres y mujeres, etcétera– detrás de la igualdad formal del derecho. Lejos de solucionar las diferencias sociales por sexo y género, lo que hace es sancionarlas sembrando la ilusión de “respuestas efectivas” cuando en realidad no son más que parches a un problema que continúa haciendo sangrar profusamente.

El feminismo con enfoque punitivo ha cobrado fuerza en Chile, no sólo a nivel institucional, también por abajo, especialmente en las universidades. En medio de un movimiento progresivo de lucha contra la violencia machista, de masivas asambleas de mujeres y de la posibilidad de fortalecer aún más el movimiento, se yergue el feminismo separatista sostenido sobre una concepción de guerra entre sexos y con métodos de funa contra sujetos individuales como estrategia política, en vez de fomentar la organización de hombres y mujeres para enfrentar de raíz el sistema político y social que sostiene el machismo. Los límites de esta estrategia tienen relación con la crítica de Watkins al movimiento #MeToo citada unos párrafos atrás. En Chile destaca la poca amplitud del programa y la carencia de perspectiva de estos feminismos impidiendo, con ello, la unidad con otros sectores, como las y los trabajadores, la unidad con los hombres y el surgimiento de un movimiento radical que cuestione al capitalismo.

El Frente Amplio ha oscilado entre el feminismo institucional y el feminismo separatista, no apostando a la movilización en la calle de las mujeres en unidad con los trabajadores, no proponiendo proyectos alternativos a los de la Nueva Mayoría –como podría haber sido un proyecto por el aborto legal frente al proyecto de aborto en tres causales– y subordinándose, por abajo, al debilitamiento de la lucha por nuestra emancipación al no debatir sin tapujos con los límites del feminismo separatista.

Respuestas desde el feminismo socialista
 
A estos feminismos se ha opuesto el feminismo socialista y de los trabajadores en la tarea de enfrentar el machismo, la violencia sexual y la opresión de género. Si bien estamos por luchar hasta por la más mínima demanda que pueda ayudar a mejorar las condiciones que vivimos cotidianamente, la sumatoria de reformas no llevarán a cuestionar el problema de fondo y, tampoco, nuestras conquistas resistirán necesariamente en el tiempo.

Hemos visto como en distintos países, derechos que ya han sido conquistados, como el derecho al aborto, han sido posteriormente arrebatados, o cómo los protocolos de género se han convertido en algunos casos en herramientas estériles en manos de las autoridades universitarias. En Chile, sucedió un ejemplo emblemático con la dictadura militar, por ejemplo, que retrocedió en la legislación sobre el derecho al aborto. A su vez, muchos de los derechos políticos conquistados ante la ley no se traducen en una igualdad de derechos ante la vida y muchas de esas conquistas sólo benefician a un pequeño puñado de mujeres profundizando la precarización entre las más pobres y trabajadoras.
 
La lucha contra el capitalismo que necesita mantener los prejuicios patriarcales para dividir a los explotados y mantener las ganancias empresariales sostenidas en parte gracias al trabajo doméstico gratuito, requiere de la mayor unidad entre explotados y oprimidos. El feminismo socialista no lucha “contra los hombres” en general, sino por desterrar el machismo, por enfrentar al patriarcado que en esta época está indisolublemente ligado al sistema capitalista. Este es un gran punto de diferencia con el feminismo separatista, que no distingue entre clases sociales.
 
Susan Watkins, sobre el crimen sexual, da un ejemplo dilucidador cuando escribe sobre las mujeres estadounidenses que trabajan en el sector de la comida rápida, donde muchas inmigrantes no denuncian por miedo a perder el trabajo. Allí el silencio está impuesto por el Estado y el régimen laboral, no solo por el machismo de un sujeto individual varón.
 
Es un enorme límite entonces enfocar el problema únicamente desde una óptica punitiva o de reformas parciales al capitalismo sin buscar atacar al problema de fondo y sin, a su vez, pararse del lado no sólo de las oprimidas, también del conjunto de los explotados.
 
Ampliación del horizonte feminista  

Por fuera y entre medio de las tendencias hegemónicas surgen contra tendencias, ni el fortalecimiento del feminismo institucional ni las calles están ganadas. Sectores de la juventud vienen cuestionando la opresión hacia las mujeres de la mano del cuestionamiento de otros aspectos de la vida. En muchos lugares, campus universitarios, lugares de trabajo y en la calle la lucha contra el acoso sexual se entremezcla positivamente con otras reivindicaciones, como con la lucha por un nuevo sistema de pensiones o contra la educación de mercado. Muchas mujeres pobres y trabajadoras ven la necesidad de cerrar la brecha salarial entre hombres y mujeres, que en Chile es una de las más grandes en Latinoamérica.
 
A su vez, el movimiento estudiantil, pese a su debilitamiento sostenido los últimos años, sigue siendo uno de los principales opositores al gobierno de Piñera, allí la lucha por una educación no sexista ligada a la lucha por la gratuidad de la educación y al cogobierno universitario cobra un rol central para enfrentar el acoso sexual.
 
Urge cambiar el paradigma del feminismo con enfoque punitivo, ampliando nuestro espectro de reivindicaciones, unificando las demandas del movimiento de mujeres con las luchas de las y los trabajadores y reponiendo una perspectiva anticapitalista en el movimiento de mujeres. Para nosotras la lucha contra la opresión de la mujer es inseparable de la lucha contra la explotación. A sí mismo, nuestra pelea está en cómo construir una fuerte organización de la clase trabajadora, de hombres y mujeres, capaz de enfrentar en la calle y organizadas en nuestros lugares de trabajo y estudio las luchas contra el acoso sexual y, también, de todas las miserias a las que nos empuja este sistema, con independencia de los empresarios y sus partidos.
 
Las feministas socialistas y de la clase trabajadora luchamos por derribar el capitalismo y el patriarcado, partero de tantos crímenes de odio, guerras, sobreexplotación y opresión, y ponerlos, parafraseando a Engels, “en el museo de antigüedades, junto a la rueca y el hacha de bronce”, para reemplazarlo por un nuevo sistema social, sin opresión ni explotación, sin Estado, sin dinero y sin clases sociales.






Temas relacionados

#metoo   /   Comisiones de Mujeres   /   feminismo socialista   /   Movimiento de mujeres   /   #NiUnaMenos   /   Feminismo   /   Géneros y Sexualidades

Comentarios

DEJAR COMENTARIO