Mundo Obrero México

CENSO INEGI 2020

Nuestra salud o su censo

"¿Como es trabajar en la calle en plena pandemia? Acoso, violencia y con nuestra salud en riesgo." Desde la redacción de La Izquierda Diario México reproducimos la denuncia de una trabajadora del INEGI.

Domingo 22 de marzo | 15:40

A continuación publicamos la denuncia de una trabajadora del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) sobre las condiciones laborales de quien trabaja en la calle en plena pandemia.

El reloj marca las 6:30. Quisiera seguir dormida un rato más pero el jefe nos quiere en punto a las 8 a.m. Aún no sabemos a qué hora nos dejarán salir. Pienso en Mónica, que deja a sus hijas solas todo el día en su casa y aún así nuestra coordinadora nos dice que nos ampliarán el horario para terminar antes de la fecha.

Son las 7:30 y llego a mi zona de trabajo. Tengo que esperar a que llegue el material de trabajo porque los burócratas de la oficina no lo mandaron el día de ayer y hay que esperar a que llegue.

Perdí una hora en la espera, pero no puedo ir a levantar la información porque la jefa quiere "platicar" sobre la productividad del equipo de trabajo. Nos dice que nos subirá la cuota mínima para poder salir, y que reducirá nuestra hora de comida, que mejor nos llevemos un "lunch" y que no tomemos agua para no perder tiempo de ir al baño.

Nos machaca una y otra vez la idea del "compromiso" con el trabajo, dice que no lo tenemos y que por eso hemos bajado los números: "hay una meta chicos, ahora más que nunca hay que ponerse la camiseta".

  •  "Eso lo dice porque está todo el día en una oficina y no en la calle"- me dice Daniel en voz baja. Él es el único hombre en el equipo, en todo el país la mayoría de encuestadoras somos mujeres.

    Por fin podemos llegar a nuestra zona de trabajo con el material completo. Ya son casi las 9:40 y el sol ya está quemante, pero aún así debemos trabajar. Comienzo a tocar puertas, "buenos días señora, ¿tendrá unos minutos para el Censo de Población y Vivienda 2020?"; "¿Usted cuenta con algún seguro médico?"; "¿padece usted de algún problema o condición mental?"; así avanzan las 30 preguntas del cuestionario, son las mismas para cada residente de la vivienda. Aún si son cinco, diez o veinte personas las que se hacinan en un terreno en las calles de la periferia de la capital.

    Encuestadores del Inegi, entre la violencia, la precarización y la pandemia

    Me doy cuenta de que hay muchos adultos mayores, personas sin las afectaciones que contempla en Censo, pero con hipertensión, diabetes, sobrevivientes de cáncer, la gente más vulnerable ante el coronavirus, pero que gracias a los recortes de la 4T se quedaron sin seguro social, o se encuentran en el limbo entre el deficiente Seguro Popular o el inexistente INSABI.

    Aún así tiene 5 minutos para contestar la encuesta, siempre deseándome un buen día, algunos regalándome fruta, otros un vaso de agua y los menos un taco de comida.

    Me conmueve la solidaridad de esta gente que se pregunta cómo sobrevivirá un mes sin ingresos, pero no duda en apoyar a los que estamos en la calle jugándonos nuestra salud trabajando en plena pandemia por el COVID-19.

    Son las 12:30 pm., me detengo en la acera de la calle a tomar el primer trago de agua de lo que va la jornada, me doy cuenta que el malestar en mi garganta era por la deshidratación. El calor está más fuerte y el sol comienza a causarme dolor de cabeza, pero aún así me hacen falta casi 15 cuestionarios para poder terminar mi jornada. Leo los mensajes "debemos poner 50 pesos para comprar jabón, gel antibacterial y papel higiénico para la oficina" donde los y las encuestadoras no paramos casi nunca.

    Nos prohibieron usar tapabocas y lavarse las manos es casi un lujo, tanto como para comer como para ir al baño. Me toca la hora de comida, son las 13:30 de la tarde y el sol está a todo lo que da. Camino hacia la avenida para poder ir a comer a casa, y veo que me siguen. Apresuro el paso, me dirijo a la parada del camión, me detiene un sujeto, el mismo que me viene siguiendo desde que entré a esa calle. Mi corazón sufre un sobresalto, me pide cuota para que no me asalten, ni me violen o desaparezcan. Con mano temblorosa le doy los 10 pesos de mi pasaje.

    A mi mente llega el caso de Dani, a quien quisieron violar al principio del operativo, pero a pesar de la denuncia, los jefes decidieron que no podían proceder legalmente "para no entorpecer en censo". La única resolución que tomó la coordinadora fue que, para evitar asaltos y el robo del dispositivo Mitzui que nos proporcionaron para el Censo, Dani tendría que "levantar el censo a papel" por mucho que signifique una doble jornada laboral.

    Así mismo, pienso en las encuestadoras que han sido asesinadas en Oaxaca y en Quintana Roo, o los rumores que nos llegan sobre los trabajadores del INEGI que fueron desaparecidos porque los mandaron a encuestar en zonas de altos índices de violencia.

    Son las 5:30 y me dirijo a encontrarme con la coordinadora para terminar nuestra jornada laboral. "No vamos tan mal, pero sí quiero que le echen más ganas, el operativo es primordial para las instituciones de gobierno", nos dice para "animarnos".

    "¿A quién se le ocurrió hacer un censo en plena época de calor y en plena emergencia sanitaria?" me dice Miriam, universitaria que al igual que yo, ha brincado de trabajo precario en trabajo precario. El censo no se va a detener porque no les importa; mientras cumplamos las metas, mientras lleguemos a las fechas establecidas, nuestra salud está en último lugar.

    Dicen que en México no hay cuarentena porque no tenemos derechos laborales. Eso me queda más claro al trabajar en la calle soportando la altas temperaturas, los horarios extenuantes y la burocracia de la patronal a quienes no les importa nuestras vidas, sólo su censo.






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