Cultura

TEORÍA REVOLUCIONARIA

Cómo entender la precarización laboral desde El Capital de Marx

El 14 de septiembre de 1867 se publica por primera vez lo que Marx había considerado la primera parte de El Capital. La obra contiene importantes conceptos para comprender qué es el trabajo precario.

Lunes 14 de septiembre | 16:09

“la cosa que ante mí representas no le late un corazón en el pecho”
Marx, K., El Capital, 1867

Después de aproximadamente 25 años de investigación sobre el movimiento de la sociedad e innumerables apuntes personales, el 14 de septiembre de 1867 se publicaba lo que Marx consideró la primera parte de su investigación; se trata del tomo uno de El Capital, de cuatro que se llegaron a proyectar en sus planes.

En los últimos años, la obra ha recobrado -por enésima vez- gran actualidad. La razón es que en su contenido se encuentran diversas tendencias y procesos del capitalismo que siguen proporcionando un sólido punto de partida argumental (e histórico) para comprender lo que ocurre en nuestra actualidad.

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Prueba de ello son las diversas modalidades en las que se realiza la explotación de la fuerza de trabajo analizadas en la obra y que nos dan elementos para comprender la actual precarización laboral.

La revolución incesante del proceso de producción, cuya base técnica fue creada por la gran industria, [1] requiere un tipo de trabajador históricamente flexible, pues este tiene que responder a los ajustes incesantes y cambiantes de la producción capitalista. A palabras de Marx:

La naturaleza de la gran industria, por ende, implica el cambio del trabajo, la fluidez de la función, la movilidad omnifacética del obrero. Por otra parte, reproduce en su forma capitalista la vieja división del trabajo con sus particularidades petrificadas. Hemos visto cómo esta contradicción absoluta suprime toda estabilidad, firmeza y seguridad en la situación vital del obrero, a quien amenaza permanentemente con quitarle de las manos, junto al medio de trabajo, el medio de subsistencia; con hacer superflua su función parcial y con ésta a él mismo. [2]

Como vemos, no se trata de una cuestión puramente contractual, legal, sino de cambios constantes en la producción que impiden la estabilidad de la actividad laboral, para lo cual también se requiere “el descuartizamiento de la diversidad de las ocupaciones ejercidas” [3] por el trabajador. Es decir, se requiere de un trabajador especializado y a su vez multifuncional, capaz de cambiar de ocupaciones: un trabajador polivalente.

La hambruna por obtener mayores ganancias por parte del capital, en este entorno inestable, genera una violenta tensión para romper los obstáculos que le impidan su acumulación.

el capital no sólo transgrede los límites morales, sino también las barreras máximas puramente físicas de la jornada laboral. Usurpa el tiempo necesario para el crecimiento, el desarrollo y el mantenimiento de la salud corporal. Roba el tiempo que se requiere para el consumo de aire fresco y luz del sol. Escamotea tiempo de las comidas y, cuando puede, las incorpora al proceso de producción mismo, de tal manera que al obrero se le echa comida como si él fuera un medio de producción más, como a la caldera carbón y a la maquinaria grasa o aceite. [4]

Y es que la forma en la que el capital se acrecienta es mediante la explotación de la fuerza de trabajo, la cual se puede desglosar en dos modalidades que Marx denomina plusvalía absoluta y plusvalía relativa. Sin ahondar en sus especificidades, lo que importa en ambas es el tiempo de trabajo que el capitalista no paga al obrero (trabajo impago) y que le permite la acumulación de capital. [5]

El trabajo impago ocurre en los límites de la jornada de trabajo, es por ello que uno de los intereses del capital se centra en “prolongar desmesuradamente la jornada laboral.” [6]

Y aunque el desarrollo de las fuerzas productivas ya pueda permitir una disminución de la jornada laboral sin la necesidad de pagar salarios por debajo del valor de la fuerza de trabajo, e incluso el capital mismo experimente esta situación, [7] no por ello se constituye en una tendencia. Al contrario, el mismo Marx indica “Parece, por consiguiente, que el propio interés del capital apuntara en la dirección de una jornada laboral normal” [8] y más adelante esta apariencia se muestra como tal:

El capital, por consiguiente, no tienen en cuenta la salud y la duración de la vida del obrero [9]

El actual trabajo precario se caracteriza precisamente en desdibujar la jornada laboral e imponer una organización del trabajo que necesariamente echa por tierra una de las máximas conquistas de las y los trabajadores: la normalización de la jornada de trabajo.

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Como acabamos de mostrar, El Capital de Marx sigue arrojando pinceladas maestras para comprender el mundo de hoy, nos permite desaturdirnos, nos pone ante la necesidad de la organización y la lucha revolucionaria para construir una sociedad más allá del capital.



[1Cfr., Marx, K., El Capital, T1, v2, siglo veintiuno editores, p. 468.

[2Ibid., p. 592.

[3Ibid., p. 591

[4Ibid., v1., p. 319.

[5Marx centra este análisis en la sección séptima “El proceso de acumulación del capital”.

[6Ibid., v1., p. 284.

[7La plusvalía relativa apunta a la acumulación de capital sin la necesidad de aumentar la jornada laboral, sino disminuyendo el costo del valor de la fuerza de trabajo.

[8Ibid., v1, p. 320.

[9Ibid., v1, p. 325. Una lectura chata de la obra de Marx, podría afirmar que la tendencia de la plusvalía relativa es a reducir la jornada laboral, sin embargo, para Marx, esta reducción no es automática, sino que va acompañada necesariamente por la lucha de las y los trabajadores, la cita completa dice “El capital, por consiguiente, no tienen en cuenta la salud y la duración de la vida del obrero, salvo cuando la sociedad lo obliga a tomarlas en consideración” (subrayado de Marx). Incluso, refiriéndose a la plusvalía relativa asociada al proceso de la gran industria y a la subsunción real del trabajo al capital, Marx lo dice con todas sus palabras: “Es más, la prolongación desmesurada de la jornada laboral se presenta como el producto más genuino de la gran industria.” Ibid., v2., p. 619.





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