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SUPLEMENTO

Christopher Marlowe: el dramaturgo en la oscuridad

Eduardo Nabal

Juan Argelina

Retrato que se supone que es de Christopher Marlowe (Corpus Christi College, Cambridge).

Christopher Marlowe: el dramaturgo en la oscuridad

Eduardo Nabal

Juan Argelina

En la historia de la literatura, la transgresión existencial, debida a las condiciones impuestas por el nacimiento, la pertenencia a un origen étnico determinado, las ideas o la libertad sexual, ha tomado la forma de personajes que, como Fausto, Hamlet, Shylock, Don Juan o Don Quijote, significan algo extraño en la sociedad establecida, y por ello fueron condenados a un destino trágico.

Fausto fue un escándalo para la burguesía, como Don Juan lo fue para la aristocracia; Hamlet y Don Quijote viven aislados en mundos imaginarios en medio de un ambiente hostil, y se ven obligados a transgredir sus límites, y ni siquiera las palizas que se lleva el "caballero de la triste figura" son capaces de "educarle". Son personajes que se salen del contexto de sus propias obras, para convertirse en arquetipos que los autores utilizan para marcar su propia transgresión personal. La primera vez que esto se realiza conscientemente la encontramos en la Inglaterra isabelina con Shakespeare y, sobre todo, Marlowe, que ya fue calificado como "overreacher" (transgresor) en la biografía de Harry Levin (1952).

En su corta vida, Christopher Marlowe (1564-1593), seguramente asesinado por encargo, no sólo practicó la marginación social, sino que concibió su obra como un reflejo intencionado de esa misma marginación, que nos presenta como una necesidad ineludible, como en el caso del rey Eduardo II, expuesto como homosexual intencionado que no puede evitar ser atraído por su propio sexo, enredado con su favorito Gaveston. Si los héroes de la antigüedad estaban marcados por una maldición divina, y sus actos no eran libres, los del mundo de Marlowe siguen sus propios instintos, sometidos a sus cuerpos y su origen. Shakespeare debe mucho a este escenario de Marlowe y ni Ricardo II ni El Mercader de Venecia podrían entenderse sin su influencia. El hecho de que su obra sobre Eduardo II fuera la primera que trataba de forma central el amor entre dos hombres, llevándolo hasta unas consecuencias trágicas, la convierte en una versión homosexual de la Ilíada, al convertir al amante Gaveston en una Helena masculina. Bertolt Brecht lo vio claramente, y en su versión de la obra hace que el antagonista Mortimer cuente al rey la historia de la guerra de Troya, para advertirle de la destrucción que provocará si sigue con su relación, asumiendo que Gaveston tiene el papel de Helena. Pero en este caso las argucias de los dioses son reemplazadas por las decisiones humanas y esto provoca un cambio importantísimo en lo que respecta al derecho de la libertad de elección, que sólo puede ser entendido dentro del contexto de la Inglaterra de esa época y su separación de la iglesia de Roma. La Inglaterra anglicana se apartó tanto del catolicismo como del protestantismo luterano, y esto tuvo consecuencias tanto políticas como socio-económicas: la aristocracia tomó el papel de la nueva burguesía capitalista y buscó la formación humanística, convirtiéndose en mecenas de poetas, que se relacionaban con gente del teatro y la literatura. La vida de Marlowe entra dentro de esta dinámica. El ejemplo más notorio es el de Walter Raleigh, que reunió a su alrededor toda una corte de intelectuales, de los que se sospechaba que eran una "escuela de ateos", siempre bordeando el escándalo y la condena, tal como la experimentaron el propio Marlowe con su compañero Thomas Kyd, o más tarde Ben Johnson. No obstante, en ese mundo repleto de ambigüedades, se produjeron obras de una libertad creativa tal, como la tragedia del amor incestuoso de los hermanos Giovanni y Annabella, de John Ford (1586-1640), que los puritanos obligaron a cerrar los teatros tras la victoria de Cromwell.

En el teatro de Shakespeare el amor entre hombres es natural y consciente, aunque diluido dentro de la ambivalencia erótica del cambio de vestido, con hombres representando a mujeres, que a su vez se visten de hombres, borrando todos los límites de la atracción erótica. Pero la peculiaridad de Marlowe es lo explícito y directo con que representa el tema homosexual, llegando al punto de subordinar los hechos históricos al objetivo de mostrar que el amor homosexual del rey Eduardo sea el eje a partir del que montar su tragedia (en la realidad, Eduardo II continuó reinando aún durante quince años tras la muerte de Gaveston). El tema aparece constantemente en sus obras junto a la crítica de la corrupción política (influencia de Maquiavelo), y no puede extrañarnos si observamos, por ejemplo, cómo, en la vecina Francia, Enrique III mantenía una corte de bellos jóvenes, llamados "mignons" (que en Marlowe aparecen como "minions") y que éste mismo rey fue asesinado en 1589 por un monje fanático. Eduardo II inicia una serie de personajes literarios, ávidos de sueños y grandeza, viviendo entre el delirio y la realidad, que se adentran, con su homosexualidad, en un mundo de alteridad y transgresión trágica: la historia del barón de Charlus, contada por Proust en "Sodoma y Gomorra", cuarto volumen de su monumental "En busca del tiempo perdido", y mencionada por Genet en "Notre Dame des Fleurs", haciendo aparecer en su entierro al amante de antaño, llamado "mignon", no puede entenderse sin el modelo descrito por Marlowe.

Ni el tiempo ni la historia de la literatura han logrado nunca situar con comodidad a una figura tan contradictoria, impulsiva, renovadora y, a su manera, provocadora como la de Marlowe, cuya influencia sobre la obra de Shakespeare, con el verso blanco -caracterizado por la estrofa medida y carecer de rima- y la introducción de las luchas de poder de la época en sus composiciones teatrales, hoy es reconocida por numerosos estudiosos. En su libro “Un hombre muerto en Deptford”, el escritor inglés Anthony Burgess trata de reconstruir, mezclando datos históricos y elementos de ficción, los últimos años de la vida de un poeta que triunfó, no sin encendidas polémicas, en los escenarios de un país al que, en el fondo, no amaba del todo por su conservadurismo socio-político y moral. En la época en la que nació el teatro como espectáculo, se representaba en pequeños corrales, y su público, mayoritariamente, era de extracción popular, aunque la repercusión de sus obras fuera mucho más allá, sobre todo si, como en este caso, se apuntara tan alto en el perfil socio-histórico y en la relevancia de sus protagonistas. Burgess nos muestra a un joven que, recién salido de su Canterbury natal, ingresa en la Universidad de Cambridge, pero, al igual que algunos de sus colegas, detesta los pilares de una academia donde se veneran figuras como Aristóteles, se idolatran los preceptos religiosos y se separa la vida de la capacidad y la ilusión creativas.

Pero el joven encontró mayor sentido a la obra de Maquiavelo. Cantó en sus estrofas, imbuidas de literatura clásica, a la belleza del cuerpo masculino, y no renunció a una vida que hoy llamaríamos de forma un tanto vulgar, “disipada”, en sus cortos viajes y en esos amigos y enemigos que dejó a lo largo de su sendero vital. En “Un hombre muerto en Deptford” el a la vez célebre y misterioso dramaturgo, es apodado Kit, y frecuenta la compañía sexual de otros muchachos, así como esas tabernas donde entabla violentas peleas a cuchillo con sus no pocos adversarios. Pero Kit tiene también algo de personaje fabulador, que glosa sus peripecias vitales con la composición de versos que definen su estado de ánimo y, provocador nato, acude a confesarse para escandalizar al sacerdote, con sus ideas sobre el erotismo, la existencia de Dios y los intereses de la institución eclesiástica. Marlowe produce una pequeña sacudida en los escenarios de la época con su opera prima “Tamburlaine” (de la que escribió él mismo una secuela) donde cuestiona la imparcialidad de los poderes establecidos, después de haber sido testigo de la persecución y la cruel ejecución pública de muchos de sus amigos. Estuvo cerca de un grupo de espías que actuaban falsamente al servicio de la Corona y por sus venas corría ese talante inglés, donde se mezclan la rigidez mental, la ambivalencia ideológica y el arrojo emocional.

En la novela de Burgess el dramaturgo isabelino, renovador del teatro y amante del verso, es presentado como un ser autodestructivo y amoral (con algunos rasgos de el personaje de Alex en “La naranja mecánica") pero también como un incansable pensador sobre la injusticia de su época, el fanatismo inoculado en las masas y la falta de verdadero interés por el desarrollo de un arte revolucionario. Su obra “Eduardo II” llevada al cine en 1992 por el realizador Derek Jarman es, además de una descripción de las luchas de poder en la corte de su país, una reivindicación del amor entre hombres, que aún hoy sorprende por su audacia y falta de tabúes. Jarman, realizador contracorriente, experimental y “enfant terrible” en la Inglaterra thatcherista, supo recoger, a su manera, con gran fidelidad al texto original, su visión de las luchas de poder y el amor contra las normas establecidas.

Marlowe es autor de la primera versión de “Fausto”, bastante antes de la llegada de Goethe, y su aproximación al personaje desprende un extraño lirismo, sencillez y una mágica desazón que atraviesan el conjunto de su producción escrita, donde une el humor y el drama. En su época estuvo presente el enfrentamiento entre Inglaterra y España, así como la rivalidad con Francia, cuya capital, según Burgess, fascinó al dramaturgo frente a la estrecha y envarada sordidez de ese Londres en el que vivió gran parte de su breve e intensa existencia.

La abierta homosexualidad de Marlowe contrasta, en cierta medida, con el comedido homoerotismo de los “Sonetos” de Shakespeare, aunque ambos autores supieron fundir con destreza la poesía y la tragedia. Algunas ficciones, como “Anonymous” de Roland Emmerich, especulan sobre la autoría de las obras de William Shakespeare, poniendo a Marlowe como una sombra oculta o un espejo oscuro tras la trayectoria del célebre dramaturgo, pero si en el autor de “Tamberlán” o “Dido y Eneas” percibimos una revisión subversiva de la tradición clásica y los preceptos de su tiempo, en Shakespeare se adoran instituciones, despreciadas por Marlowe, como el matrimonio tradicional o el poder de la nobleza. Mordaz en algunas de sus obras como “El judío de Malta”, son famosas sus airadas discusiones, lúcido o bajo el efecto del alcohol, sobre literatura, política y filosofía con sus compañeros de generación, y fue acusado por las autoridades de “escándalo público” cuando se encontraron una suerte de escritos sobre el ateísmo en casa de su amigo y amante Thomas Kyd, a la vez autor rival en los escenarios del momento. Sus obras renovaron el anquilosado teatro de la época, introduciendo un estilo fresco, lúdico y apasionado, una absoluta falta de tapujos y elementos renovados como el sexo, la violencia y las luchas socioeconómicas entre sus personajes. Marlowe traspasó algunos elementos de su vida, como la rabia, el homoerotismo, las cortapisas del cristianismo o las intrigas políticas, a los personajes de sus obras logrando un teatro imperecedero y, aún todavía, mal conocido.

Harry Levin, en su biografía de Marlowe, "The Overreacher", trató de unir al Marlowe real con sus conflictivos personajes: "El héroe de Marlowe no amado busca un compañero, un "minion", un otro yo: y el amor satúrnico entre Eduardo y Gaveston significa la excepción que confirma la regla... /... Los héroes dramáticos de Marlowe se encuentran solos en su peculiaridad y unicidad. Conscientes de su identidad en todo momento, lo son en grado sumo en el momento de su muerte." Están caracterizados según su propio modelo: "egoístas, exhibicionistas, infieles, marginados".

Marlowe murió asesinado por Ingram Frizer, tras una violenta pelea con cuchillos, el 30 de mayo de 1593. Su cuerpo fue enterrado en una tumba anónima y Frizer recibió un indulto real tras alegar defensa propia ante los tribunales del momento. Varios críticos y estudiosos son escépticos de estos hechos y sostienen que Marlowe no fue en esa reyerta, sino que fue un montaje para esconderse y evitar que se enfrentara a la justicia. Afirman también que siguió escribiendo, firmando sus obras nada menos que con la firma de William Shakespeare

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Eduardo Nabal

Burgos | @eduardonabal
Nació en Burgos en 1970. Estudió Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Salamanca. Cinéfilo, periodista y escritor freelance. Es autor de un capítulo sobre el new queer cinema incluido en la recopilación de ensayos “Teoría queer” (Editorial Egales, 2005). Es colaborador de Izquierda Diario.

Juan Argelina

Madrid, 1960. Es doctor en Historia por la Universidad Complutense en la especialidad de arqueología e historia antigua, profesor de secundaria, amante del cine, y colaborador de Izquierda Diario, Contrapunto y otras revistas especializadas.
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