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REBELIÓN POPULAR

Chile: que ningún pibe más tenga que "regalar sus ojos" para que el pueblo despierte

Gustavo Gatica ya está en la memoria del pueblo. Cegado por la brutal represión dijo a su madre: “regalé mis ojos para que el pueblo despierte”. Crónica sobre la violencia de clase en Chile y la necesidad de un “despertar obrero”.

Lucho Aguilar

@lukoaguilar

Miércoles 27 de noviembre | 23:26

Foto: The Clinic

- Cuando lo vi llegar, supe que tenía que ser mi prioridad. Venía sin sus ojos. Por sus mejillas corrían lágrimas de sangre y el shock le impedía hablar. Yo tengo experiencia en tragedias, estuve en Chañaral buscando gente desaparecida, estuve en la erupción del volcán Melipeuco y trabajé en el terremoto de Concepción, pero esto era absolutamente fuera de serie. Era muy chocante.

Lo contó, con la voz quebrada, uno de los heroicos brigadistas que recibió a Gustavo Gatica en el puesto (1). No era para menos. La represión del 8 de noviembre fue feroz. “Era como estar en una guerra”, recuerda. La guerra de la que había hablado el presidente Piñera por cadena nacional. Y los pacos siguieron sus órdenes, como perros rabiosos.

Gustavo tiene 21 años y estudia psicología. Ese día había ido a apoyar la marcha y sacar fotos. Según los médicos el disparo fue a corta distancia y le apuntaron directo a la cara.

Su caso se transformó en emblema de otros cientos de jóvenes. Ya son casi 300 los manifestantes que perdieron la vista en alguno de sus ojos desde el 18 de octubre. Muchos casos no llegan a los medios: son heridos lejos de Santiago o pibes "anónimos" que combaten a los pacos en las “pobla”, los barrios populares.

Es solo una de las metodologías de terror de las soldados de Piñera, que tienen su manual de torturas, violaciones, desapariciones o directamente los asesinatos. Pero el de Gustavo se transformó en símbolo de esa violencia y el repudio recorrió Chile en cientos de expresiones conmovedoras.

Mujeres que marchan de luto con los ojos vendados, jugadores de fútbol que se tapan sus ojos antes de empezar los partidos, médicos que se vendan en homenaje a los “cabros” que intentan curar, murales en las calles. Hasta un cacerolazo conmovió Santiago cuando se conoció la mala noticia y anunció una marcha para este viernes en todas las plazas del país.

Casi en el mismo momento, en una nueva provocación, Piñera anunció que enviaba 2500 carabineros más a las calles. Además en las últimas horas conocimos otro caso brutal: la obrera Fabiola Campillay fue impactada por un proyectil de gas lacrimógeno mientras esperaba el micro para viajar hacia su trabajo. El resultado fue el mismo que el de Gustavo.

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A otra escala, porque la profundidad de la protesta es distinta, es lo que vimos en Buenos Aires en las jornadas contra la reforma previsional de diciembre de 2017. La Gendarmería y la Policía apuntaron con la misma saña. Docentes, obreros del Astillero Río Santiago y militantes de izquierda sufrieron las mismas heridas.

El cobarde accionar de los Carabineros es, a su manera, un “homenaje” a la combatividad de la juventud y el pueblo chileno. A los que forman parte de la “primera línea”, pero también a las decenas de miles que los bancan atrás. La masividad de la rebelión chilena es la que ha desafiado hasta hacer retroceder muchas veces a las fuerzas represivas.

Una violencia de clase que ciega y mata todos los días

El Estado chileno tiene como brazos armados a un Ejército pinochetista totalmente impune después de 17 años de dictadura y a los Carabineros como fuerza de choque permanente contra los conflictos obreros y sociales.

Son los asesinos de Camilo Catrillanca, el joven comunero mapuche fusilado en Temuco hace un año. De Manuel Gutiérrez, el secundario de 16 años asesinado en una marcha estudiantil en agosto de 2011. De Nelson Quichillao, el minero contratado muerto en 2015 mientras resistía la represión en la estatal Codelco.

En eso también son “30 años”. En realidad muchos más. Es la tradición histórica de los ricos de Chile y sus amigos extranjeros. Desde la matanza de los obreros del salitre en Santa María de Iquique hace más de un siglo a la dictadura de Pinochet que vino a combatir a una clase obrera que desafiaba profundamente el poder capitalista. A pesar del reformismo de Salvador Allende y la Unidad Popular.

Pero no es la única violencia de clase. El neoliberalismo chileno asesina, ciega, mutila, enferma, todos los días. Apoyado -¡40 años después!- en gran parte de la legislación laboral de Pinochet y sus Chicago Boy’s, se nutre del saqueo de los recursos naturales para la exportación (minas, recursos pesqueros y forestales) y una brutal explotación de la clase trabajadora.

Las negociaciones colectivas contemplan a una absoluta minoría. La mayoría de las huelgas son declaradas ilegales. Más de un millón de trabajadores y trabajadoras no tienen contrato de trabajo. El 50 % cobra menos de $ 380.000 pesos ($ 27.000 pesos argentinos), pero además casi todo el sistema social está privatizado. Gran parte de la clase trabajadora está contratada, precarizada, sobre todo la juventud. Desde 1998 la productividad del trabajo creció cerca de un 90 %, los salarios reales solo un 20 %.

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Esa superexplotación y esa dictadura del capital en los lugares de trabajo se transforman en un genocidio silencioso todos los días. Para tener una dimensión, desde el año 2000 murieron 525 mineros en “accidentes laborales”. Otros miles fueron devastados por el asma, la silicosis, el cáncer y otras enfermedades del oficio.

Es lo mismo que pasa en los puertos que mueven el 80 % de la producción del país, en las forestales que atraviesan todo Chile, en las pesqueras que llenan los bolsillos de un puñado de grupos empresarios.

El “milagro chileno” sacrifica las vidas y los cuerpos de la clase trabajadora y su juventud. De quienes fallecen esperando un turno para atenderse en un hospital. De quienes mueren en los socavones, las terminales portuarias y los bosques. De quienes son asesinados y mutilados en las protestas.

Contra esa violencia de clase es esta rebelión.

Despertar obrero

No alcanza solo con denunciar las atrocidades de la violencia estatal. Mucho menos se trata de llamar al pacifismo. Lo sabe Gustavo cuando desde la clínica eligió reivindicar el despertar del pueblo. Un despertar que le ha opuesto a la violencia de los de arriba la dura resistencia de los de abajo. Como decía León Trotsky, “aquel que piense que es necesario renunciar a la lucha física, debe renunciar a toda lucha, pues el espíritu no vive sin la carne”.

Pero estas semanas también ponen sobre el tapete la discusión de cómo se puede vencer toda esa violencia. No solo la de los “pacos” en la calle y la de los patrones en los lugares de trabajo, sino la de un Estado que más temprano que tarde se revela como una banda de hombres armados al servicio del capital.

Piñera y su clase lo tienen claro. Tienen en su memoria histórica el recuerdo de los Cordones Industriales que en 1972, con más de 500 tomas y ocupaciones de empresas, derrotaron el primer intento golpista de los empresarios y el imperialismo. Y otro mucho más fresco. El de la huelga general del último 12 de noviembre, que a pesar de la conducción del Partido Comunista mostró lo que significaría la entrada en escena de los grandes batallones de la clase obrera chilena, unida a la juventud sin miedo y los sectores populares.

Hay que retomar aquellas tradiciones y estos nuevos pasos para lograr el “despertar obrero”: el único que puede conquistar las profundas demandas del pueblo. Como plantea Matías Maiello en el último número de Ideas de Izquierda, para eso es necesario “que la clase trabajadora intervenga haciendo uso de toda su fuerza. No porque cuente con un supuesto carácter “ontológicamente” revolucionario, sino porque detenta todas las “posiciones estratégicas” fundamentales. Y que lo haga con sus propios métodos, el de la huelga general, de las coordinadoras y los piquetes de autodefensa, en la perspectiva de poner en pie organismos de autoorganización de masas (consejos) y milicias que sean el sustento de un nuevo poder verdaderamente alternativo al del Estado capitalista”.

Para que ni Gustavo ni nadie más tenga que "regalar sus ojos" para que el pueblo despierte.

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1 - Gustavo Gatica: “Regalé mis ojos para que la gente despierte”, The Clinic






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