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Bolivia: “Ni los muertos estarán seguros, si el enemigo vence”

Con lágrimas y paso firme, porque el dolor también se convierte en fuerza, el jueves 21 de noviembre descendían hasta la ciudad de La Paz cientos de miles de alteños y alteñas y de las provincias junto a una masiva comitiva de apoyo campesino norte potosino. La indignación por la Masacre de Senkata, distrito 8 de la ciudad de El Alto, perpetrada el martes 19 de noviembre, marcaba el paso de la marcha que se encontraba encabezada por 8 féretros.

Violeta Tamayo

Politóloga - Militante de la LORCI y Pan y Rosas

Viernes 22 de noviembre | 22:00

Foto: AbadMiranda/Captur-Arte

Flameaban wiphalas desde el inicio de una enorme columna, que parecía interminable. “¡¿Dónde está la prensa carajo?!” era de las consignas más sonadas, frente al escandaloso cerco mediático al que se enfrenta desde el día 1 el movimiento de resistencia de El Alto, así como ocurre en otros departamentos a nivel nacional. La designada Ministra de Comunicación, Roxana Lizárraga, había terminado de consolidar este cerco con la expulsión de la prensa internacional bajo amenazas de supuesta “sedición”. Mientras los medios hegemónicos a nivel nacional pretenden hacer creer que la movilización está compuestas por “hordas pagadas” sin criterio propio, los alteños cruzaron de una ciudad a otra con la consigna “¡No somos masistas, tampoco terroristas, somos alteños y El Alto se respeta!”, y se esfuerzan por aclarar una y mil veces, antes los pocos medios que se presentan en las calles, que salen por propia rabia y convicción, rechazando todo intento de reducirlos a “grupos vandálicos”, entre otras estrategias mediáticas que el gobierno de la autoproclamada Jeanine Áñez usa en su contra. “¡Justicia, justicia!”, “¡Que renuncia Murillo carajo!”, “¡Que renuncie Añez carajo!”, eran otras de las consignas que se arengaban en la movilización.

La marcha que partió desde Senkata, fue recogiendo muchísima gente de todos los distritos de El Alto en el camino. Ni siquiera habían terminado de ingresar el último bloque a la ciudad de La Paz, cuando se desató una brutal represión. Dos tanques militares y cientos de efectivos policiales esperaban a las y los marchistas, mientras los familiares de jóvenes alteños asesinados intentaban cruzar con los ataúdes en los hombros, por el obelisco del centro paceño. No habían pasado ni 30 minutos del ingreso de la cabeza de la marcha y la gente corría a replegarse: “Esta Áñez no ha respetado ni a nuestros muertos”, se escuchaba. Algunas cholas estaban cargando a sus wawas en aguayos: “señora, por qué has venido con tu wawa”, pregunta una casera que regalaba cigarrillos para ayudar a dispersar el gas, “no pensé que con nuestros muertos esto nos iban a hacer”, le responde llorando mientras su niño trata de respirar.

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Quedará retratada en la memoria, la imagen de miles de personas corriendo entre el humo y la persecución policial, mientras dos ataúdes yacen tirados en la Av. Camacho, cuando en un intento de refugiarse de la represión, los familiares tuvieron que dejarlos por unos minutos a los pies de los tanques militares que les impidieron el paso.

Al cabo de una hora, circuló la noticia de que aprovechando el vaciamiento de Senkata, los militares habían limpiado la zona, atemorizando a los vecinos que habían quedado en el lugar. Por otro lado, la cantidad de detenidos, así como en otros momentos de represión, es poco conocida; no solo por el cerco mediático, sino también por el silencio público de diversas organizaciones de derechos humanos.

Circulan por las redes videos de detenciones irregulares de dos personas: la primera, un estudiante de la carrera de cine, que fue entregado por la propia prensa nacional a los policías solo por estar documentando la represión junto a algunos canales y fotógrafos; y el segundo, un hombre que realiza un reclamo contra los policías, acompañando a quienes intentan recuperar los ataúdes, y es cargado sin motivo alguno por efectivos policiales.

En la calle quedaron regados diversas pancartas y pasacalles: “con nuestros muertos no se negocia”, una de las consignas más importantes a estas alturas del conflicto. Un día antes de esta brutal represión, en el cabildo de Senkata, un joven alteño señalaba: “compañeros, advertimos y rechazamos que los diputados del MAS pretendan negociar con nuestras muertes (…) rechazamos a los parlamentarios que están reconociendo al golpismo (…) nosotros los jóvenes no negociamos con nuestros muertos”.

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Mientras se velaba a los 8 jóvenes asesinados y se exigía la renuncia de Añez, mientras se emprendía la marcha fúnebre hacia La Paz, mientras la espontaneidad de la organización alteña y de las 20 provincias crecía, el MAS avanzaba en el pacto con la ultra derecha, buscando salir lo mejor parado posible de esta crisis política, pretendiendo usar la movilización como moneda de cambio, y con ello descomprimir el movimiento, haciendo esquina a los golpistas por sobre los más de 30 muertos a nivel nacional en 12 días de la supuesta “recuperación de la democracia”.

El MAS no sólo es responsable de que la ultra derecha haya alzado cabeza, por haber beneficiado a la burguesía nacional y transnacional en 13 años de gobierno, tras haber sostenido un pacto contra el pueblo pobre desde el 2008: hoy, este pacto se actualiza, ignorando la furia de cientos de miles que continúan poniendo el pecho, alimentados además por un espíritu de recuperación de la Agenda de Octubre del 2003, profundamente antirracista y por la defensa de la dignidad.

La “pacificación” en la que avanzan el MAS y la oposición de ultra derecha, alentada por la pequeño burguesía que sirvió de escalera durante 21 días y para quienes las únicas movilizaciones legítimas son las que ellos protagonizan, significa nada más y nada menos que privar el derecho a la protesta del pueblo alteño, con militarización, calumnias e impunidad por delante. Toda una maquinaria para frenar la lucha del movimiento de resistencia a nivel nacional. El MAS, además de todo, no vierte un solo reclamo de justicia por las masacres de Sacaba y Senkata, ni denuncia el D.S. 4078 que blinda a la fuerza represiva militar de total impunidad.

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Las voces inconformes retumbaron en la marcha fúnebre y continúan retumbando desde las montañas altiplánicas, con la memoria de los caídos en el movimiento de resistencia. Saben, sabemos, que este no es un golpe contra Evo Morales, quien huyó cobardemente a México; tampoco lo es contra la juventud acomodada de Columna Sur y Generación Evo, a quienes poco o nada se los ha visto en la calle resistiendo, pues mientras el pueblo pone el cuerpo, ellos están discutiendo como negociar la no proscripción de su partido. El golpe, como ya queda demostrado, lo recibirá el movimiento campesino, las y los trabajadores, los pueblos indígenas, el movimiento estudiantil, los derechos conquistados por las mujeres y las diversidades sexuales; las conquistas que venimos defendiendo durante años, también frente el gobierno del MAS, hoy se enfrentan a enormes y mayores peligros.

Lo señalado por Walter Benjamin: “ni los muertos estarán seguros si el enemigo vence”, pasó de un plano simbólico a lo más dolorosamente pragmático durante la represión policial que jamás tendrá el mínimo respeto ni por la vida ni por el luto, siendo un hecho ejemplificador de lo que nos espera si el movimiento de resistencia permite que ambas facciones burguesas actualicen y consolidan su pacto. La masacre de Senkata, la masacre de Sacaba y todas nuestras muertes, no pueden ser negociadas. Como se advertía desde el principio, es necesario enfrentar el avance de la ultra derecha golpista, sin depositar ninguna confianza en el MAS, que hoy como en el pasado negocia a espaldas de los sectores movilizados, pasando por encima del dolor y la muerte.






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