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Ante la llegada de Trump, hay que nacionalizar los sectores estratégicos

Los sectores estratégicos de un país no pueden mantenerse en manos privadas. Deben servir al desarrollo y bienestar del conjunto de la población trabajadora, la llegada de Trump reactualiza el debate.

Viernes 17 de febrero

La privatización de los recursos naturales, las vías de comunicación o las telecomunicaciones es producto de la ofensiva neoliberal de las últimas décadas. Tanto en México como en distintos países, con el discurso de la modernización y la eficiencia se han desmantelado y vendido empresas estatales, en distintos sectores. Hay que nacionalizar bajo control obrero los distintos sectores estratégicos.

Las empresas estatales y el estado capitalista

Cierto es que cuando en México había inversión del estado en distintos rubros y se manejaba una economía “mixta” con cientos de empresas pertenecientes al estado, estas funcionaban con una enorme corrupción y una enorme casta burocrática. Ésta no sólo estaba al servicio de enriquecer a los funcionarios al servicio del estado capitalista, sino que fue socavando el carácter nacionalizado de sectores estratégicos como la industria energética, cuya nacionalización en 1938 representó, como decía León Trotsky, una “acción de defensa nacional altamente progresiva”. El estado en manos del PRI, siguiendo políticas keynesianas y con la visión de implantar un “estado benefactor” mantenía enorme injerencia en el funcionamiento económico del país.

Estas políticas no solo se implementaron en México sino en buena parte de los países tanto centrales como de la periferia, el capitalismo en una época de crecimiento otorgaba ciertas concesiones a las masas y el estado al intervenir decididamente en la economía (sin perder su carácter de clase, es decir funcional a los empresarios) permitía que franjas importantes de trabajadores vivieran con determinadas necesidades garantizadas.

Con la llegada del neoliberalismo, el fin del “boom” de la posguerra, la caída del precio del petróleo y la enorme deuda que habían adquirido el país, la receta para salir de la quiebra del estado fue, en México y el mundo, la implementación del neoliberalismo. Es decir con la venta (o más bien el remate) de las empresas estatales, el ataque generalizado a los sindicatos, la entrada de capital privado en distintas áreas y sectores, la drástica reducción de la participación del estado en la economía, se intentó revolver la crisis. En realidad solo se pateó algunas décadas.

La privatización implicó el desmantelamiento de las empresas, la cuales habían sido cada vez más abandonadas en cuanto a la inversión e innovación se refiere, mientras se dejaba crecer la corrupción al interior. El discurso oficial (como sigue haciendo hasta ahora), declaraba que solo “con la entrada de inversión privada”, es decir con la privatización, se podía lograr una mejora en el funcionamiento de las empresas. Pregonando que de esta forma se pueden modernizar, volver competitivas y eficientes las empresas, y engañando a la gente diciendo que esto traería mejoras para los consumidores, precios más baratos, etc.

Claramente las empresas estatales durante el priato funcionaban de forma ineficiente, pero no por el hecho de ser empresas públicas, sino porque la administración de las mismas, es decir por la corrupta burocracia de estado al frente de su funcionamiento, un estado que funciona para los intereses de los grandes capitalistas.

Empresas públicas y planificación productiva, al servicio de las mayorías

La forma de operar de una empresa nacionalizada no puede ser como funcionaba “el estado benefactor” o como opera Pemex ahora, con una burocracia corrupta al frente de ellas, ligadas al PRI o a cualquier otro partido. Lejos de ello tiene que funcionar con el control y la gestión democrática de sus propios trabajadores, sean operativos o ingenieros y contadores. Al tiempo las universidades públicas y los especialistas deben jugar un rol importante de asesoramiento y los usuarios o pobladores organizados tendrían que ser parte de la toma de decisiones en el funcionamiento de la empresa.

Una diferencia fundamental entre una empresa nacionalizada bajo gestión de sus trabajadores que ofrece un servicio social y una empresa privada es que la primera no busca una ganancia individual del empresario como la segunda. Es decir al tener un fin social, lo que busca es aportar a la sociedad, no sacar ganancias. De esta forma una empresa pública busca cubrir sus costos de operación y con eso opera, en cambio una empresa privada busca competir en el mercado obteniendo mayores utilidades.

Mientras que una empresa nacionalizada con control obrero podría ofrecer condiciones de trabajo dignas a sus trabajadores, con estabilidad y derechos laborales garantizados, una empresa privada al buscar competir por mercado tiene que abaratar costos y el salario para un empresario es un costo a reducir.

El funcionamiento de estas empresas tendría que estar ligado a un plan central de toda la producción, donde se tomen en cuenta las necesidades de la población como puede ser vivienda, educación y salud, entre otras. Las organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores, en común con organizaciones de pobladores discutirían como enfocar la producción para resolver lo que se necesita socialmente, al tiempo que desde las universidades se aporta para lograr que esta producción ocupe los más avanzados adelantos científicos y tecnológicos para hacer más eficientes los procesos productivos y llevarlos adelantes en armonía con el ambiente. Esto sólo puede realizarse bajo un gobierno de los trabajadores y el pueblo, impuesto con la movilización y la acción revolucionaria de los explotados y oprimidos.

Para lograr este funcionamiento económico y la permanencia de empresas nacionalizadas bajo control obrero y este gobierno de nuevo tipo, debemos contemplar que esto solo se puede alcanzar con la participación decidida de las masas obreras y populares.

Nacionalizar los sectores estratégicos

Las empresas trasnacionales de Estados Unidos que Trump representa así como las empresas de los grandes empresarios mexicanos que explotan a sus trabajadores, y que se benefician de las ganancias que obtienen de operar los más importantes sectores de la economía deben pasar a ser sociales. Expropiar las telecomunicaciones, la industria petrolera, la minería, las vías de comunicación o la banca permitiría sentar las bases de una sociedad donde el trabajo que realizamos la inmensa mayoría no beneficie únicamente a los grandes capitalistas, como actualmente sucede.

La llegada de Donald Trump a la presidencia estadounidense representa un parte aguas en el funcionamiento del imperialismo estadounidense, la derecha racista está en el poder en el país más poderoso del planeta. Para hacerle frente es necesario pensar una salida realista, que dé respuesta a las demandas de las masas trabajadoras y empobrecidas. Una salida revolucionaria.

Para llevar adelante estas propuestas, es clave entender que los millones que se están manifestando en Estados Unidos contra Trump son nuestros aliados. Entre los trabajadores de ambos lados de la frontera podemos vencer los ataques de nuestros respectivos gobiernos y lograr una nueva relación de fuerza entre “los de arriba” y los millones y millones que estamos abajo.

Solo las posiciones anticapitalistas y socialistas pueden hacer frente a Trump y sus políticas. Nacionalizar los sectores estratégicos bajo control de sus trabajadores es una demanda de primer orden, hay que construir una fuerza política capaz de llevarla adelante.






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