Internacional

FRANCIA

Ante el fracaso para mantener el orden, Macron manda el Ejército contra los Chalecos Amarillos

El presidente francés responde con una escalada autoritaria y securitaria al fiasco en el control del orden en la última movilización de los Chalecos Amarillos

Viernes 22 de marzo

Un aterrizaje forzoso

Desde el comienzo de “El gran debate nacional” [maniobras de consulta ciudadana] el Ejecutivo francés había logrado atenuar los elementos más prerrevolucionarios de la situación abierta en noviembre y cuyo punto culminante fue a principios de diciembre. Este cambio de la coyuntura generaba rápidamente un exitismo desmesurado en el gobierno de Macron.

Apresuradamente -y ligado a la caída en la cantidad de manifestantes de los últimos actos- los servicios del Ministerio del Interior se pavoneaban sobre el fin de los Chalecos Amarillos: "40.000 o 50.000 personas. ¿Qué es? Nada. Hace cinco meses, ni siquiera nos hubiera interesado", confió una de las principales fuentes de seguridad de primer nivel.

La vuelta a la realidad del último acto de los Chalecos Amarillos con una nueva pérdida de control de la calle -la tercera desde que se inició la sublevación, con los enormes daños en los Campos Elíseos y los fuertes riesgos físicos corridos por las fuerzas del orden- es un “aterrizaje forzoso”. Es ésta imagen la que utiliza la editorialista de Les Echos, Cecile Cornudet, quien dice: "La escapada de esquí de Emmanuel Macron no sería nada si no se pudiera leer como una parábola. Como el del presidente que subió demasiado rápido a las cimas antes de ser de golpe devuelto a la tierra. En un fin de semana, la realidad rompió la cortina de calma que parecía flotar sobre el país. Emmanuel Macron hacía el cálculo que el éxito del Gran Debate le permitía prolongar ese momento y retrasar el momento en que presentaría sus conclusiones y definiría el acto 2 de su mandato de cinco años. Antes del 15 de abril, otros debates (entre ciudadanos elegidos al azar, en las Asambleas, entre interlocutores sociales, con intelectuales el lunes en [la radio] France Culture....) debían permitir "madurar" la reflexión, y encontrar una pista de aterrizaje programática aceptable para la mayoría... Este fin de semana le tocó el turno al Ejecutivo de un aterrizaje forzoso. Los ’chalecos amarillos’ lo obligaron a reaccionar en un terreno que creía que estaba detrás de él: la seguridad". Dicho de manera popular el blá, blá, blá no ha servido para nada.

Preparar el terreno para un salto en las mutilaciones y hasta… muertes

Después del fiasco en la seguridad en el Acto del pasado sábado, asistimos a una radicalización de distintos personajes dentro y fuera de la administración presidencial. Así, Frédéric Péchenard, vicepresidente del partido Los Republicanos de la región Île-de-France, candidato de LR a las elecciones europeas y ex director general de la policía nacional, en un reportaje para Franceinfo afirmó haber calificado a "todos" los chalecos amarillos presentes en los Campos Elíseos durante el Acto XVIII como "alborotadores" y "delicuentes" que habría que poner en prisión preventiva, y declarar ilegales las manifestaciones de Chalecos Amarillos. Pero, mostrando su visión del mantenimiento del orden, dijo resueltamente: "El gobierno tiene miedo. Le temen a un error policial, temen dejar un muerto. Tienen miedo de dar instrucciones que le permitan a la policía tomar el control del área. El mantenimiento del orden a la francesa es ’sin contacto’ porque no queremos que nadie resulte herido, no queremos que nadie muera. Excepto que ya no estamos en una operación de mantenimiento del orden, estamos en una operación antidisturbios. Debemos tener la valentía política de decir ’ya basta’". Otros representantes de la derecha tradicional agitan en el mismo sentido.

El lunes a la noche, en el encuentro de Macron con 60 intelectuales que no dudaron en ir al Elíseo cuando el primer ministro tomaba medidas abiertamente liberticidas contra las marchas y los manifestantes, Pascal Bruckner, novelista y ensayista, preguntó descaradamente cuándo "París se libraría finalmente de los chalecos amarillos". Según él, las manifestaciones del 16 de marzo fueron la culminación de un "golpe de Estado" que calificó de "anarco-fascista". Hablando de "nueva forma de movilización", la de "cambio climático", "benevolente", compuesta en particular de "jóvenes, muy jóvenes", concluyó temeroso que "nada dice que impulsados por el ejemplo de los chalecos amarillos, un cierto número de activistas no se lanzarán a la destrucción".

Por su parte, el secretario de Estado del Interior, Laurent Núñez, dijo que en los próximos Actos de Chalecos Amarillos, todos los manifestantes movilizados serán considerados "alborotadores". En los pasillos, una nueva doctrina comienza a prepararse. Así, según Le Parisien: "En la cima del poder, estamos a punto de asumir que la policía está hiriendo a la gente, o incluso peor. Incluso si un Black Block termina cuadripléjico".

Un salto simbólico y arriesgado: el Ejército como refuerzo frente a los Chalecos Amarillos

Macron basa sus expectativas hacia las elecciones europeas en aparecer como el partido del orden, con el objetivo de ganar a un sector del electorado tradicional de esa formación, perdida toda relación con el electorado de izquierda que lo votó en 2017 en las presidenciales. En este marco y corrido por derecha en los medios de comunicación y por la oposición de Los Republicanos, decidió dar un paso simbólico muy importante, comprometiendo el Ejército en las próximas movilizaciones de los Chalecos Amarillos. Recordemos que desde 1921, año de la creación de una fuerza especial de gendarmes móviles, el Ejército no interviene en tareas de control del orden en la metrópoli. A excepción de la oleada de huelgas de 1947 y 1948 convocadas por el Partido Comunista Francés y la CGT luego de la exclusión del primero del poder, que duró hasta su regreso en 1981. Esta oleada fue acompañada de una durísima represión ejercida por el ministro socialista Jules Moch, y por la realización de sabotajes que intentaron paralizar la economía. La situación de desafío al gobierno fue tan grave que Robert Schuman en ese entonces primer ministro apeló a los reservistas para ayudar a los CRS y a los gendarmes móviles a restablecer el orden.

Pero este movimiento -incluso solo para proteger los edificios oficiales y lugares fijos, según la explicación oficial- con el objetivo de desplegar más fuerzas del orden sobre el terreno, tiene un carácter fuertemente arriesgado. Esto es lo que dice el especialista en temas de defensa, Jean-Dominique Merchet del diario L’Opinion, quien afirma: "Ciertamente, Benjamin Griveaux (vocero del gobierno, NdR) ha dejado claro que ’los militares no llevarán a cabo ninguna misión de mantenimiento del orden’, pero esta precaución es muy teórica. ¿Qué pasaría si los manifestantes logran eludir a las fuerzas policiales? Frente a edificios ’asegurados’, se encontrarían, por lo tanto, frente a soldados del Ejército. Sin embargo, incluso si operan dentro de un marco legal de requisa por parte de las autoridades civiles, no están equipados ni capacitados para mantener el orden. Están armados con armas de asalto, no con bastones ni con lanzadores de balas defensivos. A principios de la década de 2000, el Ejército, enfrentado a situaciones muy tensas en Kosovo y Costa de Marfil, se había preparado para el ’control de multitudes’, un término militar elegido para no mencionar el ’mantenimiento del orden’. A los soldados de infantería se les proporcionó el equipo adecuado -incluyendo escudos y cascos de protección- y se les entrenó para maniobrar frente a grupos hostiles. Siempre había sido excluido de su uso en el territorio nacional, antes de que el Ejército renuncie a estas técnicas durante unos diez años. Los Estados-Mayores seguían siendo muy hostiles a que se le encomendara esa misión de orden público. Claramente, el Ejecutivo no les pidió mucho su opinión".

Una dificultad persistente para mantener el orden

Frente al grito de alarma de los políticos del régimen y de los medios de comunicación sobre la increíble violencia de los Chalecos Amarillos, en esta ocasión de los Black Bloc, viéndolo desde un punto de vista histórico no hay nada de asombroso: todo movimiento social ha generado acciones violentas en respuesta a la represión de las fuerzas del orden y como expresión de su cólera. Lo más novedoso es que la burguesía y sus partidos se habían desacostumbrado a estos movimientos de radicalización después de años, décadas de institucionalización de las manifestaciones seguidos a la vez por la búsqueda de una menor violencia de parte de las fuerzas del orden. Pero la aplicación de las reformas neoliberales en especial después de la crisis de 2008 ha roto de más en más, como ya comenzó a mostrar la lucha contra la reforma laboral de 2016, este compromiso en el manejo de la calle.

En este marco, desde el punto de vista del estado burgués y en marco de que el movimiento continua gozando de una base sólida de apoyo -a pesar de todas las idas y vueltas, sus fuertes contradicciones y las escenas de violencia que el Ejecutivo y los medios de comunicación vehiculizan contra los mismos- las dificultades para mantener el orden se muestran persistentes. Las mismas responden a factores coyunturales, de mediano plazo así como de largo plazo, ligados estos últimos a la época abierta por la ofensiva neoliberal desde los años 1980. De forma coyuntural pero no menos importante, el affaire Benalla ha implicado una crisis importante en los rangos de la Prefectura de Paris la mas antigua "institución de policia" de Francia creada en 1800 por Bonaparte, quien tiene toda autoridad sobre la capital y los suburbios de alrededor.

El hecho que la crisis de los Chalecos Amarillos y las peripecias del affaire Benalla nos acompañen y se sigan el uno al otro no tiene nada de casual, sino es expresión de una crisis en el personal central de la aplicación de las ordenes represivas del Estado. Así, como explica el diario Le Monde, el nuevo prefecto nombrado esta semana por Macron como chivo expiatorio del fiasco de seguridad "... deberá apoyarse sobre un equipo amputado de miembros importantes desde el caso Benalla. Laurent Simonin, Jefe de Estado Mayor, y Maxence Creusat, jefe de la unidad Synapse -una unidad responsable del control de las redes sociales que desempeña un papel importante en la gestión de la crisis de los ’chalecos amarillos’- fueron acusados de transmitir ilegalmente imágenes de videovigilancia al antiguo jefe de misión del Elíseo y, por lo tanto, fueron transferidos a otros puestos", para reorganizar la Prefectura de Policía de Paris, ese "Etat dans l’Etat". Por otra parte y más a mediano plazo -mismo si el discurso policial es a desconfiar y tiene como objetivos el refuerzo de la seguridad y de sus ventajas corporativas- las marcas de desgaste y de debilidades se hacen sentir más en los rangos de la policia solicitada fuertemente: sus 150.000 policias y sus 95.000 gendarmes en los últimos cinco años, entre la ola de atentados, el estado de emergencia o la movilización contra la contra reforma laboral, sin nombrar los grandes eventos como el Euro 2016 a lo que se suma la intensidad y duración inhabitual de los actos de los Chalecos Amarillos. Como dice un documental que va a salir: "Desde 2010, entre 60 y 90 agentes se han suicidado cada año con sus armas de servicio. El suicidio, la depresión, el agotamiento, los síntomas de una policia agotada se multiplican. Condiciones de trabajo precarias, falta de personal, ritmo acelerado, la policía parece estar al borde de un colapso nervioso". Por último y arrastrando desde hace décadas la misma lógica contable y cortoplacista neoliberal, ha ido en contra de toda modernización y preparación a la mantención del orden cuando ésta es imperiosa, como frente a la sublevación de los Chalecos Amarillos. Mismo si ésta constatación es utilizada por los neoconservadores en su proyecto de realizar un estado securitario, no podemos negar su parte de verdad.

Hay que frenar la deriva represiva contra los derechos democráticos

Como habíamos alertado contra la corriente desde el NPA y la extrema izquierda en su momento, hoy vemos de forma clara cómo la escalada de medidas antiterroristas es utilizada contra los movimientos sociales. Frente al salto cualitativo en el autoritarismo que significa las nuevas funciones internas de los militares así como todas las medidas de restricción de las manifestaciones y el aumento de las medidas de represión y punición de los manifestantes, es imperioso dotar a la lucha de los Chalecos Amarillos de la más amplia unidad en defensa de los derechos democráticos, cuestión que también hace a la relación de fuerzas. Las direcciones sindicales, las asociaciones, Ligue des droits de l’Homme, etc. deben ponerse a la cabeza de llamar a una acción urgente contra estas violaciones sistemáticas y preocupantes de nuestros derechos más elementales.

El recurso al Ejercito señala la conclusión lógica del plan neoliberal de Macron. Señala a su vez que, como dice Cornudet, "Su respuesta a partir de ahora será únicamente securitaria: no habrá mas gestos politicos hacia los chalecos amarillos". Este giro represivo y autoritario no será utilizado contra los llamados “casseurs” sino que el objetivo es derrotar a los Chalecos Amarillos en primer lugar y a la vez preparar los espíritus y crear el temor frente a la continuidad de sus reformas reaccionarias como la de las jubilaciones y la probable oposición que surgirá a las mismas. Por eso, la lucha contra la escalada represiva no concierne solamente a los Chalecos Amarillos sino a todos los trabajadores.

Frente a los primeros elementos serios de la lucha de clases después de décadas el Estado burgués ha dado muestras de falencias. Pero si el movimiento de masas no defiende palmo a palmo sus derechos y no utiliza las brechas en el aparato de represión del estado así como la pérdida de legitimidad del Ejecutivo a su favor, la ventana de oportunidad abierta por el levantamiento de Chalecos Amarillos más temprano que tarde puede dar un vuelco desfavorable contra el mismo. El apoyo pasivo no es suficiente: es necesario pasar a la ofensiva.






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