Internacional

ANIVERSARIO

A veinticinco años de la reunificación de Alemania

Hoy hace 25 años se anexionó el territorio de la ex-Alemania Oriental a la República Federal Alemana occidental y comenzó la historia del ascenso de la Alemania capitalista “reunificada”.

Stefan Schneider

Grupo RIO - Berlín

Sábado 3 de octubre de 2015

Foto: EFE/Patrick Pleul

Además de las festividades oficiales por el “Día de la Unidad Alemana”, también habrá hoy varias manifestaciones de derecha, en tono con el nuevo auge de sentimientos nacionalistas y xenófobos. Aquí se evidencia con toda claridad qué significó la “reunificación” en clave capitalista.

El 3 de octubre de 1990, que se celebra desde hace 25 años como día de la “victoria sobre la dictadura”, significó tanto un final como un comienzo. Por un lado, el fracaso definitivo del “socialismo realmente existente”, por otro, el comienzo de la vuelta del imperialismo alemán al escenario mundial.

Colapso de la RDA

La “República Democrática de Alemania” (RDA) estalinista fue derrotada tanto por las ambiciones democráticas de la población como, sobre todo, por la ofensiva política del imperialismo occidental.

La caída del muro, el 9 de noviembre de 1989, en un primer momento fue un símbolo de ilusiones democráticas, consecuencia de un movimiento de masas en las calles de la RDA, pero rápidamente se transformó en una contrarrevolución “democrática” capitalista. La ausencia de una fuerza política que hubiera ligado la lucha contra la burocracia estalinista con la defensa de las conquistas de la economía socialista planificada permitió que el imperialismo pudiera imponer su propia dirección a las protestas.

Ya antes de la “reunificación” oficial se habían encauzado las bases de la restauración capitalista, como fueron la privatización y liquidación de las empresas nacionalizadas de la RDA o la Unión Comercial y Monetaria desde julio de 1990. En octubre de 1990 le siguió la anexión de una región pobre (si bien no completamente atrasada) y su incorporación al sistema capitalista y el frente imperialista de la OTAN.

Con la “reunificación” se produjo un paso fundamental hacia el colapso del “Bloque del Este”, el fin de la Guerra Fría y el supuesto “fin de la historia” (Francis Fukuyama), es decir hacia la “inevitabilidad” del capitalismo mundial. Al mismo tiempo, abrió la puerta a los ataques contra las condiciones laborales y de vida del proletariado en Alemania Occidental y sobre todo Oriental. Inflación, privatización, desindustrialización y desempleo fueron y son aún hoy bases estructurales de las diferencias entre Oriente y Occidente en cuanto al salario, las pensiones y el nivel de vida. Sin esa devastación social no se puede explicar por qué el nacionalismo racista encuentra una base de masas sobre todo –aunque no solo- en Alemania Oriental.

Auge del imperialismo alemán

Al mismo tiempo, el 3 de octubre marcó el comienzo de la vuelta del imperialismo alemán al escenario mundial. Después de perder poder político y económico con la división del imperio alemán en 1945, la República Federal Alemana en Occidente se vio fortalecida por los Aliados occidentales en el contexto de la Guerra Fría contra la Unión Soviética. Pero recién con la anexión de la ex-RDA le posibilitó al capital alemán un rol más independiente.

En el terreno político, el fin de la división alemana generó nuevas ambiciones en la burguesía germana, que empezó ya en los 90 a buscar un rol más dominante en Europa, incluyendo también a la dirección de algunas operaciones militares. Además, Alemania empezó a hacerse más independiente del “gran hermano” EEUU a partir de la guerra contra Irak en 2003, apuntando desde el comienzo de la crisis del Euro a un dominio unilateral sobre Europa.

Junto con las ganancias enormes que generó para la economía occidental la anexión de los territorios de Alemania Oriental, con nuevos mercados y posibilidades de inversión, también se encauzó entonces la reestructuración total de la economía alemana que ya había empezado bajo el canciller conservador Helmut Kohl en la década de 1980.

La privatización rápida de ex-empresas estatales y de cooperativas a precios baratísimos y la existencia repentina de un sector con bajos salarios posibilitaron que hasta hoy el precio de la fuerza de trabajo siga en un nivel relativamente barato a nivel internacional. En ello también se fundamentó el éxito de la economía exportadora. Esa política ha visto un hito con la agenda 2010 y en las consecuencias de la actual crisis económica mundial.

Sin embargo, el imperialismo alemán tiene grandes contradicciones. A menudo aparecen los conflictos entre el interés de tener un mercado europeo común con condiciones favorables para el capital alemán, y la ambición explícita de liderazgo unilateral que socava una y otra vez la relación con los otros poderes imperialistas en Europa.

Con la crisis mundial desde 2008, la burguesía alemana pudo acercarse más que nunca a ese objetivo, pero al mismo tiempo se hicieron más evidentes que nunca los límites del proyecto europeo bajo liderazgo alemán. En la actualidad, la Unión Europea que ha proporcionado tantas ventajas al capital alemán, amenaza con romperse. Con la oleada nacionalista frente a la llamada “crisis migratoria”, ese peligro pegó un salto cualitativo.

Un nacionalismo alemán renovado

Hace años que reina en el público alemán la idea de un liderazgo alemán incuestionable en Europa. El tenor mediático a menudo era que los países en crisis tendrían que seguir el “modelo alemán”, con lo cual se legitimaron ajustes draconianos que arrojaron a la población, sobre todo en el sur de Europa, a la miseria. A su vez se sentaron las bases para un nuevo fortalecimiento del nacionalismo alemán.

En la actual “crisis migratoria” se muestran las consecuencias. Racismo estatal y xenofobia en la población se van alimentando mutuamente. Mientras que hace algunas semanas representantes del gobierno se entusiasmabas por un supuesto “verano de solidaridad” que encarnaría la nueva Alemania “cosmopolita”, ahora ya no se puede ignorar la cara más negra del nacionalismo racista alemán.

Desde hace unos años el gobierno restringe cada vez más el derecho al asilo. Desde 1992/93 – año de la última oleada racista masiva en Alemania – se socava cada vez más. Actualmente fue una respuesta al movimiento combativo de refugiados de los últimos tres años, que ha recibido represiones masivas.

Frente a la gran oleada migratoria de los últimos meses, esa política restrictiva llegó a nuevos hitos – aunque no sin contradicciones. El capital alemán quiere nueva mano de obra barata y calificada – por lo que presiona a la integración rápida de cientos de miles de refugiados en el mercado laboral alemán, en condiciones deplorables. Pero, al mismo tiempo, no quiere pagar los costos de esa integración. Para ello, el gobierno alemán se apoya en la solidaridad de amplios sectores de la sociedad – mientras que se cortan o privatizan estructuras estatales –, y por otro lado endurece las leyes racistas.

Esto no hace más que animar una chusma xenófoba que en este año ya llevó adelante cientos de ataques contra refugiados y sus alojamientos. Cuando cada vez más gente sale a la calle contra los “refugiados”, el gobierno se ve confirmado en su política de deportación – un círculo racista vicioso.

El último hito en ese fortalecimiento del nacionalismo estuvo marcado por el ministro del Interior Thomas de Maizière, que mostró la hipocresía de la “cultura del bienvenido” hacia los refugiados: “Hasta el verano los refugiados estuvieron agradecidos de estar aquí con nosotros. Preguntaron dónde está la policía, dónde está la oficina federal, a dónde nos están repartiendo” Supuestamente eso habría cambiado. “Ahora ya hay muchos refugiados que creen que pueden ir a donde quieran. […] Pero les tenemos que decir con claridad que quienes lleguen a Alemania […] tienen que dejarse repartir a donde nosotros les llevemos, subordinarse a un proceso justo y reconocer nuestro orden legal.”

Es particularmente cínico que se impongan restricciones escandalosas a los derechos democráticos de los refugiados mientras que se festeja el 25 aniversario de la “victoria sobre la dictadura”. Mientras que Alemania se quiere mostrar en este aniversario como el faro de los derechos humanos, pisotea los derechos humanos de cientos de miles de personas.

En paralelo con la agitación racista en el interior, en toda Europa están en aumento los sentimientos nacionalistas en el marco de la “crisis migratoria”. La Unión Europea fue celebrada por muchos como la superación de los Estados nacionales, pero los marxistas siempre señalamos los límites de ese bloque de imperialismos nacionales. Hoy queda claro que la UE es más frágil que lo que muchos “europeístas” quisieron admitir. La UE no es una “Europa de la solidaridad” sino una unión de burguesías nacionales por la garantía de sus intereses. No está claro aún si la UE sobrevivirá esa crisis. De todos modos, la oleada nacionalista en Europa con Alemania como uno de sus epicentros la pone al borde del abismo.

Los trabajadores, la juventud, las mujeres, los migrantes y todos los oprimidos no tenemos nada que festejar este 3 de octubre, y por eso no nos deslumbramos con ánimo de celebración de la clase dominante alemana y de sus medios. Resulta muy simbólico que el 3 de octubre el nacionalismo de la clase dominante alemana esté acompañado de manifestaciones de la derecha populista y racista en todo el país.
En vez de celebrar la hipocresía de la Alemania “democrática” y de los DDHH, se trata entonces de luchar contra el racismo y los ataques xenófobos. La “unidad” por la que peleamos no es la de la “nación” en interés del capital alemán, sino la unidad de todos los oprimidos – no importa su origen, nacionalidad, género, orientación sexual y demás. Por un Europa de los trabajadores y oprimidos, contra la Europa del capital.






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