SUPLEMENTO

A 1 año de la 4 Transformación. ¿Cómo se llevarán Trump y AMLO en el futuro próximo?

Pablo Oprinari

A 1 año de la 4 Transformación. ¿Cómo se llevarán Trump y AMLO en el futuro próximo?

Pablo Oprinari

Este primero de diciembre, serán muchos los balances que encontraremos respecto al primer año de gobierno de Andrés Manuel Lopez Obrador (AMLO). Los ángulos para abordarlo sobran.

La semana que pasó nos vuelve a ofrecer algo que ha estado presente todo el año y que evidencia un aspecto crucial de la política del gobierno de la llamada Cuarta Transformación. En particular, la fuerte injerencia del gobierno estadounidense y los lazos profundos, estructurales, de subordinación y dependencia que transvasan los 3000 kilómetros de frontera, uniendo a la Casa Blanca con Palacio Nacional.

Las declaraciones de Trump, en vísperas del Día de Acción de Gracias en Estados Unidos, desataron un nuevo terremoto en la relación bilateral. Todo empezó cuando la familia LeBaron —después de la brutal agresión sufrida por integrantes de su comunidad en Sinaloa, con el saldo de varias mujeres y niños asesinados— solicitó a Trump que tome cartas en el asunto del narcotráfico en México. Trump respondió a la petición de sus connacionales afirmando que catalogará a los carteles como grupos terroristas, ofreciendo que EEUU está listo “para entrar y limpiar todo”. Un nuevo gesto prepotente e imperialista del presidente estadounidense. Esto provocó que el canciller Marcelo Ebrard declarase que “Mexico no admitirá una violación a la soberanía nacional”, mientras que AMLO, sin perder su tono conciliador, respondió “cooperación, sí; intervencionismo, no...”.

Ya escribimos previamente en La Izquierda Diario Mx e Ideas de Izquierda, que este es el sello de la relación entre ambos países bajo el gobierno de Trump, lo cual abre y abrirá mayores contradicciones, desgaste e inestabilidad para el gobierno nacional. Hoy asistimos a un verdadero golpe de efecto del presidente estadounidense, a pocos días del primer aniversario del gobierno de López Obrador, lo cual reabrió la discusión sobre la política imperialista para México y la actitud de la 4T al respecto.

Injerencia del imperio, y una región en llamas

No hay duda que Trump subió la apuesta y aspira a tener una mayor injerencia sobre México. Meses atrás, la relación entre ambos países se cimbró con las amenazas del presidente estadounidense de imponer mayores impuestos a las exportaciones mexicanas, en castigo por la supuesta falta de control migratorio por parte del gobierno de México. La gestión express que realizó Ebrard y las evidentes concesiones de AMLO, conjuraron entonces la crisis. La recién creada Guardia Nacional se convirtió en una especie de border patrol al sur del Río Bravo contra los migrantes centroamericanos y caribeños, lo cual despertó gestos de admiración y satisfacción en el principal habitante de la Casa Blanca.

No es casual que las recientes declaraciones de Trump se den con el trasfondo de una Latinoamérica convulsionada. Las rebeliones de masas que cruzan el continente tienen su punto más alto en Chile y han crecido en las calles de Colombia. Sudamérica arde y las clases dominantes enfrentan la creciente pérdida de legitimidad de sus gobiernos. Aunque diversas en sus demandas específicas, el común denominador es el repudio a las consecuencias de los planes de “ajuste” dictados por el Fondo Monetario Internacional, para descargar los costos de la crisis económica internacional —que sigue desarrollándose— sobre la espalda de los trabajadores y los pueblos pobres y así preservar las ganancias de los grandes empresarios nacionales y trasnacionales.

Bolivia y el golpe de estado, en tanto, mostró que la derecha y la Casa Blanca alientan y encabezan salidas profundamente reaccionarias , que atentan contra los más elementales derechos democráticos, como reacción al clima que se vive en la región. Centroamérica y el Caribe, en tanto, no han sido la excepción: Haití, Puerto Rico y Costa Rica vivieron intensas jornadas de huelgas, movilizaciones y protestas en el último año. Aunque nuestro continente es el punto más alto de la rebelión obrera y popular, asistimos a una nueva oleada a nivel internacional, como se mostró con los chalecos amarillos en Francia, la lucha del pueblo catalán, en las calles de Hong Kong y en las movilizaciones que se desarrollan en distintos países de Medio Oriente.

En ese marco, los ritmos de la lucha de clases en México son evidentemente más lentos, bajo el signo de un gobierno que llegó generando ilusiones en que sería una alternativa al neoliberalismo. Pero son las expectativas obreras y populares —que ya demostraron su potencia como motor de la lucha de clases en el primer año del gobierno de la 4T—, las que pueden impulsar nuevas luchas y fenómenos políticos progresivos en el futuro. No olvidemos que la rebelión de los obreros maquiladores de Matamoros se dio a las puertas del vecino del norte: un proletariado con múltiples lazos con la clase obrera multiétnica estadounidense.

Es en este contexto regional que debe ser leída la amenaza injerencista de Donald Trump: además de los motivos específicos ante México, es una reacción política ante un panorama convulsivo. Se trata de un gesto para reafirmar la dominación del imperialismo sobre su patio trasero, profundizar la recolonización y recomponer su cuestionada hegemonía. Esto mientras se mostró una vez más, en Bolivia, cómo la Organización de Estados Americanos (OEA) actúa como un verdadero “ministerio de colonias” al servicio de Estados Unidos, en tanto los gobiernos derechistas —como el de Bolsonaro— se muestran absolutamente alineados a Washington.

Además, Trump apela a un tema fundamental de la agenda intervencionista de las últimas décadas en el continente: la llamada guerra contra el narcotráfico, bajo la cual se profundizó la militarización y el disciplinamiento diplomático, político y en materia de seguridad de México, los países de Centroamérica, Colombia y otros respecto a EEUU.

Aunque no se concretase el ofrecimiento de una intervención directa en México o se calificara a los carteles del narco como organizaciones terroristas, las declaraciones de Trump se inscriben en una forma de actuar que lo distingue y ya se volvió común para México: presionar in extremis con un tema altamente sensible —considerando que el aumento de la violencia es el principal factor que puede afectar la popularidad de AMLO— para lograr mayor subordinación y en particular una mayor “colaboración” en el terreno de la seguridad.

La amenaza emanada de la Casa Blanca también tiene motivaciones internas. El presidente estadounidense aspira a la reelección en el 2020, en un contexto cruzado por las amenazas de destitución, polarización entre los dos principales partidos y escándalos políticos de alcance internacional. En ese sentido, así como lo fue la construcción del muro, la amenaza de intensificar la llamada guerra contra las drogas le permitirían afianzar los lazos con su base electoral. La “guerra contra el narco”, como plantean distintos analistas, es un tema que puede favorecerlo en las urnas.

De igual forma, esto se da en un ambiente enrarecido por el empantanamiento del T-MEC, a partir de los cambios en el tratado requeridos por Nancy Pelosi y los demócratas, y donde Trump definitivamente presiona para acelerar su aprobación, a fin de presentarlo como su principal logro comercial.

AMLO y la moderación progresista

Desde que asumió la presidencia, la política exterior de AMLO ante los arrebatos y exigencias de Trump descansó en un discurso conciliador, con llamados al diálogo y la cooperación con el imperialismo. Esto se combinó con gestos diplomáticos, que aunque puntuales son de alto impacto regional, que buscaron marcar diferencia respecto a sus antecesores del PRI y del PAN.

El primero fue su negativa a alinearse con los intentos golpistas en Venezuela, alentados por los gobiernos derechistas de varios países de América Latina y la Casa Blanca, proponiendo una política de “diálogo” entre el gobierno de Nicolás Maduro y la oposición liderada por Juan Guaidó.

Más recientemente, después del golpe en Bolivia, AMLO otorgó el asilo a Evo Morales y Álvaro García Linera; en una operación coordinada con Alberto Fernández, mandatario electo de Argentina, que en los hechos representó una salida política para el ex presidente boliviano, la cual allanó el camino para el acuerdo del MAS con el gobierno usurpador para convocar a nuevas elecciones, dando por consumado el golpe. Mientras en las calles, los trabajadores, campesinos, indígenas y sectores del pueblo boliviano resisten y ponen los muertos.

La política exterior de AMLO, en un contexto de crisis y desgaste de los gobiernos derechistas de la región, representó, particularmente en los últimos meses, un fortalecimiento regional del gobierno mexicano, que se muestra como una suerte de “progresismo” moderado, y que busca presentarse —junto al nuevo gobierno argentino— como exponentes de una nueva ola progresista en la región; aunque en condiciones económicas mucho más desfavorables y cruzado, además, por la emergencia de procesos de la lucha de clases que pueden ser contagiosos.

¿Qué significa la Cuarta Transformación?

AMLO se caracteriza por buscar en el pasado la justificación de su accionar. El mismo nombre de Cuarta Transformación como distintivo de su proyecto de gobierno es una muestra de ello. Su política busca legitimarse en la experiencia cardenista de los años 30. Aunque es evidente que los paralelismos con esta experiencia histórica son muy frágiles, considerando que Lázaro Cárdenas —aun y sin contradecir su política nacionalista burguesa— afectó con las expropiaciones ferrocarrileras y petroleras los intereses de las empresas imperialistas. Algo que no está dispuesto a hacer el presidente, que prometió respetar el pago de la deuda, las inversiones y la propiedad de las grandes empresas.

Con su retórica y sus gestos, AMLO intenta poner cierta distancia respecto a los aspectos más repulsivos de la política exterior de Trump. Ante eso, podría pensarse que las declaraciones de Trump pretenden acotar los márgenes de maniobra del gobierno mexicano, para forzarlo a una mayor subordinación. Las alarmas que sonaron en Palacio Nacional ante las declaraciones de Trump, y los discursos conciliatorios llamando a la cooperación, mostraron que el gobierno mexicano quiere evitar un mayor distanciamiento y un enfriamiento de la relación bilateral.

Y es que, si los gestos y la retórica son importantes, más lo es que bajo la Cuarta Transformación se mantienen los mecanismos estructurales de la subordinación y la dependencia respecto a Estados Unidos y las transnacionales; la esencia de la dominación imperialista. Nos referimos, por ejemplo, al pago de la deuda externa, la predominancia del capital extranjero en la economía, su rol central en la expoliación de los recursos naturales y estratégicos. De igual forma, para el gobierno de la 4T es fundamental concretar el T-MEC —como mostró la adecuación de la reforma laboral a las exigencias del Congreso estadounidense— en un contexto económico signado por el estancamiento y la recesión en México, que plantea un escenario nada favorable para la política lopezobradorista.

El correlato en lo político es claro: aceptación de las exigencias imperialistas en materia de control migratorio; creación de la Guardia Nacional, corporación que mantiene la militarización del país; disciplinamiento a la política prohibicionista sobre el consumo de drogas emanada de Washington, bajo la que se fraguó la llamada “guerra contra el narco”, que fortaleció el negocio de los cárteles. [1]

Así como la actuación de las agencias de seguridad estadounidenses en el territorio nacional (¡que tienen incluso oficinas especiales en la Ciudad de México!), como se evidenció en el fallido intento de detención del hijo del Chapo Guzmán. Bajo la subordinación a la Casa Blanca de las décadas previas, que hoy continúa, crecieron fenómenos que expresan crudamente la degradación y descomposición social, como el desolador panorama de los muertos y desaparecidos, como consecuencia de la narcoguerra y la militarización; los feminicidios y las redes de trata.

En México esto fue gravísimo: el Comando Norte asesorando al Ejército Mexicano, las nefastas consecuencias del Plan Mérida, operativos como “Rápido y Furioso”, el crecimiento de las cifras de asesinatos (260 mil según los conteos de movimientos de víctimas), 25 mil desaparecidos y miles de personas desplazadas, son el resultado de dicha subordinación. Y es que no se entiende el cáncer de la desaparición forzada sin la injerencia imperialista, incluido el caso de los 43 de Ayotzinapa, pues el Batallón de Iguala implicado en el caso recibió, durante la “Guerra Sucia” de los años 70, entrenamiento en contrainsurgencia por parte de los militares de Estados Unidos.

La ilusión del progresismo en el poder pretende entonces convencernos que, con el diálogo y la conciliación, se puede mantener a raya la prepotencia imperialista, que es posible una relación equilibrada, amistosa y de respeto, con la principal potencia imperialista del mundo que oprime a las masas mexicanas y expolia a la nación. Esto mientras se mantienen intocables la dominación de las transnacionales y continúa la degradación social y natural propiciada por el sistema capitalista. Una ilusión más, ya que no hay posibilidad de conciliar con los responsables del saqueo ni convencerlos “por las buenas” de que renuncien a sus pretensiones, sin darles una lucha sin cuartel.

Los socialistas consideramos que se requiere una política efectivamente antiimperialista y que corte los lazos de subordinación y dependencia, comenzando por dejar de pagar la deuda externa, expropiar sin indemnización a las trasnacionales y renacionalizar todos los recursos energéticos y naturales en manos del capital extranjero. Ante el nuevo avance de la injerencia imperialista, se requiere impulsar la más amplia movilización obrera, campesina y popular, junto a la juventud y el movimiento de mujeres, para que seamos millones en las calles quienes protagonicemos el despertar de un gran movimiento antiimperialista. Los trabajadores y los jóvenes que votaron a AMLO, considerando que era una alternativa a los partidos neoliberales, tienen que hacerse parte de esta lucha. Pero a la vez, para enfrentar al imperialismo es crucial la alianza con la clase obrera y el pueblo estadounidense, así como con los millones de jóvenes, trabajadores y mujeres que en toda Latinoamérica se levantan valientemente contra los planes del FMI y sus gobiernos.

En Estados Unidos, el proletariado multiétnico ha comenzado una nueva gimnasia de lucha, tal y como lo vimos con la huelga de General Motors, y esto ha tenido repercusiones en México, especialmente en la planta de Silao. También los maestros de Chicago y otros estados han comenzado a luchar por sus reivindicaciones. Asimismo, han emergido simpatías por ideas socialistas en el gigante del norte, especialmente entre la juventud y los trabajadores del otro lado de la frontera, quienes son nuestros aliados naturales con las intentonas imperialistas de Trump contra México.

Frente a la ilusión de que es posible gobernar para ricos y pobres, manteniendo en pie la dominación imperialista y su saldo de miseria, explotación y opresión, la única salida es construir, desde una perspectiva revolucionaria, una organización política de las y los trabajadores, las mujeres y la juventud, internacionalista, antiimperialista y socialista para cambiarlo todo de raíz y tomar el cielo por asalto.

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NOTAS AL PIE

[1Respecto a la política de despenalización del consumo que viene prometiendo el gobierno de AMLO, la misma resulta totalmente limitada y al servicio de las empresas que buscan beneficiarse del negocio de la cannabis. Ver por ejemplo: https://www.laizquierdadiario.com.mx/El-Senado-presenta-una-propuesta-de-legalizacion-tan-mala-que-la-pospone
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Pablo Oprinari

Ciudad de México / @POprinari
Sociólogo por la UNAM, coautor de México en Llamas. Interpretaciones marxistas de la revolución y de Juventud en las calles. Dirigente del Movimiento de los Trabajadores Socialistas.
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